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  Internacional  Mogadiscio, otra vez al borde del colapso: facciones políticas protagonizan tiroteos en la capital somalí
Internacional

Mogadiscio, otra vez al borde del colapso: facciones políticas protagonizan tiroteos en la capital somalí

4 de junio de 2026
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El tableteo de las ametralladoras, la explosión de las granadas y columnas de humo sobre los tejados. Este fue el ambiente en la tarde del miércoles en el distrito de Howlwadaag, en pleno corazón de Mogadiscio, cuando se convirtió en el campo de batalla entre las fuerzas leales al presidente Hassan Sheikh Mohamud y grupos armados vinculados a la oposición. Todo ello en vísperas de las manifestaciones antigubernamentales convocadas para este jueves. El detonante no fue un atentado yihadista, sino una nueva crisis política originada por la prórroga del mandato presidencial, que teóricamente venció el 15 de mayo. Al cierre de esta crónica, con los combates aún activos el jueves por la mañana, no había un balance de víctimas confirmado de forma independiente.. Cabe a destacar que Somalia no vota por sufragio universal desde 1969. Tras el colapso del Estado en 1991, el poder se reparte por clanes a través de un voto indirecto donde no son los ciudadanos quienes eligen, sino delegados designados por los ancianos de cada clan. Son ellos los que escogen a los parlamentarios… y estos al presidente. Sobre este frágil andamiaje descansa una constitución que sigue siendo “provisional” desde 2012 y que nunca se ha terminado de redactar. El resultado final es que las reglas del juego, es decir, quién organiza los comicios, con qué calendario y bajo qué modelo, están permanentemente abiertas a disputas entre las facciones del poder.. Esta es la base de la actual crisis. En marzo, Mohamud firmó una serie de enmiendas constitucionales que estiraban de cuatro a cinco años los mandatos del presidente y del Parlamento. El presidente del Parlamento confirmó que la reforma se aplicaría a los titulares en ejercicio, lo que significaba un aplazamiento de las elecciones y una prolongación de su propia presidencia. La oposición, como era de esperar, lo leyó como un intento de perpetuación disfrazado de reforma. Aquí entraron Estados Unidos y Reino Unido para facilitar las conversaciones entre las facciones. Pero estas conversaciones se truncaron definitivamente el 15 de mayo, que es la fecha en que expiraba el mandato original de Mohamud. Desde entonces, la oposición (agrupada en el Consejo Futuro de Somalia, que reúne a los expresidentes Sharif Sheikh Ahmed y Mohamed Abdullahi Farmaajo, al exprimer ministro Hassan Ali Khaire y a líderes de Puntlandia y Jubalandia) dejó de reconocer la autoridad del presidente y anunció una serie de protestas semanales que se llevarían a cabo cada jueves a partir del 4 de junio.. A la disputa por la legitimidad de Mohamud se le sumó un detalle grave: una ofensiva del Gobierno Federal sobre los estados que lo desafían. Fue a finales de marzo cuando tropas federales tomaron la localidad de Baidoa y forzaron la renuncia del presidente del estado South West, Abdiaziz Laftagareen, que no tuvo otro remedio que huir a Nairobi (Kenia); el 30 de mayo, fuerzas leales a Laftagareen entraron de nuevo en la ciudad y protagonizaron una tensa jornada de combates antes de ser repelidas. Siguiendo el mapa, en el centro del país, Mohamud también desplazó tropas y armamento pesado a la capital de Galmudug, Dhusamareb. Es decir, que el Gobierno Federal ya libraba sendos pulsos armados en al menos dos frentes periféricos cuando el infierno llamó a la puerta de Mogadiscio.. La noche de fuego en Howlwadaag. El choque de este miércoles tuvo como epicentro la residencia del ex primer ministro Hassan Ali Khaire, en el distrito central de Howlwadaag. Ali Khaire, fuerte opositor de Mohamoud, reunía en su casa, según su propio relato, a más de setenta ancianos tradicionales (además de diputados y de otros representantes políticos) cuando irrumpieron las fuerzas federales. El que fuera primer ministro somalí entre 2017 y 2020 denunció en sus redes sociales que “Durante más de 20 horas, Hassan Sheikh Mohamud ha dirigido un ataque militar sostenido e indiscriminado con el aparente objetivo de matarme a mí, al expresidente Sheikh Sharif Sheikh Ahmed, a decenas de respetados ancianos tradicionales y a otros líderes políticos en Mogadiscio.”. Además, en el mismo comunicado, hizo un llamamiento a “todos los mandos militares, policiales y de seguridad para que respeten su juramento constitucional y rechacen las órdenes ilegales”. Parecería por tanto que las fuerzas presidencialistas iniciaron la refriega, al atacar una reunión política de carácter pacífico en casa de Ali Khaire. Esto es lo que llamaremos “la narrativa A”.. Un periodista de la agencia AFP filmó a vecinos de la zona huyendo mientras se oían disparos de fondo. Testigos relataron que el tiroteo se prolongó durante unos quince minutos antes de amainar. Un vídeo que circula en redes permite apreciar la bola de fuego de una explosión próxima a la residencia de Ali Khaire.. Pero. En lo que se refiere a lo ocurrido exactamente este miércoles conviven dos relatos irreconciliables, y aquí está el quid de la cuestión. En lo que llamaremos “la narrativa B”. En un comunicado oficial emitido el mismo tres de junio, el Ministerio de Información somalí condenó “el lamentable incidente” que fue presentado como un ataque de “milicias de grupos armados de oposición que habían ocultado su identidad y estaban organizadas por el exprimer ministro Hassan Ali Khaire”. Según reza el texto, esas milicias, introducidas en la zona durante la noche, atacaron con armamento pesado la comisaría del distrito de Howlwadaag y dispararon hacia barrios habitados por civiles. El Gobierno anunció una investigación formal y la policía, por su parte, habló de una operación de seguridad a gran escala contra “milicias fuertemente armadas”.. Narrativa A y narrativa B. Cada cual tirando la responsabilidad al contrario. El portal somalí Hiiraan resumió el episodio como un intercambio de acusaciones entre la policía y Ali Khaire tras un breve tiroteo cerca del cruce de Dabka. ¿Narrativa C?. Pero la crisis no se desactivó con la noche. Los combates proseguían el jueves por la mañana y una columna de humo planeaba sobre el distrito de Howl Wadaag. Partidarios armados a Sharif y a Khaire aparecieron en el lugar para reforzar las posiciones en torno a sus respectivas residencias, mientras las tropas gubernamentales mantenían la presión. Esta situación se mantiene en el momento en que se escribe esta crónica, aunque informaciones sin verificar hablan de una posible retirada de las fuerzas presidencialistas.. La sombra que se beneficia: Al-Shabaab. Lo que hace verdaderamente peligrosa esta crisis no es solo el número de muertos que pueda dejar, que también, sino quién está esperando a la puerta mientras se frota las manos. El grupo terrorista Al-Shabaab, afiliado a Al-Qaeda y parte protagonista de una guerra contra el Estado somalí que lleva casi veinte años de duración. El grupo controla franjas del sur y el centro del país y los analistas advierten de forma recurrente sobre la posibilidad de que lancen una ofensiva contra Mogadiscio. Tras la retirada de las fuerzas africanas de la ATMIS (African Union Transition Mission in Somalia), cuyos objetivos supuestamente fueron completados a mediados de 2025, el grupo aprovechó los vacíos para reconquistar terreno en el Bajo y Medio Shabelle y en el Medio Jubba, e intensificó sus atentados en la capital. En marzo de 2025 llegó a atacar con un artefacto explosivo el convoy del propio presidente Mohamud en las calles de Mogadiscio.. El riesgo, por tanto, es estructural. Cada vez que las fuerzas de seguridad somalíes se vuelven unas contra las otras por una disputa política, se despliegan dos escenarios a la vez: el frente contra la insurgencia se debilita, porque unidades que deberían combatir a Al-Shabaab se trasladan a barrios de la capital; y el discurso del grupo gana fuerza, porque puede presentar al Estado como un actor que dispara contra su propia gente. Cada bala intercambiada entre facciones es una victoria gratis que se lleva el fundamentalismo religioso.. Un calco de 2021. Quien siga la actualidad somalí reconocerá de inmediato la escena que se desarrolla esta semana, porque ya se representó de una forma casi idéntica hace cinco años. Aunque fue con un reparto de papeles invertido. En abril de 2021, la Cámara Baja votó extender dos años los mandatos del ejecutivo y el legislativo, tras fracasar las negociaciones electorales con Puntlandia y Jubalandia. Y el día 25 del mismo mes, facciones de las fuerzas de seguridad tomaron el norte de la capital, las tropas progubernamentales atacaron la casa de un expresidente y entre 60.000 y 100.000 personas tuvieron que huir de sus hogares.. Y la guinda: el expresidente cuya residencia fue atacada entonces era el propio Hassan Sheikh Mohamud, hoy el presidente (de nuevo) acusado de ordenar lo mismo que le hicieron. Acortando aquella historia, finalmente la prórroga se canceló, las elecciones se completaron en marzo de 2022 y, el 15 de mayo de aquel año, Mohamud recuperó la presidencia que ya sostuvo entre 2012 y 2017.. La diferencia sustancial entre 2021 y 2026 es que Mohamud no se limita a defenderse en Mogadiscio, sino que ha pasado a la ofensiva contra los estados miembros antes del choque en la capital. La pregunta que Somalia no puede responder todavía es si los frenos que funcionaron en 2021 (la deserción de los estados, la presión de los socios externos y, sobre todo, la voluntad del presidente de dar marcha atrás) siguen ahí. De esta respuesta depende que lo sucedido quede en otra noche de nervios… o en el primer capítulo de una pesadilla que despierta.

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Tras el colapso del Estado en 1991, el poder se reparte por clanes a través de un voto indirecto donde no son los ciudadanos quienes eligen, sino delegados designados por los ancianos de cada clan. Son ellos los que escogen a los parlamentarios… y estos al presidente. Sobre este frágil andamiaje descansa una constitución que sigue siendo “provisional” desde 2012 y que nunca se ha terminado de redactar. El resultado final es que las reglas del juego, es decir, quién organiza los comicios, con qué calendario y bajo qué modelo, están permanentemente abiertas a disputas entre las facciones del poder.. Esta es la base de la actual crisis. En marzo, Mohamud firmó una serie de enmiendas constitucionales que estiraban de cuatro a cinco años los mandatos del presidente y del Parlamento. El presidente del Parlamento confirmó que la reforma se aplicaría a los titulares en ejercicio, lo que significaba un aplazamiento de las elecciones y una prolongación de su propia presidencia. La oposición, como era de esperar, lo leyó como un intento de perpetuación disfrazado de reforma. Aquí entraron Estados Unidos y Reino Unido para facilitar las conversaciones entre las facciones. Pero estas conversaciones se truncaron definitivamente el 15 de mayo, que es la fecha en que expiraba el mandato original de Mohamud. Desde entonces, la oposición (agrupada en el Consejo Futuro de Somalia, que reúne a los expresidentes Sharif Sheikh Ahmed y Mohamed Abdullahi Farmaajo, al exprimer ministro Hassan Ali Khaire y a líderes de Puntlandia y Jubalandia) dejó de reconocer la autoridad del presidente y anunció una serie de protestas semanales que se llevarían a cabo cada jueves a partir del 4 de junio.. A la disputa por la legitimidad de Mohamud se le sumó un detalle grave: una ofensiva del Gobierno Federal sobre los estados que lo desafían. Fue a finales de marzo cuando tropas federales tomaron la localidad de Baidoa y forzaron la renuncia del presidente del estado South West, Abdiaziz Laftagareen, que no tuvo otro remedio que huir a Nairobi (Kenia); el 30 de mayo, fuerzas leales a Laftagareen entraron de nuevo en la ciudad y protagonizaron una tensa jornada de combates antes de ser repelidas. Siguiendo el mapa, en el centro del país, Mohamud también desplazó tropas y armamento pesado a la capital de Galmudug, Dhusamareb. Es decir, que el Gobierno Federal ya libraba sendos pulsos armados en al menos dos frentes periféricos cuando el infierno llamó a la puerta de Mogadiscio.. La noche de fuego en Howlwadaag. El choque de este miércoles tuvo como epicentro la residencia del ex primer ministro Hassan Ali Khaire, en el distrito central de Howlwadaag. Ali Khaire, fuerte opositor de Mohamoud, reunía en su casa, según su propio relato, a más de setenta ancianos tradicionales (además de diputados y de otros representantes políticos) cuando irrumpieron las fuerzas federales. El que fuera primer ministro somalí entre 2017 y 2020 denunció en sus redes sociales que “Durante más de 20 horas, Hassan Sheikh Mohamud ha dirigido un ataque militar sostenido e indiscriminado con el aparente objetivo de matarme a mí, al expresidente Sheikh Sharif Sheikh Ahmed, a decenas de respetados ancianos tradicionales y a otros líderes políticos en Mogadiscio.”. Además, en el mismo comunicado, hizo un llamamiento a “todos los mandos militares, policiales y de seguridad para que respeten su juramento constitucional y rechacen las órdenes ilegales”. Parecería por tanto que las fuerzas presidencialistas iniciaron la refriega, al atacar una reunión política de carácter pacífico en casa de Ali Khaire. Esto es lo que llamaremos “la narrativa A”.. Un periodista de la agencia AFP filmó a vecinos de la zona huyendo mientras se oían disparos de fondo. Testigos relataron que el tiroteo se prolongó durante unos quince minutos antes de amainar. Un vídeo que circula en redes permite apreciar la bola de fuego de una explosión próxima a la residencia de Ali Khaire.. Pero. En lo que se refiere a lo ocurrido exactamente este miércoles conviven dos relatos irreconciliables, y aquí está el quid de la cuestión. En lo que llamaremos “la narrativa B”. En un comunicado oficial emitido el mismo tres de junio, el Ministerio de Información somalí condenó “el lamentable incidente” que fue presentado como un ataque de “milicias de grupos armados de oposición que habían ocultado su identidad y estaban organizadas por el exprimer ministro Hassan Ali Khaire”. Según reza el texto, esas milicias, introducidas en la zona durante la noche, atacaron con armamento pesado la comisaría del distrito de Howlwadaag y dispararon hacia barrios habitados por civiles. El Gobierno anunció una investigación formal y la policía, por su parte, habló de una operación de seguridad a gran escala contra “milicias fuertemente armadas”.. Narrativa A y narrativa B. Cada cual tirando la responsabilidad al contrario. El portal somalí Hiiraan resumió el episodio como un intercambio de acusaciones entre la policía y Ali Khaire tras un breve tiroteo cerca del cruce de Dabka. ¿Narrativa C?. Pero la crisis no se desactivó con la noche. Los combates proseguían el jueves por la mañana y una columna de humo planeaba sobre el distrito de Howl Wadaag. Partidarios armados a Sharif y a Khaire aparecieron en el lugar para reforzar las posiciones en torno a sus respectivas residencias, mientras las tropas gubernamentales mantenían la presión. Esta situación se mantiene en el momento en que se escribe esta crónica, aunque informaciones sin verificar hablan de una posible retirada de las fuerzas presidencialistas.. La sombra que se beneficia: Al-Shabaab. Lo que hace verdaderamente peligrosa esta crisis no es solo el número de muertos que pueda dejar, que también, sino quién está esperando a la puerta mientras se frota las manos. El grupo terrorista Al-Shabaab, afiliado a Al-Qaeda y parte protagonista de una guerra contra el Estado somalí que lleva casi veinte años de duración. El grupo controla franjas del sur y el centro del país y los analistas advierten de forma recurrente sobre la posibilidad de que lancen una ofensiva contra Mogadiscio. Tras la retirada de las fuerzas africanas de la ATMIS (African Union Transition Mission in Somalia), cuyos objetivos supuestamente fueron completados a mediados de 2025, el grupo aprovechó los vacíos para reconquistar terreno en el Bajo y Medio Shabelle y en el Medio Jubba, e intensificó sus atentados en la capital. En marzo de 2025 llegó a atacar con un artefacto explosivo el convoy del propio presidente Mohamud en las calles de Mogadiscio.. El riesgo, por tanto, es estructural. Cada vez que las fuerzas de seguridad somalíes se vuelven unas contra las otras por una disputa política, se despliegan dos escenarios a la vez: el frente contra la insurgencia se debilita, porque unidades que deberían combatir a Al-Shabaab se trasladan a barrios de la capital; y el discurso del grupo gana fuerza, porque puede presentar al Estado como un actor que dispara contra su propia gente. Cada bala intercambiada entre facciones es una victoria gratis que se lleva el fundamentalismo religioso.. 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