Entre los valores en alza de nuestra civilización me preocupa seriamente el clamor, casi unánime, por la transparencia. Se exige transparencia de nuestros políticos; ellos la exigen de sus adversarios y de sus ciudadanos; nos quejamos de la falta de transparencia en una sentencia judicial o en una decisión arbitral —por trivial que sea—. Hablamos de vidas «no transparentes» cuando sospechamos extrañas motivaciones y conductas… Hasta aquí, la denuncia de falta de transparencia expresa la queja de todo aquel que no puede acceder a algo a lo que tiene derecho a acceder; hace referencia a una privación de un conocimiento de algo que le es debido. Y aquí, nada que objetar, se trata de reclamar el derecho a la verdad. ¡Viva la transparencia!. La cuestión, sin embargo, es más compleja. Porque a base de reclamar «transparencia» en todo tendemos a asociar, sin más, la falta de transparencia con la mentira y la falta de sinceridad; y esto es algo tremendamente distinto del primer supuesto del uso de la noción «transparencia». Precisamente porque no todo el mundo tiene derecho al conocimiento de mi intimidad.. Claro está que, en la misma medida en que cada cual renuncia al valor de su intimidad, a los diferentes ámbitos y dimensiones de la misma, más se impone como norma la exigencia de total transparencia. Y, la verdad, o cada vez soy más sensible a la cuestión, o cada vez me parece apreciar más evidencias del poco valor que nuestra sociedad otorga a la intimidad de cada ser personal. Mi impresión es que dilapidamos su valor; unas veces vendiéndola, otras veces exponiéndola de forma gratuita.. Nos parecen normales esas vidas humanas que se exponen en «peceras televisivas» para ser observadas en los reality shows; cedemos sin ninguna preocupación nuestros datos biométricos o nuestro contacto cuando nos lo exige la incorporación de una nueva app a nuestro smartphone o cuando cambia o renueva el sistema operativo: «Total —decimos—, no tengo nada que esconder». Millones de «influencers» exponen «gratuitamente» su intimidad sin que nadie se lo haya pedido. Hace muy pocos días me dieron una habitación en un hotel con absoluta transparencia al baño desde la alcoba: buscar el alivio de mis vísceras suponía dar un espectáculo «gratuito» y desagradable a mi compañía… Todo sea en pro de la transparencia… Aulas transparentes para observar y ser observados, lavabos transparentes, cámaras de vigilancia… Que todo se vea. Jeremy Bentham vería hecho realidad su prisión ideal: el panóptico, un lugar desde el que se puede ver todo…. La casuística podría seguir de forma más dolorosa: operaciones bancarias, manejo de efectivo, Bizum a un amigo, qué compro, qué como, qué leo, qué visto, qué veo… Todo es conocido por el «Gran Hermano»… Y lo peor es que nos hemos acostumbrado y nos da igual: «No tenemos nada que esconder», ese es el lema… Y puede que sea verdad, porque queda muy poco «yo» cuando se cede la intimidad.. Paradójicamente, cuanto más grande es la transparencia, peor es la comunicación. Nous n’avons aucune communication à l’être —decía Montaigne, algo que se podría traducir como «estamos incomunicados en el ser»—. ¿Por qué? Porque para comunicarnos necesitamos de nuestra intimidad, el lugar desde donde nace nuestra voz singular; el lugar de nuestra libertad más profunda. Sin eso, no hay demasiado que comunicar. El oráculo de Delfos ya lo advertía: «Conócete a ti mismo»; este y no otro es el principio de la sabiduría, verdadera intimidad.. La banalidad de muchas de nuestras conversaciones; el uso de lugares comunes; el eco de expresiones expandidas y universalizadas a base de distribuirlas para hacer microexperiencias sociales de laboratorio; el lenguaje ideológico, los clichés académicos, la homologación del discurso mayoritario… Todo eso no genera comunicación, es un lenguaje que solo admite una dirección y habitualmente nos indica las pautas que se esperan de nosotros. La disidencia no se espera; tampoco el diálogo.. Y es que sin intimidad no se puede poseer nada; ni la agencia de mi acción, ni los conocimientos, ni el mundo… Para que se pueda poseer algo, debe haber un alguien, un yo íntimo. No hay que olvidar, además, que no son pocos los que han aprendido a ocultarse y a engañar a base de hacerse sumamente transparentes. Pero de esto ya hemos hablado en alguna otra ocasión. El viejo Platón lo expuso con acierto en el mito de Giges.
Confundimos la privacidad con el engaño
Entre los valores en alza de nuestra civilización me preocupa seriamente el clamor, casi unánime, por la transparencia. Se exige transparencia de nuestros políticos; ellos la exigen de sus adversarios y de sus ciudadanos; nos quejamos de la falta de transparencia en una sentencia judicial o en una decisión arbitral —por trivial que sea—. Hablamos de vidas «no transparentes» cuando sospechamos extrañas motivaciones y conductas… Hasta aquí, la denuncia de falta de transparencia expresa la queja de todo aquel que no puede acceder a algo a lo que tiene derecho a acceder; hace referencia a una privación de un conocimiento de algo que le es debido. Y aquí, nada que objetar, se trata de reclamar el derecho a la verdad. ¡Viva la transparencia!. La cuestión, sin embargo, es más compleja. Porque a base de reclamar «transparencia» en todo tendemos a asociar, sin más, la falta de transparencia con la mentira y la falta de sinceridad; y esto es algo tremendamente distinto del primer supuesto del uso de la noción «transparencia». Precisamente porque no todo el mundo tiene derecho al conocimiento de mi intimidad.. Claro está que, en la misma medida en que cada cual renuncia al valor de su intimidad, a los diferentes ámbitos y dimensiones de la misma, más se impone como norma la exigencia de total transparencia. Y, la verdad, o cada vez soy más sensible a la cuestión, o cada vez me parece apreciar más evidencias del poco valor que nuestra sociedad otorga a la intimidad de cada ser personal. Mi impresión es que dilapidamos su valor; unas veces vendiéndola, otras veces exponiéndola de forma gratuita.. Nos parecen normales esas vidas humanas que se exponen en «peceras televisivas» para ser observadas en los reality shows; cedemos sin ninguna preocupación nuestros datos biométricos o nuestro contacto cuando nos lo exige la incorporación de una nueva app a nuestro smartphone o cuando cambia o renueva el sistema operativo: «Total —decimos—, no tengo nada que esconder». Millones de «influencers» exponen «gratuitamente» su intimidad sin que nadie se lo haya pedido. Hace muy pocos días me dieron una habitación en un hotel con absoluta transparencia al baño desde la alcoba: buscar el alivio de mis vísceras suponía dar un espectáculo «gratuito» y desagradable a mi compañía… Todo sea en pro de la transparencia… Aulas transparentes para observar y ser observados, lavabos transparentes, cámaras de vigilancia… Que todo se vea. Jeremy Bentham vería hecho realidad su prisión ideal: el panóptico, un lugar desde el que se puede ver todo…. La casuística podría seguir de forma más dolorosa: operaciones bancarias, manejo de efectivo, Bizum a un amigo, qué compro, qué como, qué leo, qué visto, qué veo… Todo es conocido por el «Gran Hermano»… Y lo peor es que nos hemos acostumbrado y nos da igual: «No tenemos nada que esconder», ese es el lema… Y puede que sea verdad, porque queda muy poco «yo» cuando se cede la intimidad.. Paradójicamente, cuanto más grande es la transparencia, peor es la comunicación. Nous n’avons aucune communication à l’être —decía Montaigne, algo que se podría traducir como «estamos incomunicados en el ser»—. ¿Por qué? Porque para comunicarnos necesitamos de nuestra intimidad, el lugar desde donde nace nuestra voz singular; el lugar de nuestra libertad más profunda. Sin eso, no hay demasiado que comunicar. El oráculo de Delfos ya lo advertía: «Conócete a ti mismo»; este y no otro es el principio de la sabiduría, verdadera intimidad.. La banalidad de muchas de nuestras conversaciones; el uso de lugares comunes; el eco de expresiones expandidas y universalizadas a base de distribuirlas para hacer microexperiencias sociales de laboratorio; el lenguaje ideológico, los clichés académicos, la homologación del discurso mayoritario… Todo eso no genera comunicación, es un lenguaje que solo admite una dirección y habitualmente nos indica las pautas que se esperan de nosotros. La disidencia no se espera; tampoco el diálogo.. Y es que sin intimidad no se puede poseer nada; ni la agencia de mi acción, ni los conocimientos, ni el mundo… Para que se pueda poseer algo, debe haber un alguien, un yo íntimo. No hay que olvidar, además, que no son pocos los que han aprendido a ocultarse y a engañar a base de hacerse sumamente transparentes. Pero de esto ya hemos hablado en alguna otra ocasión. El viejo Platón lo expuso con acierto en el mito de Giges.
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