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  Cultura  Los libros de la semana: de lo último de Delphine de Vigan a la infancia marcada por la guerra de Tijan Sila
Cultura

Los libros de la semana: de lo último de Delphine de Vigan a la infancia marcada por la guerra de Tijan Sila

6 de junio de 2026
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«Radio Sarajevo», de Tijan Sila: una infancia marcada por la crudeza y el horror de la guerra. 10/10. Por Diego Gándara. Pareciera que se trata de una novela escrita al calor de los hechos, pero no; recrea una infancia marcada por la guerra, las bombas, la desesperación y que, al ser recreada, hace que aquellos hechos se conviertan en acontecimientos. Es decir: en unos hechos que, al ser contados muchos años después, se vuelven significativos, como si fueran las figuras esenciales de un cuadro pintado por los colores del miedo y el horror, aunque, también, por la luz de la gracia y la redención. «Radio Sarajevo», de Tijan Sila (Sarajevo, 1981), es, en ese sentido, una novela que refleja de manera directa lo que ha sido crecer en aquellos tiempos de la guerra que se desató en la antigua Yugoslavia a comienzos de los años noventa, además, para el propio autor, que finalmente debió huir de una Yugoslavia desangrada en 1994 y refugiarse en Alemania.. En todo caso, a través de la vida de un niño llamado Emir, Sila cuenta con crudeza, sin aditivos ni paliativos, la destrucción de su ciudad, la violencia cotidiana y la pérdida de una inocencia a edad bastante temprana. Porque todo, todo lo que se cuenta, transcurre durante un momento crucial: durante el sitio de Sarajevo. Así, Emir, que vive con su familia en un modesto bloque de viviendas, ve, por un lado, que su lugar en el mundo se ha convertido en un campo de batalla, aunque, a pesar de las bombas que caen a cada rato y que los francotiradores no dejen disparar a todo lo que se mueve, Emir sigue con su vida gracias a sus amigos y a una radio de color rojo que le permite entender los hechos que lo rodean y, además, darle un sentido: soñar con un mundo distinto, sin peligros. Altamente emotiva, el libro narra la existencia en medio de la guerra, la violencia y la incertidumbre, pero su mayor acierto es combinar la mirada inocente del protagonista con una profunda reflexión.. Lo mejor: el autor consigue ser profundamente emotivo ante una historia dura y una realidad que elige mirar con los ojos bien abiertos. Lo peor: la novela no tiene desperdicio, es un canto a viva voz sobre la capacidad del ser humano de reponerse a las dificultades. «Los figurantes», de Delphine de Vigan: en defensa de los figurantes del teatro y la vida. 8/10. Por Ángeles López. Entre las muchas patrias literarias de quien esto escribe, dos llevan acento francés, y me refiero a Amélie Nothomb y a Delphine de Vigan. Ambas poseen la rara virtud de convertir una premisa aparentemente mínima en una indagación profunda sobre la identidad, la fragilidad humana y los mecanismos invisibles que gobiernan nuestras vidas. En «Los figurantes», el debut teatral de De Vigan, esa incursión se despliega una vez más con precisión casi matemática y con esa capacidad tan propia de la autora para convertir lo mínimo en una reflexión de largo alcance.. La acción se desarrolla en un rodaje cinematográfico, pero desplaza el foco hacia quienes permanecen fuera de él: los olvidados, los figurantes, los personajes de segunda línea. Cécile, Orso, Bruno, Joyce y Nora esperan una llamada, la difícil oportunidad de recitar una frase. Son cuerpos destinados a engrosar la ficción ajena, espectros necesarios para que las estrellas brillen. La premisa remite inevitablemente a Beckett y a sus personajes atrapados en una espera que parece conducir a ninguna parte. Pero la autora introduce un elemento profundamente contemporáneo: sus figurantes, además de aguardar, anhelan ser vistos en una sociedad obsesionada con la exposición permanente.. Así, contrapone el estrellato a la invisibilidad, la identidad auténtica al juicio ajeno. Y lo hace sin la menor tentación panfletaria. A través de una sucesión de diarios ágiles, atravesados por el humor y una melancolía contenida, vamos descubriendo las heridas íntimas de sus personajes: el cansancio de Cécile, la necesidad de pertenencia de Bruno, la rabia de Nora o las frustraciones de Joyce. Todos terminan convirtiéndose en arquetipos de una forma muy contemporánea de habitar el mundo: la de quienes sienten que desempeñan un papel secundario en el teatro de la vida.. Lo mejor: es una inteligente reflexión sobre la invisibilidad contemporánea sostenida por diálogos ágiles y conmovedores. Lo peor: su brevedad deja fuera personajes y conflictos sugerentes que merecían un mayor desarrollo dramático. «El mal de la risa», de Isabel Bono: la octogenaria que nunca se arrepintió de haber acabado sola. 9/10. Por Jesús Ferrer. Sostenía el cineasta Ingmar Bergman que «envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena». Es lo que le sucede a la protagonista de «El mal de la risa», de Isabel Bono: Noelia es una anciana de ochenta y tres años, maestra jubilada, soltera vocacional, vital e individualista, descreída de todo, sin ataduras sentimentales, decididamente contestataria y con pocos amigos. Entre ellos, don Marcos, un sacerdote con el que se confiesa en liberador ejercicio de meditación introspectiva. No en vano esta es una novela inserta en un realismo psicológico de carácter intimista, sensible y penetrante. Noelia, quien, libre de identidades impuestas se hace llamar también Adelfa, mantiene una especial relación con su hermana y con sus sobrinos, a los que tiene por nietos en curioso deseo de trascendencia generacional.. Se suceden, con aparente sencillez, episodios de la vida cotidiana: la protagonista charla sobre libros en un chat de amigos; se relaciona esporádicamente con amables aunque distantes vecinos; sufre o provoca incidencias en el supermercado; atraviesa, resignada, controles médicos y estancias hospitalarias (en una de ellas confesará a su hermana que odia a su cuñado), y, sin descendientes directos, atisba el egoísmo de sus sobrinos/nietos. Todo ello resultado de una elección vital que enuncia sin ambages: «Antes nadie se planteaba nada. Te casabas, tenías hijos y aguantabas lo que viniera. (…) Yo elegí el trabajo, la libertad. La libertad, la soledad. No me quejo. Me gusta mi vida. No imaginaba este futuro, pero, si miro hacia atrás, me gusta mi vida». Una complaciente actitud esta que amaga persistentes obsesiones, melancólicas nostalgias, atormentados recuerdos y frustradas expectativas.. Lo mejor: el sensible, rebelde y humorístico carácter de la protagonista, que muestra asimismo debilidades y fortalezas. Lo peor: no hay ninguna objeción destacable que hacer a esta entretenida obra que llama a reflexionar sobre las incidencias cotidianas. «Un halcón sobre mi ventana», de Lydia Cacho: México, años 60: del machismo feroz a un feminismo emergente. 8/10. Por Toni Montesinos. Lydia Cacho ha reconstruido el clima político y social del México de finales de los 60 a través de la mirada de Julieta, una adolescente que crece entre las marchas estudiantiles, el feminismo emergente y la violencia de Estado. Ya desde el inicio, la protagonista comprende que «el gobierno había matado mi infancia», una frase que resume el tono de pérdida y despertar que atraviesa el relato, mezclando memoria personal e historia colectiva. Julieta acompaña a su madre, Clara, psicóloga y activista feminista, a reuniones clandestinas donde se debate sobre igualdad, represión y derechos reproductivos. En esos encuentros aparecen figuras diversas: estudiantes, intelectuales, sindicalistas e indígenas que denuncian el autoritarismo del gobierno y el machismo dentro de la propia izquierda; con ello se retrata el miedo creciente ante la vigilancia y la persecución política, más la tensión previa a la violencia que marcaría esos años.. Lo gubernamental es generador de destrucción, pues no en vano la novela está atravesada por la tragedia histórica, y la rotundidad de esa imposición se combina con la delicadeza expresiva con la que la autora presenta a sus personajes: «Sus ojos están llenos de ansiedad; yo le sonrío, mis ojos están llenos de incertidumbre…», dice en un momento en que se plantea la experiencia adulta frente a la mirada infantil, que marca el tono de una narración que busca reflexionar desde el pasado sobre valores siempre actuales. La protagonista sueña con una vida nueva en la que no sea necesario reivindicar derechos básicos, con la confianza en que la Historia avanza hacia una sociedad mejor, pero enseguida el lector intuye que esa esperanza será golpeada, mientras que, en paralelo, lo femenino en singular cobra voz en lo colectivo, manifestando una intención clara y legítima: «Nosotras queremos poder para ser libres, no para dominar».. Lo mejor: el modo en que la novela explora el impacto de la vida en la adolescencia y los vínculos afectivos. Lo peor: tal vez el lector de Lydia Cacho encuentre algo tópico cómo aborda algo tan de moda editorial como es el feminismo

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Y además «El mal de la risa», de Isabel Bono y lo último de Lydia Cacho, «Un halcón sobre mi ventana»

  

«Radio Sarajevo», de Tijan Sila: una infancia marcada por la crudeza y el horror de la guerra. 10/10. Por Diego Gándara. Pareciera que se trata de una novela escrita al calor de los hechos, pero no; recrea una infancia marcada por la guerra, las bombas, la desesperación y que, al ser recreada, hace que aquellos hechos se conviertan en acontecimientos. Es decir: en unos hechos que, al ser contados muchos años después, se vuelven significativos, como si fueran las figuras esenciales de un cuadro pintado por los colores del miedo y el horror, aunque, también, por la luz de la gracia y la redención. «Radio Sarajevo», de Tijan Sila (Sarajevo, 1981), es, en ese sentido, una novela que refleja de manera directa lo que ha sido crecer en aquellos tiempos de la guerra que se desató en la antigua Yugoslavia a comienzos de los años noventa, además, para el propio autor, que finalmente debió huir de una Yugoslavia desangrada en 1994 y refugiarse en Alemania.. En todo caso, a través de la vida de un niño llamado Emir, Sila cuenta con crudeza, sin aditivos ni paliativos, la destrucción de su ciudad, la violencia cotidiana y la pérdida de una inocencia a edad bastante temprana. Porque todo, todo lo que se cuenta, transcurre durante un momento crucial: durante el sitio de Sarajevo. Así, Emir, que vive con su familia en un modesto bloque de viviendas, ve, por un lado, que su lugar en el mundo se ha convertido en un campo de batalla, aunque, a pesar de las bombas que caen a cada rato y que los francotiradores no dejen disparar a todo lo que se mueve, Emir sigue con su vida gracias a sus amigos y a una radio de color rojo que le permite entender los hechos que lo rodean y, además, darle un sentido: soñar con un mundo distinto, sin peligros. Altamente emotiva, el libro narra la existencia en medio de la guerra, la violencia y la incertidumbre, pero su mayor acierto es combinar la mirada inocente del protagonista con una profunda reflexión.. Lo mejor: el autor consigue ser profundamente emotivo ante una historia dura y una realidad que elige mirar con los ojos bien abiertos. Lo peor: la novela no tiene desperdicio, es un canto a viva voz sobre la capacidad del ser humano de reponerse a las dificultades. «Los figurantes», de Delphine de Vigan: en defensa de los figurantes del teatro y la vida. 8/10. Por Ángeles López. Entre las muchas patrias literarias de quien esto escribe, dos llevan acento francés, y me refiero a Amélie Nothomb y a Delphine de Vigan. Ambas poseen la rara virtud de convertir una premisa aparentemente mínima en una indagación profunda sobre la identidad, la fragilidad humana y los mecanismos invisibles que gobiernan nuestras vidas. En «Los figurantes», el debut teatral de De Vigan, esa incursión se despliega una vez más con precisión casi matemática y con esa capacidad tan propia de la autora para convertir lo mínimo en una reflexión de largo alcance.. La acción se desarrolla en un rodaje cinematográfico, pero desplaza el foco hacia quienes permanecen fuera de él: los olvidados, los figurantes, los personajes de segunda línea. Cécile, Orso, Bruno, Joyce y Nora esperan una llamada, la difícil oportunidad de recitar una frase. Son cuerpos destinados a engrosar la ficción ajena, espectros necesarios para que las estrellas brillen. La premisa remite inevitablemente a Beckett y a sus personajes atrapados en una espera que parece conducir a ninguna parte. Pero la autora introduce un elemento profundamente contemporáneo: sus figurantes, además de aguardar, anhelan ser vistos en una sociedad obsesionada con la exposición permanente.. Así, contrapone el estrellato a la invisibilidad, la identidad auténtica al juicio ajeno. Y lo hace sin la menor tentación panfletaria. A través de una sucesión de diarios ágiles, atravesados por el humor y una melancolía contenida, vamos descubriendo las heridas íntimas de sus personajes: el cansancio de Cécile, la necesidad de pertenencia de Bruno, la rabia de Nora o las frustraciones de Joyce. Todos terminan convirtiéndose en arquetipos de una forma muy contemporánea de habitar el mundo: la de quienes sienten que desempeñan un papel secundario en el teatro de la vida.. Lo mejor: es una inteligente reflexión sobre la invisibilidad contemporánea sostenida por diálogos ágiles y conmovedores. Lo peor: su brevedad deja fuera personajes y conflictos sugerentes que merecían un mayor desarrollo dramático. «El mal de la risa», de Isabel Bono: la octogenaria que nunca se arrepintió de haber acabado sola. 9/10. Por Jesús Ferrer. Sostenía el cineasta Ingmar Bergman que «envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena». Es lo que le sucede a la protagonista de «El mal de la risa», de Isabel Bono: Noelia es una anciana de ochenta y tres años, maestra jubilada, soltera vocacional, vital e individualista, descreída de todo, sin ataduras sentimentales, decididamente contestataria y con pocos amigos. Entre ellos, don Marcos, un sacerdote con el que se confiesa en liberador ejercicio de meditación introspectiva. No en vano esta es una novela inserta en un realismo psicológico de carácter intimista, sensible y penetrante. Noelia, quien, libre de identidades impuestas se hace llamar también Adelfa, mantiene una especial relación con su hermana y con sus sobrinos, a los que tiene por nietos en curioso deseo de trascendencia generacional.. Se suceden, con aparente sencillez, episodios de la vida cotidiana: la protagonista charla sobre libros en un chat de amigos; se relaciona esporádicamente con amables aunque distantes vecinos; sufre o provoca incidencias en el supermercado; atraviesa, resignada, controles médicos y estancias hospitalarias (en una de ellas confesará a su hermana que odia a su cuñado), y, sin descendientes directos, atisba el egoísmo de sus sobrinos/nietos. Todo ello resultado de una elección vital que enuncia sin ambages: «Antes nadie se planteaba nada. Te casabas, tenías hijos y aguantabas lo que viniera. (…) Yo elegí el trabajo, la libertad. La libertad, la soledad. No me quejo. Me gusta mi vida. No imaginaba este futuro, pero, si miro hacia atrás, me gusta mi vida». Una complaciente actitud esta que amaga persistentes obsesiones, melancólicas nostalgias, atormentados recuerdos y frustradas expectativas.. Lo mejor: el sensible, rebelde y humorístico carácter de la protagonista, que muestra asimismo debilidades y fortalezas. Lo peor: no hay ninguna objeción destacable que hacer a esta entretenida obra que llama a reflexionar sobre las incidencias cotidianas. «Un halcón sobre mi ventana», de Lydia Cacho: México, años 60: del machismo feroz a un feminismo emergente. 8/10. Por Toni Montesinos. Lydia Cacho ha reconstruido el clima político y social del México de finales de los 60 a través de la mirada de Julieta, una adolescente que crece entre las marchas estudiantiles, el feminismo emergente y la violencia de Estado. Ya desde el inicio, la protagonista comprende que «el gobierno había matado mi infancia», una frase que resume el tono de pérdida y despertar que atraviesa el relato, mezclando memoria personal e historia colectiva. Julieta acompaña a su madre, Clara, psicóloga y activista feminista, a reuniones clandestinas donde se debate sobre igualdad, represión y derechos reproductivos. En esos encuentros aparecen figuras diversas: estudiantes, intelectuales, sindicalistas e indígenas que denuncian el autoritarismo del gobierno y el machismo dentro de la propia izquierda; con ello se retrata el miedo creciente ante la vigilancia y la persecución política, más la tensión previa a la violencia que marcaría esos años.. Lo gubernamental es generador de destrucción, pues no en vano la novela está atravesada por la tragedia histórica, y la rotundidad de esa imposición se combina con la delicadeza expresiva con la que la autora presenta a sus personajes: «Sus ojos están llenos de ansiedad; yo le sonrío, mis ojos están llenos de incertidumbre…», dice en un momento en que se plantea la experiencia adulta frente a la mirada infantil, que marca el tono de una narración que busca reflexionar desde el pasado sobre valores siempre actuales. La protagonista sueña con una vida nueva en la que no sea necesario reivindicar derechos básicos, con la confianza en que la Historia avanza hacia una sociedad mejor, pero enseguida el lector intuye que esa esperanza será golpeada, mientras que, en paralelo, lo femenino en singular cobra voz en lo colectivo, manifestando una intención clara y legítima: «Nosotras queremos poder para ser libres, no para dominar».. Lo mejor: el modo en que la novela explora el impacto de la vida en la adolescencia y los vínculos afectivos. Lo peor: tal vez el lector de Lydia Cacho encuentre algo tópico cómo aborda algo tan de moda editorial como es el feminismo

 

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