Ya no hay bardos de acento exótico o impostado, moreno tiznado o de piscina, camisas floreadas, collar hawaiano, coreografías tan imposibles como ridículas, «gachís» que bailan en torno suya, sonrisas caribeñas, reminiscencias de «putiferio» o guateque y melodías más pegadizas que en su día el coronavirus. Ya no quedan, ay, trovadores que le canten al chiringo, a la barbacoa, a la crema solar o a la medusa común o mediterránea; ni que rimen día con sandía, chapuzón con ron, calor con Benidorm, enamorado con helado o –para mi gusto, los favorito– playa con toalla y alpargata con mulata.. Ya no quedan, en definitiva, cantantes del verano como aquellos poetas estacionales que entraban pegando fuerte a primeros de junio –como el zumbido del mosquito y el olor de la sardina– y no se iban hasta bien entrado septiembre, cuando ya estaban forrados los libros escolares. Para entonces, aquella melodía facilona y bailable –de radiofórmula, Caribe mix, versión verbenera de orquesta y gala de TVE con «playback»–, que con tantas ganas cogimos tres meses antes, la teníamos más aborrecida que un chiclanero las rotondas, un cubano la familia Castro o un vecino de Canillejas a Bad Bunny.. Españoles, sí, la canción del verano ha muerto; admitámoslo, aunque no sé cuántas veces la hemos enterrado ya. Probablemente más que a Joaquín Sabina. Es ya como un rito, como el entierro de la sardina. El caso es que ayer, poco antes del mediodía, entramos por la puerta del estío, como quien no quiere la cosa, casi sin darnos cuenta, porque el calor derritió la frontera entre eso que El Corte Inglés llama «primavera-verano». O sea, que estamos en verano y no tenemos canción. ¿Candidatas? Las hay, claro. Ahí está, por ejemplo, «La Graciosa», de Quevedo y Elvis Crespo. Pero no pasa de eso, de candidata: y una canción del verano no se postula como el que va a una entrevista del trabajo, ¡no!, un tema estival se impone por asalto, dando un golpe de Estado a nuestros oídos y nuestro cerebro que se verá obligado a centrifugar en bucle un estribillo y una melodía. Así lo hicieron, se impusieron sin titubeos, «El chiringuito», «La bomba» de King Africa, «Potra salvaje» o, en otro siglo, «Eva María se fue».. Y es que la diversificación o la multiplicación de los canales por los que escuchar música han heterogeneizado el hilo musical del verano español. Antes sólo había La 1, Los 40 Principales y el Caribe Mix. Hoy, el streaming ha volado por los aires esa comunión musical. Asimismo, paradójicamente, a la vez que se amplían los canales, se produce una homogeneización melódica –a la par que una notable degradación– comprobable en cualquier lista de éxitos de Spotify: el reguetón y el trap de garrafón, con autotune pero sin soda, se han impuesto entre la juventud. La «festivalitis» sería un tercer factor que explicaría la caída en desgracia de la canción veraniega. La proliferación de festivales, de norte a sur y de este a oeste de España, hace que la verbena de pueblo, la fiesta de chiringuito o piscina y la gala veraniega –donde la canción del verano era la reina– hayan quedado en peligro de extinción. Si Georgie levantara la cabeza…
Españoles, sí, la canción del verano ha muerto; admitámoslo, aunque no sé cuántas veces la hemos enterrado ya
Ya no hay bardos de acento exótico o impostado, moreno tiznado o de piscina, camisas floreadas, collar hawaiano, coreografías tan imposibles como ridículas, «gachís» que bailan en torno suya, sonrisas caribeñas, reminiscencias de «putiferio» o guateque y melodías más pegadizas que en su día el coronavirus. Ya no quedan, ay, trovadores que le canten al chiringo, a la barbacoa, a la crema solar o a la medusa común o mediterránea; ni que rimen día con sandía, chapuzón con ron, calor con Benidorm, enamorado con helado o –para mi gusto, los favorito– playa con toalla y alpargata con mulata.. Ya no quedan, en definitiva, cantantes del verano como aquellos poetas estacionales que entraban pegando fuerte a primeros de junio –como el zumbido del mosquito y el olor de la sardina– y no se iban hasta bien entrado septiembre, cuando ya estaban forrados los libros escolares. Para entonces, aquella melodía facilona y bailable –de radiofórmula, Caribe mix, versión verbenera de orquesta y gala de TVE con «playback»–, que con tantas ganas cogimos tres meses antes, la teníamos más aborrecida que un chiclanero las rotondas, un cubano la familia Castro o un vecino de Canillejas a Bad Bunny.. Españoles, sí, la canción del verano ha muerto; admitámoslo, aunque no sé cuántas veces la hemos enterrado ya. Probablemente más que a Joaquín Sabina. Es ya como un rito, como el entierro de la sardina. El caso es que ayer, poco antes del mediodía, entramos por la puerta del estío, como quien no quiere la cosa, casi sin darnos cuenta, porque el calor derritió la frontera entre eso que El Corte Inglés llama «primavera-verano». O sea, que estamos en verano y no tenemos canción. ¿Candidatas? Las hay, claro. Ahí está, por ejemplo, «La Graciosa», de Quevedo y Elvis Crespo. Pero no pasa de eso, de candidata: y una canción del verano no se postula como el que va a una entrevista del trabajo, ¡no!, un tema estival se impone por asalto, dando un golpe de Estado a nuestros oídos y nuestro cerebro que se verá obligado a centrifugar en bucle un estribillo y una melodía. Así lo hicieron, se impusieron sin titubeos, «El chiringuito», «La bomba» de King Africa, «Potra salvaje» o, en otro siglo, «Eva María se fue».. Y es que la diversificación o la multiplicación de los canales por los que escuchar música han heterogeneizado el hilo musical del verano español. Antes sólo había La 1, Los 40 Principales y el Caribe Mix. Hoy, el streaming ha volado por los aires esa comunión musical. Asimismo, paradójicamente, a la vez que se amplían los canales, se produce una homogeneización melódica –a la par que una notable degradación– comprobable en cualquier lista de éxitos de Spotify: el reguetón y el trap de garrafón, con autotune pero sin soda, se han impuesto entre la juventud. La «festivalitis» sería un tercer factor que explicaría la caída en desgracia de la canción veraniega. La proliferación de festivales, de norte a sur y de este a oeste de España, hace que la verbena de pueblo, la fiesta de chiringuito o piscina y la gala veraniega –donde la canción del verano era la reina– hayan quedado en peligro de extinción. Si Georgie levantara la cabeza…
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