Por segunda vez en pocos días, los caminos del fútbol y la música volvían a cruzarse en Madrid. Cuando Lagartija Nick y Kiki Morente salían al escenario de Las Noches del Botánico en la capital, el balón ya rodaba en el césped de Dallas, donde España se jugaba, nada menos que contra Francia en el día de su fiesta nacional, el pase a la final del Mundial de Fútbol. Si los cuartos de final coincidieron con el primero de los conciertos de Bruno Mars en el Metropolitano, el siguiente paso de la selección española hacía “match” con el 30 aniversario de “Omega”, monumento de la música nacional que llegaba al ciclo madrileño anunciado por imágenes de Leonard Cohen, de Enrique Morente, de la Alhambra. Kiki salió el primero, de espaldas, entonando “Un cantaor debe morir” y entonces…. Penalti a favor de España: goooool. El tanto fue, a diferencia del concierto de Bruno Mars, masivamente ignorado. La banda cantaba “Manhattan”: “Primero conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlín” aunque, de momento, el fútbol nacional conquistaba Dallas y París, pero el partido sería largo. Los Lagartija Nick habían aparecido con máscaras blancas como las de Jason de “Viernes 13” de las que se despojaron para “Vals en las ramas”. Había cierta intriga por ver al vástago del maestro cantando en sus zapatos. Asumía, claro, una desmesurada responsabilidad para la que no hay nadie en la piel de este planeta preparado. Una tarea titánica, la de cantar a la sombra de un árbol tan viejo que no tiene edad y que a cualquiera congelaría antes de la primera nota. Hablamos de volar muy alto, de atreverse con valentía. Y salió bien parado. José Enrique “Kiki” Morente lo tiene dentro de manera natural. Su voz suena limpia y bonita, sin las arrugas y las grietas de su padre, sin los descosidos de muchas fatigas por razones obvias. Kiki está educado en mil influencias: tiene un alma pop. Le falta, para ser un cantaor y escapar del trasunto de Manuel Carrasco, romperse por dentro, quebrarse el alma, miles de millas de vuelo. Está en el largo camino de hacerse una voz y un creador: tiene dentro una luz que necesita ser excavada de la mina. En su mano está el pico ya tendremos noticias. “La aurora de Nueva York” le permitió sacar lo mejor de sí: unas notas altas y anchas como grueso es el ADN. Pero ¿cómo pudo ser proscrito, maldito y vilipendiado un trabajo como este en su día?, nos preguntábamos anoche. Qué estrecha es a veces la mente humana, qué corto el entendimiento ante una belleza tan alta como un rascacielos de la Gran Manzana. “Niña ahogada en el pozo” dejó el liderazgo a Antonio Arias, factótum en igualdad de condiciones con el maestro Morente, pagano de las deudas de semejante aventura en factura alícuota. Inspirador, pastor quizá, de aquella barbaridad de lírica desencajada, de poesía en bruto que fue la suma de Lorca, Leonard Cohen y hasta el verso machadiano. En “Solo de
Lagartija Nick y el hijo del cantaor, Kiki, rinden homenaje al monumental álbum en su 30 aniversario
Por segunda vez en pocos días, los caminos del fútbol y la música volvían a cruzarse en Madrid. Cuando Lagartija Nick y Kiki Morente salían al escenario de Las Noches del Botánico en la capital, el balón ya rodaba en el césped de Dallas, donde España se jugaba, nada menos que contra Francia en el día de su fiesta nacional, el pase a la final del Mundial de Fútbol. Si los cuartos de final coincidieron con el primero de los conciertos de Bruno Mars en el Metropolitano, el siguiente paso de la selección española hacía “match” con el 30 aniversario de “Omega”, monumento de la música nacional que llegaba al ciclo madrileño anunciado por imágenes de Leonard Cohen, de Enrique Morente, de la Alhambra.Kiki salió el primero, de espaldas, entonando “Un cantaor debe morir” y entonces…. Penalti a favor de España: goooool. El tanto fue, a diferencia del concierto de Bruno Mars, masivamente ignorado. La banda cantaba “Manhattan”: “Primero conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlín” aunque, de momento, el fútbol nacional conquistaba Dallas y París, pero el partido sería largo. Los Lagartija Nick habían aparecido con máscaras blancas como las de Jason de “Viernes 13” de las que se despojaron para “Vals en las ramas”. Había cierta intriga por ver al vástago del maestro cantando en sus zapatos. Asumía, claro, una desmesurada responsabilidad para la que no hay nadie en la piel de este planeta preparado. Una tarea titánica, la de cantar a la sombra de un árbol tan viejo que no tiene edad y que a cualquiera congelaría antes de la primera nota. Hablamos de volar muy alto, de atreverse con valentía. Y salió bien parado. José Enrique “Kiki” Morente lo tiene dentro de manera natural. Su voz suena limpia y bonita, sin las arrugas y las grietas de su padre, sin los descosidos de muchas fatigas por razones obvias. Kiki está educado en mil influencias: tiene un alma pop. Le falta, para ser un cantaor y escapar del trasunto de Manuel Carrasco, romperse por dentro, quebrarse el alma, miles de millas de vuelo. Está en el largo camino de hacerse una voz y un creador: tiene dentro una luz que necesita ser excavada de la mina. En su mano está el pico ya tendremos noticias. “La aurora de Nueva York” le permitió sacar lo mejor de sí: unas notas altas y anchas como grueso es el ADN. Pero ¿cómo pudo ser proscrito, maldito y vilipendiado un trabajo como este en su día?, nos preguntábamos anoche. Qué estrecha es a veces la mente humana, qué corto el entendimiento ante una belleza tan alta como un rascacielos de la Gran Manzana.“Niña ahogada en el pozo” dejó el liderazgo a Antonio Arias, factótum en igualdad de condiciones con el maestro Morente, pagano de las deudas de semejante aventura en factura alícuota. Inspirador, pastor quizá, de aquella barbaridad de lírica desencajada, de poesía en bruto que fue la suma de Lorca, Leonard Cohen y hasta el verso machadiano. En “S
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