La política internacional ha entrado en una fase en la que todos los caminos parecen conducir a Pekín. Las recientes visitas de Donald Trump y Vladímir Putin a China no son episodios aislados, sino síntomas de una realidad más profunda: China se ha convertido en el centro de gravedad de la geoeconomía y la geopolítica mundial. Estados Unidos compite con ella, Rusia depende cada vez más de ella y Europa tiene que adaptar su estrategia. La cuestión no es si hay que relacionarse con China, sino cómo hacerlo.. Seguir leyendo
Nuestro país puede aportar una mirada menos defensiva a las relaciones de Europa con Pekín
La política internacional ha entrado en una fase en la que todos los caminos parecen conducir a Pekín. Las recientes visitas de Donald Trump y Vladímir Putin a China no son episodios aislados, sino síntomas de una realidad más profunda: China se ha convertido en el centro de gravedad de la geoeconomía y la geopolítica mundial. Estados Unidos compite con ella, Rusia depende cada vez más de ella y Europa tiene que adaptar su estrategia. La cuestión no es si hay que relacionarse con China, sino cómo hacerlo.. España ha optado por una vía pragmática y, en los tiempos polarizados que corren, eso levanta sospechas. España habla con Pekín, atrae inversión china y busca oportunidades en sectores como el vehículo eléctrico, las baterías, las energías renovables y la logística. Algunos en el norte de Europa interpretan esta actitud como ingenua. Se equivocan. España no está abrazando a China sin condiciones. Está intentando convertir una relación inevitable en una palanca para reforzar su base industrial y aumentar su peso dentro de Europa.. China no es un mercado más. Es la segunda economía del mundo, el mayor productor industrial del planeta, un actor dominante en tecnologías verdes y un nodo central de las cadenas globales de valor. Pretender aislarla por completo sería costoso e irrealista —hasta Trump se ha dado cuenta de ello. Pero aceptar pasivamente sus excedentes industriales, sus subsidios masivos y su difícil acceso a su mercado sería imprudente. La estrategia correcta no está en el cierre ni en la apertura acrítica, sino en una interdependencia más equilibrada.. Por eso España no debe oponerse a que la Unión Europea adopte una posición más firme frente a China. Bruselas debate estos días cómo reforzar sus barreras ante la sobrecapacidad china, especialmente en sectores industriales y tecnológicos. Esa discusión es necesaria. Europa no puede permitir que sus empresas compitan en condiciones desiguales mientras el mercado chino sigue siendo mucho menos abierto que el europeo. Hay que reducir el déficit comercial, exigir reciprocidad real y utilizar los instrumentos de defensa comercial cuando existan prácticas distorsionadoras.. Ahora bien, una Europa más firme no debe confundirse con una Europa más cerrada. Más que de-risking, necesitamos disuasión económica, aunque China tome represalias. Porque incluso si llegásemos a una guerra comercial, los aranceles y las nuevas condiciones de acceso pueden tener un efecto positivo: aumentar los incentivos para que las empresas chinas produzcan dentro de la Unión. Si China quiere vender en Europa, debe producir más en Europa. Y si produce en Europa, España debe aspirar a que una parte importante de esa producción se localice aquí.. La confirmación de que SAIC, dueña de la marca MG, instalará una planta de coches en Ferrol ilustra esta lógica. No se trata solo de una inversión china más. Es una señal de que la presión regulatoria europea puede inducir localización productiva, empleo y arraigo industrial. También demuestra algo políticamente relevante: la relación de España con China no es ideológica. El Gobierno central socialista y la Xunta de Galicia gobernada por el Partido Popular han trabajado en la misma dirección. En este ámbito sí que hay una estrategia de país.. España tampoco llega aquí sin experiencia. Ya vivimos el primer China shock. Sectores como el textil, el calzado, la energía solar o parte de la industria manufacturera sufrieron la competencia china con dureza. Pero la respuesta no fue levantar un muro imposible, como pedían algunos. Hubo costes, cierres y reconversiones, pero también adaptación. La economía española siguió abierta, atrajo inversión, desarrolló servicios avanzados, consolidó capacidades industriales y mantuvo una fuerte inserción en cadenas globales. El proteccionismo absoluto habría empobrecido al país.. Esa experiencia importa. España sabe que la apertura sin estrategia puede generar vulnerabilidades, pero también que la inversión extranjera bien gestionada puede dejar valor en el país. Buena parte de la modernización industrial española se ha construido así: con capital, tecnología y empresas extranjeras. ¿Por qué debe ser diferente con China? La pregunta no es si debe entrar inversión china, sino bajo qué reglas.. Esas reglas deben ser claras. La inversión china debe aportar empleo local de calidad, integración de proveedores españoles, formación, transferencia de conocimiento y cumplimiento estricto de las normas laborales y medioambientales europeas. También debe someterse a mecanismos de control cuando afecte a sectores sensibles. Hablar con China no significa vender activos estratégicos sin vigilancia. Significa negociar con una superpotencia difícil desde una posición de interés propio y coordinación europea.. El objetivo final debe ser reforzar la autonomía estratégica europea. Para ello, Europa necesita proteger sectores críticos, invertir más en tecnología propia, completar su mercado interior y profundizar en la unión fiscal y política. Pero también necesita aprender a utilizar las capacidades y los productos chinos cuando sirvan para acelerar su transición industrial y energética. Frente al pánico instalado en los países del norte más sometidos al China Shock 2.0, España puede aportar al debate una mirada menos defensiva.. No tener miedo a China no significa ser ingenuos. Significa entender su poder, reconocer sus riesgos y negociar mejor. España debe apoyar una Europa más exigente con Pekín, pero también defender que la firmeza sirva para atraer producción, empleo y tecnología. En un mundo en el que todos miran hacia China, la peor estrategia sería encerrarse en el proteccionismo. La historia de España así lo demuestra.. Miguel Otero Iglesias es investigador principal para la Economía Política Internacional del Real Instituto Elcano.
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