Ha muerto Carlo Ginzburg (1939-2026) y a muchos embarga la tristeza. Su fallecimiento supone la desaparición de uno de los historiadores más influyentes de los últimos tiempos. Su nombre quedó pronto asociado a Il formaggio e i vermi (1976): El queso y los gusanos es el libro que más ha transformado nuestra manera de entender el oficio de historiador. Convirtió a su protagonista, Menocchio, un insólito y oscuro molinero del siglo XVI, en una figura célebre de la historiografía. Tanto éxito ha tenido, que sus lectores en múltiples idiomas lo son de numerosísimas disciplinas. Sin embargo, reducir a Ginzburg a aquel volumen sería empequeñecerlo.. Seguir leyendo
Su aportación más conocida fue la llamada microhistoria, una forma de investigación que propone reducir la escala de observación
Ha muerto Carlo Ginzburg (1939-2026) y a muchos embarga la tristeza. Su fallecimiento supone la desaparición de uno de los historiadores más influyentes de los últimos tiempos. Su nombre quedó pronto asociado a Il formaggio e i vermi (1976): El queso y los gusanos es el libro que más ha transformado nuestra manera de entender el oficio de historiador. Convirtió a su protagonista, Menocchio, un insólito y oscuro molinero del siglo XVI, en una figura célebre de la historiografía. Tanto éxito ha tenido, que sus lectores en múltiples idiomas lo son de numerosísimas disciplinas. Sin embargo, reducir a Ginzburg a aquel volumen sería empequeñecerlo.. Durante décadas fue uno de los intelectuales europeos más originales y respetados. Hijo de Leone Ginzburg, asesinado por los nazis en 1944, y de la escritora Natalia Ginzburg (Levi), creció en un ambiente en el que la literatura, la reflexión moral y el compromiso civil formaban parte de la vida cotidiana. Me refiero a Turín y a la Editorial Einaudi. Aquella herencia nunca dejó de acompañarlo.. Su aportación más conocida es la llamada microhistoria, una forma de investigación que propone reducir la escala de observación para así plantear preguntas universales a partir de casos concretos. Lo singular era para él una vía de ingreso en la humanidad del pasado. Menocchio, los procesos inquisitoriales o los casos de brujería eran laboratorios desde los que Ginzburg se planteaba preguntas más amplias: las relaciones entre cultura popular y cultura erudita, la circulación de las ideas, los mecanismos del poder o las formas de disidencia.. A esa mirada contribuyó decisivamente con la formulación de lo que denominó el “paradigma indiciario”. El historiador trabaja como un detective, un médico, un juez. No incrimina ni condena ni sana, pero reconstruye una realidad ausente a partir de huellas, síntomas, indicios. Esa reflexión influyó mucho más allá de su disciplina y alcanzó campos tan diversos como la crítica literaria, la antropología o la historia del arte.. Quien lo lea hoy advertirá que Ginzburg fue mucho más que un innovador. Fue sobre todo un lector excepcional. La literatura ocupó un lugar central en su manera de entender el conocimiento histórico. Dostoyevski, Kafka, Proust, Stendhal o Stevenson aparecen en sus ensayos no como simples referencias eruditas o aderezos, sino como interlocutores. Aprendió que comprender a los seres humanos exige atención a las contradicciones y a las experiencias individuales. La literatura y su madre bien que se lo enseñaron.. Quizá por ello sus libros combinaron siempre erudición y capacidad narrativa. Ginzburg sabía que la historia necesita trama y drama, prosa esmerada y relato. Ahora bien, se opuso con firmeza a confundir historia y ficción. Frente a los relativismos defendió la verdad como horizonte de la investigación. El conocimiento del pasado siempre es provisional y discutible, pero no arbitrario o imaginario.. Tampoco fue un académico encerrado en su especialidad. Intervino en debates sobre el fascismo, el antisemitismo, el Holocausto y las amenazas contemporáneas contra la democracia. En sus últimos años insistió en una idea particularmente reveladora: la pertenencia digna a una comunidad no se funda en el orgullo compartido, sino más bien en la capacidad de asumir críticamente aquello que nos avergüenza. La memoria tiene sentido cuando nos obliga a afrontar lo que preferiríamos olvidar. La historia se ocupa precisamente de eso.. Quienes hemos analizado y difundido sus libros sabemos que su legado no consiste solo en una escuela o etiqueta historiográfica. Ginzburg nos enseñó una forma de leer textos, imágenes y vacíos. Los documentos son siempre mensajes sesgados, incompletos, con elipsis, con contradicciones, con enmiendas. El historiador obra el prodigio de relacionar esas fuentes y de encontrar sentido allá en donde parecía no haberlo. Hay que leer los documentos como indicios que el pasado deja dispersos: con curiosidad, con método y con responsabilidad moral. Fue un hombre generoso, de una gran bonhomía y de una sensibilidad envidiable. Su último libro publicado en España es Una historia sin final (Ampersand, 2025). Precisamente. Esto no ha acabado. Ginzburg seguirá siendo nuestro interlocutor.
