Cinco mil personas aplaudiendo es al teatro lo que un concierto de Bad Bunny a la música popular contemporánea. “¡Un puntazo!”, exclama el director de escena barcelonés Àlex Ollé. Cofundador de la veterana compañía La Fura dels Baus, con la que orquestó uno de los espectáculos centrales de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, Ollé está acostumbrado a trabajar para públicos masivos y grandes coliseos de ópera, pero estos días, a sus 66 años, está disfrutando como un chaval con su debut en el milenario teatro griego de Siracusa, uno de los mayores recintos escénicos de la Antigüedad y también del presente, ante cerca de 5.000 espectadores que no solo aplauden al final de la función, sino también durante muchos momentos de la representación. En la histórica ciudad siciliana, el teatro se vive como en la época de los griegos.. Seguir leyendo
El director catalán levanta al público con su versión de la obra de Esquilo en el milenario teatro de Siracusa
Cinco mil personas aplaudiendo es al teatro lo que un concierto de Bad Bunny a la música popular contemporánea. “¡Un puntazo!”, exclama el director de escena barcelonés Àlex Ollé. Cofundador de la veterana compañía La Fura dels Baus, con la que orquestó uno de los espectáculos centrales de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, Ollé está acostumbrado a trabajar para públicos masivos y grandes coliseos de ópera, pero estos días, a sus 66 años, está disfrutando como un chaval con su debut en el milenario teatro griego de Siracusa, uno de los mayores recintos escénicos de la Antigüedad y también del presente, ante cerca de 5.000 espectadores que no solo aplauden al final de la función, sino también durante muchos momentos de la representación. En la histórica ciudad siciliana, el teatro se vive como en la época de los griegos.
La obra elegida para este debut no era fácil. Los persas, la tragedia más antigua que se conserva completa, escrita por Esquilo en el siglo V a. C. Sin apenas acción, con largos parlamentos del coro, minuciosas descripciones y remotos códigos sociales. Pero Ollé, sin modificar el texto original, lo carga de suspense y emoción con una sofisticada puesta en escena con poderosas reverberaciones en el contexto actual. “Esto va de cómo la egolatría de algunos mandatarios arrasa con todo y puede derivar en guerras que destrozan a sus ciudadanos. No hace falta nombrar a Trump o Putin para que los veamos en escena”, explica el director.

Los persas narra la victoria de los griegos en la batalla de Salamina, en la que combatió el propio Esquilo, frente al ejército persa comandado por el codicioso rey Jerjes, de quien el fantasma de su padre dice en la obra que “en su vana locura creía obtener la victoria sobre los dioses todos”. Lo típico en la época habría sido un componer un relato épico lleno de testosterona, pero Esquilo adoptó la perspectiva de los perdedores y creó la tragedia.
Sobre el inmenso escenario circular de Siracusa, Ollé dispone la tragedia en torno a una mesa de reuniones donde la reina madre persa espera noticias de la guerra y discute la situación con el coro, deconstruido en una especie de gabinete de militares, ministros y asesores gubernamentales. De fondo, una gran pantalla proyecta en directo primeros planos de los intérpretes, amplificando gestos y emociones imposibles de ver en un auditorio tan amplio. La irrupción de un mensajero herido de muerte que da cuenta de la sangrienta masacre, interpretado por Giuseppe Sartori, desata una conmoción que deja al público sin aliento. Tanto Sartori como Anna Bonaiuto, célebre actriz italiana que encarna a la reina, se llevan una ovación cada noche en los aplausos finales.

Los espectadores también aplauden la decisión más arriesgada de este montaje. Tres personajes contemporáneos saltan desde las gradas al escenario para interrumpir la tragedia de Esquilo durante unos minutos. Una joven viuda de guerra, un soldado con estrés postraumático y una madre que ha perdido a su hijo en combate. Son monólogos breves, con palabras extraídas de testimonios reales de víctimas de conflictos actuales, que no se nombran pero se intuyen y que conectan el pasado con el presente. En otro momento, también desde las gradas, un pequeño grupo de espectadores-actores despliega una pancarta con el lema “No alla guerra”.

Los persas se estrenó el 13 de junio y se representará hasta el 28 del mismo mes en el teatro griego de Siracusa de manera alterna con La Ilíada, dirigida por Giuliano Peparini. Los persas, además, se escenificará del 10 al 12 de julio en el teatro romano de Pompeya, entre las ruinas de la ciudad sepultada por el Vesubio. Son producciones del Instituto Nacional del Drama Antiguo de Italia (INDA), la institución que gestiona el histórico escenario griego desde que en 1914 recuperó la actividad teatral después de siglos de abandono. EL PAÍS asistió esta semana a ambos espectáculos por invitación de INDA.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por cuestiones de conservación el escenario solo se activa durante mayo y junio, con dos montajes alternos cada mes. Siempre son clásicos grecolatinos, puestos al día por grandes nombres de la escena internacional, entre ellos Vittorio Gassman, Irene Papas, Luca Ronconi, Peter Stein o Pier Paolo Pasolini. Esta temporada, además de Los persas y La Ilíada, en mayo se representaron Antígona, en versión del prestigioso Robert Carsen, y Alcestes, dirigido por Filippo Dini.

INDA no solo produce los montajes, sino que también impulsa investigaciones y gestiona en Siracusa una escuela de actores especializados en los clásicos de la Antigüedad, de manera que la ciudad se ha convertido en meca del teatro grecolatino. Miles de personas de países diversos se acercan cada año hasta ese lugar para vivir una experiencia que trasciende el propio hecho teatral: no es lo mismo ver Los persas en una butaca de terciopelo que en uno de los pocos escenarios que se conservan para los que fue concebido ese texto. El propio Esquilo vivió en Siracusa y posiblemente la obra se representó allí en vida del autor.
Al aire libre, sobre piedras excavadas en la roca, con un frondoso bosque como telón de fondo y pájaros cruzando el cielo, la tragedia de Esquilo comienza al atardecer y atraviesa el ocaso como en los tiempos de los antiguos griegos.
EL PAÍS
