El fallecimiento de la artista japonesa ha sido recibido como la conclusión de una trayectoria creativa ciertamente excepcional
El fallecimiento de Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) ha sido recibido, en el mundo del arte, como la conclusión de una trayectoria creativa ciertamente excepcional: pese a trabajar desde espacios de enunciación que cabría considerar como “periféricos” -el happening, el feminismo, el psiquiátrico-, su obra se ha asentado con rotundidad en el epicentro del “mainstream”, convirtiéndose en la artista con mayor presencia en las redes sociales y aliándose con una de las marcas de lujo más importantes del planeta -Louis Vuitton-. Su “hallmark” por excelencia -los puntos de colores- nacen de las alucinaciones que, de niña, sufría; unos episodios perceptivos en los que flores, redes y puntos se multiplicaban hasta cubrir el espacio y su propio cuerpo. Kusama estetizó una neurosis obsesivo-convulsiva que le acompañó durante su larga vida y que la llevó a que, en 1973, ingresara en una institución psiquiátrica de Tokio por indicación médica. El hospital se convirtió en su residencia permanente, de la cual solo salía para trabajar en un estudio próximo a él.. Las experiencias perceptivas de Kusama borraban los límites de su cuerpo y la sumergían en una unidad mayor -el universo, el infinito-. La angustia y el vértigo estructural que cualquier individuo podría sentir al no poder delimitarse como sujeto fueron transformados por ella en una sugerente posibilidad discursiva: hacer de la multiplicación inacabable de puntos el mínimo lugar del “yo” en el inabarcable contexto de la existencia. Yayoi Kusama pintaba acumulaciones interminables de puntos mientras imaginaba la vastedad del universo. En la lógica expansiva de su obra, el punto sería el individuo; la proliferación de puntos, el cosmos; y la inmersión del individuo en esa miríada, lo que ella denominaba como su “autoobliteración”. Donde mejor se ha expresado este “borrado del propio ego” es, sin duda, en sus célebres “Infinity Mirroed Rooms” (“Salas de espejos del infinito”). En ellas, los espejos cubren las paredes, el suelo y el techo por completo, mientras bombillas, luces LED, linternas de colores o esferas colgadas generan un abracadabrante juego lumínico. Los reflejos se multiplican de forma incesante, de suerte que los límites físicos del lugar son desbordados. El visitante, entonces, se siente flotar dentro de una galaxia o del universo y -lo que es tanto más importante- comprueba cómo su identidad se disuelve en una medida mayor -la de lo eterno-. En realidad -y tras esta tramoya inmersiva que pareciera un ejemplo más de la insaciabilidad experiencial de la sociedad contemporánea-, Kusama opera una “desarticulación perceptiva del antropocentrismo”: el sujeto deja de constituirse como centro organizador del campo visual y ya no aparece como una figura autónoma frente a un mundo convertido en fondo. El ser humano pierde, de esta manera, su privilegio de medida y centro del mundo. Y esta circunstancia conlleva el cuestionamiento de la lógica perspectivo-euclidiana del espacio. La perspectiva occidental organiza tradicionalmente el espacio a partir de un punto de vista privilegiado -el del observador-, y, a partir de él, establece relaciones de distancia, escala y jerarquía. Kusama, por su parte, se comporta de manera contraria: la repetición ilimitada del punto descentra el campo visual y elimina la posibilidad de un centro privilegiado. El ser humano es un punto más entre otros; su desistimiento como mente rectora del universo lo convierte en parte infinitesimal del trayecto, de la deriva, de la expansión sobrecogedora.. Durante su periodo neoyorquino -entre 1958 y 1973-, Yayoi Kusama tuvo a bien ser -junto a Abbie Hoffman- una de las escasas pero fascinantes representantes del “happening político”. Durante 1968, la artista japonesa realizó happenings en diferentes emplazamientos de Manhattan con una fuerte connotación política, económica e identitaria: la Bolsa de Nueva York, el Edificio de la ONU, la Estatua de la Libertad, la sede de la Junta Electoral, el puente de Brooklyn y la Estatua de Alicia en el País de las Maravillas en Central Park. El esquema de estas intervenciones solía ser siempre el mismo: hombres y mujeres desnudos, ataviados con los habituales diseños de lunares confeccionados por Kusama, y bailando en la calle hasta que la policía los detenía. En 1969, la artista ejecutó su happening más recordado: “Grand Orgy to Awaken the Dead at MoMA (Otherwise Known as The Museum of Modern Art)”. En la fuente del jardín de esculturas del MoMA, ocho participantes desnudos desplegaron un amplio catálogo de poses artísticas durante los veinte minutos que los vigilantes del Museo les concedieron antes de expulsarlos. El objetivo de esta acción lo resumió elocuentemente Kusama cuando sentenció que “mientras los museos muestran artistas muertos, los artistas vivos mueren”. Es cierto que, durante los últimos años, esta imagen activista de Kusama ha quedado casi olvidada por la deriva comercial que ha supuesto su inmoderada alianza con la industria de la moda. Pero, si se observa en perspectiva y de una manera justa su trayectoria, las concesiones postreras no pueden desmerecer su compromiso insobornable durante periodos importantes de su vida.
Arte
El fallecimiento de Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) ha sido recibido, en el mundo del arte, como la conclusión de una trayectoria creativa ciertamente excepcional: pese a trabajar desde espacios de enunciación que cabría considerar como “periféricos” -el happening, el feminismo, el psiquiátrico-, su obra se ha asentado con rotundidad en el epicentro del “mainstream”, convirtiéndose en la artista con mayor presencia en las redes sociales y aliándose con una de las marcas de lujo más importantes del planeta -Louis Vuitton-. Su “hallmark” por excelencia -los puntos de colores- nacen de las alucinaciones que, de niña, sufría; unos episodios perceptivos en los que flores, redes y puntos se multiplicaban hasta cubrir el espacio y su propio cuerpo. Kusama estetizó una neurosis obsesivo-convulsiva que le acompañó durante su larga vida y que la llevó a que, en 1973, ingresara en una institución psiquiátrica de Tokio por indicación médica. El hospital se convirtió en su residencia permanente, de la cual solo salía para trabajar en un estudio próximo a él.. Las experiencias perceptivas de Kusama borraban los límites de su cuerpo y la sumergían en una unidad mayor -el universo, el infinito-. La angustia y el vértigo estructural que cualquier individuo podría sentir al no poder delimitarse como sujeto fueron transformados por ella en una sugerente posibilidad discursiva: hacer de la multiplicación inacabable de puntos el mínimo lugar del “yo” en el inabarcable contexto de la existencia. Yayoi Kusama pintaba acumulaciones interminables de puntos mientras imaginaba la vastedad del universo. En la lógica expansiva de su obra, el punto sería el individuo; la proliferación de puntos, el cosmos; y la inmersión del individuo en esa miríada, lo que ella denominaba como su “autoobliteración”. Donde mejor se ha expresado este “borrado del propio ego” es, sin duda, en sus célebres “Infinity Mirroed Rooms” (“Salas de espejos del infinito”). En ellas, los espejos cubren las paredes, el suelo y el techo por completo, mientras bombillas, luces LED, linternas de colores o esferas colgadas generan un abracadabrante juego lumínico. Los reflejos se multiplican de forma incesante, de suerte que los límites físicos del lugar son desbordados. El visitante, entonces, se siente flotar dentro de una galaxia o del universo y -lo que es tanto más importante- comprueba cómo su identidad se disuelve en una medida mayor -la de lo eterno-. En realidad -y tras esta tramoya inmersiva que pareciera un ejemplo más de la insaciabilidad experiencial de la sociedad contemporánea-, Kusama opera una “desarticulación perceptiva del antropocentrismo”: el sujeto deja de constituirse como centro organizador del campo visual y ya no aparece como una figura autónoma frente a un mundo convertido en fondo. El ser humano pierde, de esta manera, su privilegio de medida y centro del mundo. Y esta circunstancia conlleva el cuestionamiento de la lógica perspectivo-euclidiana del espacio. La perspectiva occidental organiza tradicionalmente el espacio a partir de un punto de vista privilegiado -el del observador-, y, a partir de él, establece relaciones de distancia, escala y jerarquía. Kusama, por su parte, se comporta de manera contraria: la repetición ilimitada del punto descentra el campo visual y elimina la posibilidad de un centro privilegiado. El ser humano es un punto más entre otros; su desistimiento como mente rectora del universo lo convierte en parte infinitesimal del trayecto, de la deriva, de la expansión sobrecogedora.. Durante su periodo neoyorquino -entre 1958 y 1973-, Yayoi Kusama tuvo a bien ser -junto a Abbie Hoffman- una de las escasas pero fascinantes representantes del “happening político”. Durante 1968, la artista japonesa realizó happenings en diferentes emplazamientos de Manhattan con una fuerte connotación política, económica e identitaria: la Bolsa de Nueva York, el Edificio de la ONU, la Estatua de la Libertad, la sede de la Junta Electoral, el puente de Brooklyn y la Estatua de Alicia en el País de las Maravillas en Central Park. El esquema de estas intervenciones solía ser siempre el mismo: hombres y mujeres desnudos, ataviados con los habituales diseños de lunares confeccionados por Kusama, y bailando en la calle hasta que la policía los detenía. En 1969, la artista ejecutó su happening más recordado: “Grand Orgy to Awaken the Dead at MoMA (Otherwise Known as The Museum of Modern Art)”. En la fuente del jardín de esculturas del MoMA, ocho participantes desnudos desplegaron un amplio catálogo de poses artísticas durante los veinte minutos que los vigilantes del Museo les concedieron antes de expulsarlos. El objetivo de esta acción lo resumió elocuentemente Kusama cuando sentenció que “mientras los museos muestran artistas muertos, los artistas vivos mueren”. Es cierto que, durante los últimos años, esta imagen activista de Kusama ha quedado casi olvidada por la deriva comercial que ha supuesto su inmoderada alianza con la industria de la moda. Pero, si se observa en perspectiva y de una manera justa su trayectoria, las concesiones postreras no pueden desmerecer su compromiso insobornable durante periodos importantes de su vida.
