Han pasado 47 años desde que Etan Patz salió de su casa en SoHo y desapareció antes de llegar a la parada del autobús que debía llevarlo al colegio. Casi medio siglo después, el caso ha vuelto a los tribunales para acabar, al menos por ahora, en el mismo punto, con el autor Pedro Hernández, condenado por el secuestro y el asesinato del pequeño que entonces tenía 6 años. La diferencia es que, para llegar hasta aquí, los padres del niño han tenido que desempolvar el expediente, escuchar de nuevo el nombre de su hijo en boca de jueces, abogados y medios de comunicación, y revivir una herida que parece que nunca se cierra. Esta semana el Tribunal Supremo de EE. UU. ha decidido que se mantiene la condena de Hernández, después de que un tribunal de apelaciones la anulara el año pasado alegando un error en las instrucciones que se dieron al jurado. La resolución había abierto la puerta a un tercer juicio (en 2015 el primero se declaró nulo y hubo que repetirlo) y había obligado al país a regresar al punto de partida de un caso que cambió para siempre la vida de los neoyorquinos, sobre todo de los padres con hijos pequeños. El fallo del Supremo ha sido claro, Hernández seguirá cumpliendo la condena de cadena perpetua impuesta en 2017 (solo revisable tras 25 años en prisión). Sin embargo, aunque el expediente vuelve a cerrarse, el cadáver de Etan nunca ha aparecido, y esa losa pesa sobre unos padres que después de tantos años nunca han podido superar la pérdida de su hijo. El caso arranca el 25 de mayo de 1979, en una Nueva York muy distinta a la actual. El SoHo no era como lo conocemos hoy, se asemejaba más a un barrio pequeño, de comunidad, donde la mayoría de los vecinos se conocían y la vida transcurría en unas calles ajenas al peligro. Un oasis en medio del deterioro de una ciudad golpeada por la crisis fiscal, el crimen y el abandono. El matrimonio Patz vivía en un edificio de Prince Street con sus 3 hijos: Shira, de 8 años; Etan, de 6; y Ari, de 2. El mediano llevaba tiempo insistiéndole a su madre para que le dejara ir solo a la parada del autobús escolar, situada a dos manzanas de su vivienda. Julie se había mostrado reacia, pero en un acto de confianza hacia su hijo, aquel día acabó cediendo. Le dio un dólar para que se comprara un refresco y lo dejó marchar. Esa fue la última vez que los Patz vieron a Etan. El pequeño debía caminar hasta la parada, coger el autobús e ir al colegio, pero cuando llega la tarde y Etan no regresa a casa, sus padres confirman que nunca llegó a clase. Saltan todas las alarmas. Los vecinos recorren las calles, llamando puerta por puerta y preguntando a las personas que viven en la zona, no hay ni rastro del niño. Nadie ha escuchado gritos esa mañana, nadie ha visto nada raro y tampoco hay testigos que puedan confirmar qué camino siguió Etan. Es como si se lo hubiera tragado la tierra en una rutina tremendamente habitual para muchos vecinos de la zona. En pocas hora
La desaparición del pequeño Etan Patz: 47 años, un condenado y una herida imposible de cerrar
Han pasado 47 años desde que Etan Patz salió de su casa en SoHo y desapareció antes de llegar a la parada del autobús que debía llevarlo al colegio. Casi medio siglo después, el caso ha vuelto a los tribunales para acabar, al menos por ahora, en el mismo punto, con el autor Pedro Hernández, condenado por el secuestro y el asesinato del pequeño que entonces tenía 6 años. La diferencia es que, para llegar hasta aquí, los padres del niño han tenido que desempolvar el expediente, escuchar de nuevo el nombre de su hijo en boca de jueces, abogados y medios de comunicación, y revivir una herida que parece que nunca se cierra.Esta semana el Tribunal Supremo de EE. UU. ha decidido que se mantiene la condena de Hernández, después de que un tribunal de apelaciones la anulara el año pasado alegando un error en las instrucciones que se dieron al jurado. La resolución había abierto la puerta a un tercer juicio (en 2015 el primero se declaró nulo y hubo que repetirlo) y había obligado al país a regresar al punto de partida de un caso que cambió para siempre la vida de los neoyorquinos, sobre todo de los padres con hijos pequeños. El fallo del Supremo ha sido claro, Hernández seguirá cumpliendo la condena de cadena perpetua impuesta en 2017 (solo revisable tras 25 años en prisión).Sin embargo, aunque el expediente vuelve a cerrarse, el cadáver de Etan nunca ha aparecido, y esa losa pesa sobre unos padres que después de tantos años nunca han podido superar la pérdida de su hijo. El caso arranca el 25 de mayo de 1979, en una Nueva York muy distinta a la actual. El SoHo no era como lo conocemos hoy, se asemejaba más a un barrio pequeño, de comunidad, donde la mayoría de los vecinos se conocían y la vida transcurría en unas calles ajenas al peligro. Un oasis en medio del deterioro de una ciudad golpeada por la crisis fiscal, el crimen y el abandono.El matrimonio Patz vivía en un edificio de Prince Street con sus 3 hijos: Shira, de 8 años; Etan, de 6; y Ari, de 2. El mediano llevaba tiempo insistiéndole a su madre para que le dejara ir solo a la parada del autobús escolar, situada a dos manzanas de su vivienda. Julie se había mostrado reacia, pero en un acto de confianza hacia su hijo, aquel día acabó cediendo. Le dio un dólar para que se comprara un refresco y lo dejó marchar. Esa fue la última vez que los Patz vieron a Etan.El pequeño debía caminar hasta la parada, coger el autobús e ir al colegio, pero cuando llega la tarde y Etan no regresa a casa, sus padres confirman que nunca llegó a clase. Saltan todas las alarmas. Los vecinos recorren las calles, llamando puerta por puerta y preguntando a las personas que viven en la zona, no hay ni rastro del niño. Nadie ha escuchado gritos esa mañana, nadie ha visto nada raro y tampoco hay testigos que puedan confirmar qué camino siguió Etan. Es como si se lo hubiera tragado la tierra en una rutina tremendamente habitual para muchos vecinos de la zona.En pocas horas, ca
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