Hasta la segunda mitad del siglo XX, la Iglesia católica (romana) y la democracia no mantuvieron buenas relaciones. La democracia organiza una sociedad de iguales, mientras la Iglesia se organiza como una jerarquía; en democracia, prevalece la opinión, y en la Iglesia la verdad revelada; en democracia muchas cosas están sujetas al cambio, mientras que la Iglesia propone principios eternos. En nuestro país conocemos los enfrentamientos a los que estas diferencias dieron lugar. Destrucción del poder político y económico de la Iglesia católica en la revolución de los años 1830; nueva ofensiva anti eclesiástica en la de 1868; recuperación católica entre 1900 y 1930; ataque virulento en los años 1930, con una nueva revolución y una guerra de religión, y por fin intento de restauración de un orden católico. El final de la disputa llegó en los años 1960, con el Vaticano II, cuando la Iglesia hizo suyo, como elemento básico de su ideario, el principio de libertad religiosa. Llegaba así la emancipación de los católicos de cualquier poder terrenal, y el final de los intentos por convertir el catolicismo en una teología política, algo que el cristianismo no había sido nunca.. Llega un estudio sobre estas complicadas relaciones, que solemos simplificar, como si existiera una ley de la Historia según la cual la modernidad exige la victoria irrevocable de la democracia. Su título es «Catolicismo y democracia» y su autor, Émile Perreau-Saussine. Profesor en Cambridge y en el Instituto de Ciencias Políticas de París, estuvo vinculado a la revista «Commentaire», uno de los órganos de investigación del pensamiento liberal conservador europeo.. El estudio, que lleva por epígrafe «Una historia del pensamiento político» se centra en Francia. Por razones prácticas, claro está, pero sobre todo por ser Francia el país donde la relación entre la Iglesia católica y la democracia alcanzó, por así decirlo, un grado insuperable de perfección: allí donde el enfrentamiento mejor fue teorizado y donde las ideas mejor se plasmaron en una realidad política reflexiva, meditada y conscientemente articulada. Hoy ya no es así, y los grandes debates sobre el asunto se han trasladado al otro del Atlántico. Así lo indica la llegada a la sede de San Pedro de un norteamericano. Durante mucho tiempo fue Francia el terreno privilegiado donde se dirimió uno de los enfrentamientos fundamentales en la vida política de los países occidentales.. La historia arranca en 1790, cuando en plena revolución, la Asamblea Constituyente francesa promulgó la Constitución Civil del Clero. Hasta entonces la Iglesia había aceptado sin demasiadas dificultades su desaparición como uno de los órdenes (con el de la noble y el Tercer Estado) del Antiguo Régimen. A pesar de lo mucho que perdía con el final de un mundo que le había otorgado un poder insustituible, la Iglesia había comprendido que era inútil oponerse a la gigantesca renovación en curso. La Constitución Civil del Clero marcó el final de la conciliación. El Estado francés, al mismo tiempo que se declaraba libre de toda atadura religiosa –y promulgaba por tanto la libertad religiosa– quiso poner la Iglesia católica a su servicio. Así llevaba hasta sus últimas consecuencias uno de los presupuestos del galicanismo, la tradicional política eclesiástica de la Monarquía absoluta, pero también dinamitaba los delicados equilibrios, nunca del todo definitivos, que el propio galicanismo establecía entre el poder temporal y el eclesiástico.. La Constitución Civil del Clero abrió un abismo, y suscitó un enfrentamiento abierto que Bonaparte intentó cerrar, como en tantas otras cuestiones explosivas legadas por la Revolución. No lo consiguió del todo, ni siquiera con la promulgación en 1803 del impresionante Código Civil de Jean-Étienne Portalis, ni con el Concordato con la Santa Sede de 1801. A partir de ahí este serviría, si no de modelo, al menos de referencia a otros establecidos en otros países europeos. Y los errores de la Revolución, que no entendió el significado y el arraigo del catolicismo francés, sirvieron de patrón a los movimientos revolucionarios europeos, entre ellos los españoles.. Con una prosa de intenso sabor clásico, en general bien trasladada al español en esta traducción de Fernando Montesinos Pons, Perreau-Saussine va analizando las muy complejas dinámicas a las que esta nueva relación dio lugar. La finura del análisis no impide que se vaya aclarando la gran línea, que es el surgimiento y la consolidación del ultramontanismo, con Joseph de Maistre a la cabeza. Los ultramontanos plantearán una enmienda la totalidad de la revolución y sus consecuencias, y aceptarán sin reparos el apelativo de reaccionarios. Lo son, pero también ponen un marcha un movimiento interno de la Iglesia que culminará en el Concilio Vaticano I (1869-1870). El Vaticano I consolida unas posiciones antimodernas y antiliberales, pero la reafirmación del poder único del Papa significa también, como describe el autor, una definitiva proclamación de autonomía de la Iglesia frente a cualquier poder temporal. Lo vemos hoy en la visita de León XIV a nuestro país.. El antiliberalismo católico, cargado de razón tras las ofensivas anti eclesiásticas de los primeros treinta años del siglo XX, acabará confrontado, sin embargo, a lo que en algún momento pudo parecer aliado suyo: los movimientos nacionalistas y organicistas. La experiencia totalitaria aclaró el panorama y la Iglesia culminó el giro que había dado un primer fruto en el Vaticano I con un nuevo Concilio, que reconcilió la Iglesia con la democracia liberal. Se dirá, como sugiere Pierre Manent en su prólogo, que es esta una visión demasiado irenista de la evolución de la Iglesia católica. Pero además de avanzar una hipótesis interesante, obliga a contemplar de otro modo hechos en apariencia bien sabidos. Y el empeño en demostrar su tesis no impide al autor mostrarse sensible a otras posiciones. En particular la de Tocqueville, que comprendió en EE UU el papel que la religión está llamada a jugar en las democracias, y la de Charles Péguy, que expresó con palabras apasionadas el núcleo sagrado de la República y la Nación. Las últimas páginas del estudio de Perreau-Saussine van dedicadas al malestar que acabó generando el Concilio Vaticano II. Nadie ha puesto en cuestión el fundamento doctrinal, pero los católicos se han visto obligados a reflexionar acerca de lo que en tiempos del Concilio no había hecho aún su aparición, como fue la revolución moral y de costumbres de los años 60 y 70. La nueva revolución rompía el statu quo establecido después de la Guerra y acabó propiciando una situación inédita: en vez de la estabilidad dinámica entre un Estado neutro y una sociedad pluralista, una relación tensionada y fracturada entre un Estado activista y una sociedad neutralizada (porque sólo se admiten las opiniones promocionadas por el Estado). Como dice el autor, una situación en la que la alteridad está más negada cuanto más se proclama la pluralidad, o la diversidad.. Perreau-Saussine no tuvo tiempo de contemplar la respuesta que suscitaría esta situación. No vio por tanto la ola de populismo que a principios de los años 2010 estaba dando sus primeros pasos, con movimientos sociales de rechazo, la reaparición de la fe en la vida pública y la llegada al poder de corrientes que afirman con claridad lo que se venía negando desde los años 70: la vigencia de las virtudes cívicas y cristianas, así como la eficacia y la actualidad de nociones como el bien común, la patria y la nación. Son los retos a los que se enfrenta la Iglesia Católica de nuestro tiempo. No puede, claro está, desvincularse de su posición intrínseca de moderación, plasmada en el Concilio Vaticano II. Pero tampoco puede cerrar los ojos ante la realidad, como no lo hicieron tampoco los católicos entonces. En este aspecto, la obra proporciona más pistas lo que en un primer momento se podría suponer.
El historiador reflexiona sobre la relación de la Iglesia con el Estado desde la Revolución Francesa hasta hoy y cómo ha contribuido a las democracias liberales
Hasta la segunda mitad del siglo XX, la Iglesia católica (romana) y la democracia no mantuvieron buenas relaciones. La democracia organiza una sociedad de iguales, mientras la Iglesia se organiza como una jerarquía; en democracia, prevalece la opinión, y en la Iglesia la verdad revelada; en democracia muchas cosas están sujetas al cambio, mientras que la Iglesia propone principios eternos. En nuestro país conocemos los enfrentamientos a los que estas diferencias dieron lugar. Destrucción del poder político y económico de la Iglesia católica en la revolución de los años 1830; nueva ofensiva anti eclesiástica en la de 1868; recuperación católica entre 1900 y 1930; ataque virulento en los años 1930, con una nueva revolución y una guerra de religión, y por fin intento de restauración de un orden católico. El final de la disputa llegó en los años 1960, con el Vaticano II, cuando la Iglesia hizo suyo, como elemento básico de su ideario, el principio de libertad religiosa. Llegaba así la emancipación de los católicos de cualquier poder terrenal, y el final de los intentos por convertir el catolicismo en una teología política, algo que el cristianismo no había sido nunca.. Llega un estudio sobre estas complicadas relaciones, que solemos simplificar, como si existiera una ley de la Historia según la cual la modernidad exige la victoria irrevocable de la democracia. Su título es «Catolicismo y democracia» y su autor, Émile Perreau-Saussine. Profesor en Cambridge y en el Instituto de Ciencias Políticas de París, estuvo vinculado a la revista «Commentaire», uno de los órganos de investigación del pensamiento liberal conservador europeo.. El estudio, que lleva por epígrafe «Una historia del pensamiento político» se centra en Francia. Por razones prácticas, claro está, pero sobre todo por ser Francia el país donde la relación entre la Iglesia católica y la democracia alcanzó, por así decirlo, un grado insuperable de perfección: allí donde el enfrentamiento mejor fue teorizado y donde las ideas mejor se plasmaron en una realidad política reflexiva, meditada y conscientemente articulada. Hoy ya no es así, y los grandes debates sobre el asunto se han trasladado al otro del Atlántico. Así lo indica la llegada a la sede de San Pedro de un norteamericano. Durante mucho tiempo fue Francia el terreno privilegiado donde se dirimió uno de los enfrentamientos fundamentales en la vida política de los países occidentales.. La historia arranca en 1790, cuando en plena revolución, la Asamblea Constituyente francesa promulgó la Constitución Civil del Clero. Hasta entonces la Iglesia había aceptado sin demasiadas dificultades su desaparición como uno de los órdenes (con el de la noble y el Tercer Estado) del Antiguo Régimen. A pesar de lo mucho que perdía con el final de un mundo que le había otorgado un poder insustituible, la Iglesia había comprendido que era inútil oponerse a la gigantesca renovación en curso. La Constitución Civil del Clero marcó el final de la conciliación. El Estado francés, al mismo tiempo que se declaraba libre de toda atadura religiosa –y promulgaba por tanto la libertad religiosa– quiso poner la Iglesia católica a su servicio. Así llevaba hasta sus últimas consecuencias uno de los presupuestos del galicanismo, la tradicional política eclesiástica de la Monarquía absoluta, pero también dinamitaba los delicados equilibrios, nunca del todo definitivos, que el propio galicanismo establecía entre el poder temporal y el eclesiástico.. La Constitución Civil del Clero abrió un abismo, y suscitó un enfrentamiento abierto que Bonaparte intentó cerrar, como en tantas otras cuestiones explosivas legadas por la Revolución. No lo consiguió del todo, ni siquiera con la promulgación en 1803 del impresionante Código Civil de Jean-Étienne Portalis, ni con el Concordato con la Santa Sede de 1801. A partir de ahí este serviría, si no de modelo, al menos de referencia a otros establecidos en otros países europeos. Y los errores de la Revolución, que no entendió el significado y el arraigo del catolicismo francés, sirvieron de patrón a los movimientos revolucionarios europeos, entre ellos los españoles.. Con una prosa de intenso sabor clásico, en general bien trasladada al español en esta traducción de Fernando Montesinos Pons, Perreau-Saussine va analizando las muy complejas dinámicas a las que esta nueva relación dio lugar. La finura del análisis no impide que se vaya aclarando la gran línea, que es el surgimiento y la consolidación del ultramontanismo, con Joseph de Maistre a la cabeza. Los ultramontanos plantearán una enmienda la totalidad de la revolución y sus consecuencias, y aceptarán sin reparos el apelativo de reaccionarios. Lo son, pero también ponen un marcha un movimiento interno de la Iglesia que culminará en el Concilio Vaticano I (1869-1870). El Vaticano I consolida unas posiciones antimodernas y antiliberales, pero la reafirmación del poder único del Papa significa también, como describe el autor, una definitiva proclamación de autonomía de la Iglesia frente a cualquier poder temporal. Lo vemos hoy en la visita de León XIV a nuestro país.. El antiliberalismo católico, cargado de razón tras las ofensivas anti eclesiásticas de los primeros treinta años del siglo XX, acabará confrontado, sin embargo, a lo que en algún momento pudo parecer aliado suyo: los movimientos nacionalistas y organicistas. La experiencia totalitaria aclaró el panorama y la Iglesia culminó el giro que había dado un primer fruto en el Vaticano I con un nuevo Concilio, que reconcilió la Iglesia con la democracia liberal. Se dirá, como sugiere Pierre Manent en su prólogo, que es esta una visión demasiado irenista de la evolución de la Iglesia católica. Pero además de avanzar una hipótesis interesante, obliga a contemplar de otro modo hechos en apariencia bien sabidos. Y el empeño en demostrar su tesis no impide al autor mostrarse sensible a otras posiciones. En particular la de Tocqueville, que comprendió en EE UU el papel que la religión está llamada a jugar en las democracias, y la de Charles Péguy, que expresó con palabras apasionadas el núcleo sagrado de la República y la Nación. Las últimas páginas del estudio de Perreau-Saussine van dedicadas al malestar que acabó generando el Concilio Vaticano II. Nadie ha puesto en cuestión el fundamento doctrinal, pero los católicos se han visto obligados a reflexionar acerca de lo que en tiempos del Concilio no había hecho aún su aparición, como fue la revolución moral y de costumbres de los años 60 y 70. La nueva revolución rompía el statu quo establecido después de la Guerra y acabó propiciando una situación inédita: en vez de la estabilidad dinámica entre un Estado neutro y una sociedad pluralista, una relación tensionada y fracturada entre un Estado activista y una sociedad neutralizada (porque sólo se admiten las opiniones promocionadas por el Estado). Como dice el autor, una situación en la que la alteridad está más negada cuanto más se proclama la pluralidad, o la diversidad.. Perreau-Saussine no tuvo tiempo de contemplar la respuesta que suscitaría esta situación. No vio por tanto la ola de populismo que a principios de los años 2010 estaba dando sus primeros pasos, con movimientos sociales de rechazo, la reaparición de la fe en la vida pública y la llegada al poder de corrientes que afirman con claridad lo que se venía negando desde los años 70: la vigencia de las virtudes cívicas y cristianas, así como la eficacia y la actualidad de nociones como el bien común, la patria y la nación. Son los retos a los que se enfrenta la Iglesia Católica de nuestro tiempo. No puede, claro está, desvincularse de su posición intrínseca de moderación, plasmada en el Concilio Vaticano II. Pero tampoco puede cerrar los ojos ante la realidad, como no lo hicieron tampoco los católicos entonces. En este aspecto, la obra proporciona más pistas lo que en un primer momento se podría suponer.
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