Es muy poco lo que sabemos con certeza de quién o quiénes compusieron la Ilíada y la Odisea. En realidad, ni siquiera en el mundo clásico se ponían de acuerdo sobre qué habría escrito el poeta. Por un lado, se le atribuyeron más obras aparte de los dos grandes poemas épicos, como los «Himnos homéricos» o «La batalla de las ranas y de los ratones». Por otro, había autores clásicos que ya dudaban de que alguien pudiese escribir dos textos tan monumentales, o que veían incoherencias entre ambos. En un tratado atribuido a Longino, del siglo I de nuestra era, se intentaba reconciliar la diferencia de estilos atribuyendo uno de los poemas, la «Ilíada», a su juventud y el otro, la «Odisea», a su senectud. También discrepaban sobre su vida, aunque hubo varias biografías que circularon por todo el Mediterráneo, la más famosa atribuida, erróneamente, a Heródoto, considerado el padre de la Historia. Porque si alguien podía saber quién era nuestro enigmático escritor, tenía que ser el historiador más famoso. Estas biografías, en realidad, son construcciones tardías, que trasladaban, en muchos casos, elementos de los poemas a la vida del autor (como la ceguera del aedo Demódoco, que recitaba en la corte de los feacios) o mezclaban leyendas y halagos. Nos dan mucha información sobre las ideas y mitos de su época, pero nos acercan muy poco a responder quién fue Homero. Los autores antiguos no se ponían de acuerdo ni siquiera con su origen, lo que permitió a varias ciudades y regiones reclamarle como propio. Chipre, la isla de Afrodita, Babilonia, antigua cuna de extraños dioses, o Quíos, la tierra del lentisco, disputaban el nacimiento de Homero. Tampoco se entendían sobre su nombre. Se le atribuyó un nombre «real», Melesígenes o Meles. Se inventaron etimologías diversas para «Homero» y sobre cada significado se construyó una historia. Podía haber sido un rehén (homêros) o un acompañante en el exilio de los esmirneos (homêrein). Esta referencia al verbo «acompañar» o «estar juntos» dio lugar a otra teoría. Homero no sería una persona, sino el adjetivo que definía a la propia poesía épica en sus inicios. La poesía, la música y la danza irían juntas para narrar el presente y el pasado, y poder atisbar el futuro. Durante la Edad Media se perdió prácticamente la memoria de los poemas homéricos, a excepción de los territorios controlados por Bizancio. Pese a que se siguieron copiando y traduciendo algunos textos de filosofía y teología griegas, la mayor parte de la literatura griega fue olvidada por el occidente latino. Eso no significa que se perdiera el nombre de Homero. Escritores como Dante o Chaucer lo siguieron nombrando entre el canon de autores famosos y se le recordaba a través de Ovidio o Virgilio. Homero y Troya continuaron ocupando el imaginario europeo, en cierto modo, si bien es cierto que su imagen se volvió aún más borrosa y oscura en esta época. Sin embargo, desde el si
Homero no es nadie. Un fantasma. El autor más conocido e influyente de todos los tiempos en Occidente, es sólo una figura en la niebla que no alcanzamos a tocar
Es muy poco lo que sabemos con certeza de quién o quiénes compusieron la Ilíada y la Odisea. En realidad, ni siquiera en el mundo clásico se ponían de acuerdo sobre qué habría escrito el poeta. Por un lado, se le atribuyeron más obras aparte de los dos grandes poemas épicos, como los «Himnos homéricos» o «La batalla de las ranas y de los ratones». Por otro, había autores clásicos que ya dudaban de que alguien pudiese escribir dos textos tan monumentales, o que veían incoherencias entre ambos. En un tratado atribuido a Longino, del siglo I de nuestra era, se intentaba reconciliar la diferencia de estilos atribuyendo uno de los poemas, la «Ilíada», a su juventud y el otro, la «Odisea», a su senectud.También discrepaban sobre su vida, aunque hubo varias biografías que circularon por todo el Mediterráneo, la más famosa atribuida, erróneamente, a Heródoto, considerado el padre de la Historia. Porque si alguien podía saber quién era nuestro enigmático escritor, tenía que ser el historiador más famoso. Estas biografías, en realidad, son construcciones tardías, que trasladaban, en muchos casos, elementos de los poemas a la vida del autor (como la ceguera del aedo Demódoco, que recitaba en la corte de los feacios) o mezclaban leyendas y halagos. Nos dan mucha información sobre las ideas y mitos de su época, pero nos acercan muy poco a responder quién fue Homero.Los autores antiguos no se ponían de acuerdo ni siquiera con su origen, lo que permitió a varias ciudades y regiones reclamarle como propio. Chipre, la isla de Afrodita, Babilonia, antigua cuna de extraños dioses, o Quíos, la tierra del lentisco, disputaban el nacimiento de Homero. Tampoco se entendían sobre su nombre. Se le atribuyó un nombre «real», Melesígenes o Meles. Se inventaron etimologías diversas para «Homero» y sobre cada significado se construyó una historia. Podía haber sido un rehén (homêros) o un acompañante en el exilio de los esmirneos (homêrein). Esta referencia al verbo «acompañar» o «estar juntos» dio lugar a otra teoría. Homero no sería una persona, sino el adjetivo que definía a la propia poesía épica en sus inicios. La poesía, la música y la danza irían juntas para narrar el presente y el pasado, y poder atisbar el futuro.Durante la Edad Media se perdió prácticamente la memoria de los poemas homéricos, a excepción de los territorios controlados por Bizancio. Pese a que se siguieron copiando y traduciendo algunos textos de filosofía y teología griegas, la mayor parte de la literatura griega fue olvidada por el occidente latino. Eso no significa que se perdiera el nombre de Homero. Escritores como Dante o Chaucer lo siguieron nombrando entre el canon de autores famosos y se le recordaba a través de Ovidio o Virgilio. Homero y Troya continuaron ocupando el imaginario europeo, en cierto modo, si bien es cierto que su imagen se volvió aún más borrosa y oscura en esta época.Sin embargo, desde el siglo
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