Una de las señas de identidad del rock -esa música del siglo pasado- fue la desaparición prematura de muchas de sus figuras, carbonizadas por el dionisíaco modo de vida que acompañaba a la música. Pero ahora, lo frecuente empieza a ser que muchas de aquellos ídolos pretéritos se nos escurran entre las manos en el período de sus vidas que sigue a la madurez. En menos de dos días de diciembre, se nos acaban de ir Jorge Martínez, cantante, compositor y guitarrista de Los Ilegales y Robe Iniesta, líder del grupo Extremoduro. Un emblema artístico de los 80 y otro de los 90. Ambos, superada la barrera de los sesenta años.. Esa senectud, desconocida en el rock, es un último don. Posibilita ver cómo enfrentan con su singularidad artística el inicio del declive físico de la tirana biología. Jorge Martínez lo encaró embistiendo como siempre. Hasta cinco meses antes de su muerte estuvo sobre el escenario derrochando vitalidad y fuerza física. Murió con las botas puestas, por así decirlo, ya fueran botas camperas o botines de Chelsea.. En el caso de Robe ejerció hasta el último momento de líder, una especie de característica innata que poseía, propia de quien marca caminos a seguir. Fue ese un rasgo del que dio muestra desde sus primeros pasos en el mundo de la música. Puesto que era igual de apocalíptico que Jorge Ilegal, pero más dado al lamento y la misantropía, equilibro ese pesimismo con constantes intentos de sacudir y renovar el panorama de la música popular española. No solo entregó una lista de canciones inolvidables, sino que también fundó discográficas modestas para intentar dar a conocer nuevos talentos, escribió novelas, musicó poesía e intentó sacar adelante suites rockeras de ambiciosos planteamientos.. Que ambas figuras escogieran la música rock como medio de expresión cuando eran jóvenes no fue casualidad. Con esa elección lo que venían a decir era sencillamente que los habían traído al mundo sin pedirles permiso y que ese mundo, además, era un lugar con el que no estaban muy de acuerdo. Jorge lo hizo llamando a la insurrección y al levantamiento en armas musicales. Robe lo hizo transitando senderos de búsqueda más filosóficos. Pero ambos escogieron hacerlo a través del sonido caótico y abrupto de la electricidad. Películas como “Sirat” hubieran ganado mucho si ellos se hubieran encargado de su banda sonora. Robe Iniesta, en particular, se hubiera sentido cómodo con ese paisaje de desierto nihilista que fue el que rodeó su obra durante gran parte de su vida.. El rock es inevitablemente ya una música del siglo pasado, espero que nadie se ofenda porque señale un hecho tan fácilmente contrastable. Yo la he practicado con gusto y lo seguiré haciendo hasta que de la senectud pase a la vejez y más allá si es posible. Que sea una forma musical nacida en el siglo pasado no significa que esté obsoleta, ni mucho menos. Pero sí que el conjunto de sus señas de identidad ya está clausurado, ese conjunto de rasgos definitorios no puede modificarse sin caer en un eterno retorno. A la poesía, que es mucho más antigua que el rock, le pasa lo mismo y ahí sigue. Robe Iniesta, como figura de paso entre el siglo veinte y el siguiente, es la mejor demostración de ello.. Los seres humanos usamos la palabra “senectud” con excesiva polisemia. Pero, en realidad, la senectud abarca de los 60 a los 70 y la vejez de los 70 a los 90. Será cierto finalmente que, tal como decía un amigo hace poco, la polisemia siempre termina contaminando la moral.
Se nos acaban de ir Jorge Martínez, cantante, compositor y guitarrista de Los Ilegales y Robe Iniesta, líder del grupo Extremoduro.
Una de las señas de identidad del rock -esa música del siglo pasado- fue la desaparición prematura de muchas de sus figuras, carbonizadas por el dionisíaco modo de vida que acompañaba a la música. Pero ahora, lo frecuente empieza a ser que muchas de aquellos ídolos pretéritos se nos escurran entre las manos en el período de sus vidas que sigue a la madurez. En menos de dos días de diciembre, se nos acaban de ir Jorge Martínez, cantante, compositor y guitarrista de Los Ilegales y Robe Iniesta, líder del grupo Extremoduro. Un emblema artístico de los 80 y otro de los 90. Ambos, superada la barrera de los sesenta años.. Esa senectud, desconocida en el rock, es un último don. Posibilita ver cómo enfrentan con su singularidad artística el inicio del declive físico de la tirana biología. Jorge Martínez lo encaró embistiendo como siempre. Hasta cinco meses antes de su muerte estuvo sobre el escenario derrochando vitalidad y fuerza física. Murió con las botas puestas, por así decirlo, ya fueran botas camperas o botines de Chelsea.. En el caso de Robe ejerció hasta el último momento de líder, una especie de característica innata que poseía, propia de quien marca caminos a seguir. Fue ese un rasgo del que dio muestra desde sus primeros pasos en el mundo de la música. Puesto que era igual de apocalíptico que Jorge Ilegal, pero más dado al lamento y la misantropía, equilibro ese pesimismo con constantes intentos de sacudir y renovar el panorama de la música popular española. No solo entregó una lista de canciones inolvidables, sino que también fundó discográficas modestas para intentar dar a conocer nuevos talentos, escribió novelas, musicó poesía e intentó sacar adelante suites rockeras de ambiciosos planteamientos.. Que ambas figuras escogieran la música rock como medio de expresión cuando eran jóvenes no fue casualidad. Con esa elección lo que venían a decir era sencillamente que los habían traído al mundo sin pedirles permiso y que ese mundo, además, era un lugar con el que no estaban muy de acuerdo. Jorge lo hizo llamando a la insurrección y al levantamiento en armas musicales. Robe lo hizo transitando senderos de búsqueda más filosóficos. Pero ambos escogieron hacerlo a través del sonido caótico y abrupto de la electricidad. Películas como “Sirat” hubieran ganado mucho si ellos se hubieran encargado de su banda sonora. Robe Iniesta, en particular, se hubiera sentido cómodo con ese paisaje de desierto nihilista que fue el que rodeó su obra durante gran parte de su vida.. El rock es inevitablemente ya una música del siglo pasado, espero que nadie se ofenda porque señale un hecho tan fácilmente contrastable. Yo la he practicado con gusto y lo seguiré haciendo hasta que de la senectud pase a la vejez y más allá si es posible. Que sea una forma musical nacida en el siglo pasado no significa que esté obsoleta, ni mucho menos. Pero sí que el conjunto de sus señas de identidad ya está clausurado, ese conjunto de rasgos definitorios no puede modificarse sin caer en un eterno retorno. A la poesía, que es mucho más antigua que el rock, le pasa lo mismo y ahí sigue. Robe Iniesta, como figura de paso entre el siglo veinte y el siguiente, es la mejor demostración de ello.. Los seres humanos usamos la palabra “senectud” con excesiva polisemia. Pero, en realidad, la senectud abarca de los 60 a los 70 y la vejez de los 70 a los 90. Será cierto finalmente que, tal como decía un amigo hace poco, la polisemia siempre termina contaminando la moral.
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