Es evidente que la democracia española no pasa por uno de sus mejores momentos. El barro sube y la grosería también; la dignidad de la política se degrada. La democracia sublima la violencia con los votos, pero el poder se conquista a partir de la mitad más uno, lo que inevitablemente lleva a una dinámica de confrontación, sobre la lógica de los bloques: derecha/izquierda, con la natural rivalidad entre los actores de cada bando, que se necesitan, pero al mismo tiempo se disputan la supremacía de su parte a la hora del asalto al poder. Si además el líder de la oposición es un personaje sin atributos precisos como Alberto Núñez Feijóo, que nunca exhibe otro proyecto político que el asalto a Pedro Sánchez, el clima se enrarece, la derecha busca capitalizar las acciones judiciales arrastrando a la izquierda a este terreno, y la política muestra sus peores hábitos. Como decía Ignacio Sánchez-Cuenca en estas páginas, el debate “acaba erosionando la legitimidad de un poder fundamental del Estado”, la justicia.. Seguir leyendo
En vez de combatir la corrupción, entre izquierdas y derechas la incorporan al espectáculo
Es evidente que la democracia española no pasa por uno de sus mejores momentos. El barro sube y la grosería también; la dignidad de la política se degrada. La democracia sublima la violencia con los votos, pero el poder se conquista a partir de la mitad más uno, lo que inevitablemente lleva a una dinámica de confrontación, sobre la lógica de los bloques: derecha/izquierda, con la natural rivalidad entre los actores de cada bando, que se necesitan, pero al mismo tiempo se disputan la supremacía de su parte a la hora del asalto al poder. Si además el líder de la oposición es un personaje sin atributos precisos como Alberto Núñez Feijóo, que nunca exhibe otro proyecto político que el asalto a Pedro Sánchez, el clima se enrarece, la derecha busca capitalizar las acciones judiciales arrastrando a la izquierda a este terreno, y la política muestra sus peores hábitos. Como decía Ignacio Sánchez-Cuenca en estas páginas, el debate “acaba erosionando la legitimidad de un poder fundamental del Estado”, la justicia.. En este contexto, Feijóo va a Barcelona y, en el Cercle d’Economía, dice: “Cataluña no debería seguir esperando lograr las cosas ni por colisión ni por coacción sino por convicción”. Y lo dice cuando él contribuyó —como todos los demás poderes del Estado— a desmantelar un intento precisamente para que los catalanes expresaran sus convicciones, el referéndum de 2017.. El régimen ya lleva años, y se han asentando los intereses de cada parte. Más allá de la simplificación derecha/izquierda (o conservadores/progresistas), evolución de la añeja fórmula de clase burguesía/proletariado, las mentalidades se expanden con desigual presencia en los poderes del Estado; entre ellos el judicial, en el que tradicionalmente el espacio conservador tiene ventaja, y quedan todavía recovecos de la herencia del régimen anterior. Son tres poderes —ejecutivo, legislativo y judicial— que se rozan, lo que lleva a derivas y sospechas sin duda inevitables, pero no siempre ejemplarizantes. La relación legislativo-ejecutivo viene marcada por la dependencia que tiene el que gobierna de la mayoría parlamentaria que le ha elegido y que le sostiene. Y el poder judicial, aparentemente más autónomo, con sus propios mecanismos de incorporación y promoción de los jueces siempre desde la presunción de que, cuestión de orden, la derecha está más libre de sospecha que la izquierda. Y los medios de comunicación confirman a menudo esta idea, tanto con las informaciones como con las opiniones. Esta sospecha hace que se interprete una cierta diferencia de aceleración y activismo según los casos de corrupción afectan a la derecha o a la izquierda.. Ahora mismo, mientras algunos procedimientos contra personas relacionados con el espacio conservador están en fase aletargada estamos asistiendo a una súbita aceleración de actuaciones contra personas del área socialista, algunas ya en curso y otros con una irrupción ruidosa y sorpresiva, como es el caso Zapatero. Y la tensión sube con el dedo judicial señalando al Gobierno socialista. La dinámica de los poderes tiene estas expresiones, que forman parte de los ajustes y desajustes de un régimen político que, siendo el mejor jamás contado, se mueve entre luces y sombras, como toda experiencia: no olvidemos cualquier relación entre personas pasa por una diferencia de potencial que llamamos poder.. Con la derecha al asalto del Gobierno, con los sondeos y las elecciones locales y regionales dando cancha al tándem PP-Vox, cuya formalización Feijóo da por hecha, asumiendo que tiene escasas posibilidades de gobernar si repudia a la extrema derecha, volvemos a los momentos sórdidos en que la corrupción es el elemento central del debate político. Entre otras cosas porque la oposición se ve con vía libre para el desgaste de un partido de un Gobierno sobre el que de pronto se concentran los impactos judiciales.. Con la extrema derecha al alza y la derecha tensando al máximo, hay más ruido que política. Y, en vez de combatir la corrupción, entre unos y otros la incorporan al espectáculo. Y ahora ya especulan sobre cuál será la próxima sorpresa que emanará de los juzgados para acabar de poner a Sánchez de cara a la pared. Y, por supuesto, con Santiago Abascal y compañía frotándose las manos para montar a caballo del PP.. Algunos ingenuamente, y seguro que con buena voluntad, jalean la idea que Sánchez facilite el traspaso del poder a Feijóo. En realidad, quizás la derecha lo ve más cuesta arriba de lo que parece. Da la sensación de que el PP teme que si Sánchez gana tiempo les pille a contrapié una vez más. La derecha, en principio lo tiene todo de cara, pero la impaciencia acompaña siempre la ambición del que aspira al poder. Y Sánchez especula con ella. El sentido del tiempo es un atributo que marca las carreras políticas. Y a Feijóo el año de espera que Sánchez intenta imponer se le puede hacer largo.. Josep Ramoneda es filósofo y periodista.
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