Durante cinco años, [[LINK:TAG|||tag|||6a1f082d7129ba26310c6426|||Richard Avedon ]]dedicó todos los veranos a viajar por el oeste americano y retratar a la clase trabajadora de Estados Unidos. El fotógrafo provenía del mundo de la moda —a los 22 años ya colaboraba en «Harper’s Bazaar»— y había alcanzado relieve internacional al sacar a las modelos de los estudios y fotografiarlas en lugares inesperados. Pero, a partir de 1979, abandonó el escaparate de glamour y celebridad que le procuraban «Vogue» y prestigiosas firmas como Revlon, Versace o Calvin Klein, y decidió fotografiar a los hombres y mujeres anónimos que vivían en lo más profundo de su país.. ¿Por qué lo hizo? Para un hombre como él, que contaba con el reconocimiento del MoMA y del Metropolitan Museum y que había inspirado el personaje de Fred Astaire en «Una cara con ángel», suponía un absoluto cambio de registro y, por eso, esa incógnita sobrevuela todavía su serie más famosa. Clément Chéroux, director de la Fondation Henri Cartier-Bresson, sostiene que durante esos años el fotógrafo expresó su preocupación por los diferentes temas que habían convulsionado el país, como la guerra de Vietnam, la pobreza, la crisis del petróleo, los recortes de la presidencia de[[LINK:TAG|||tag|||63361c5687d98e3342b2776a||| Ronald Reagan]] y la lucha por los derechos civiles. «Eso le hace mirar lo que nadie mira», comenta Clément Chéroux, comisario de la exposición «In the American West. 1979-1984», que acoge la Fundación Mapfre en el contexto de PHotoESPAÑA. Una muestra que reúne las 110 fotos que Richard Avedon incluyó en un libro, axial para la fotografía de la segunda mitad del siglo XX, que nació de este proyecto y vio la luz en 1985.. «Un retrato no es un parecido. A partir del momento en que una emoción o un hecho se convierten en fotografía, lo que hay no es un hecho, sino una opinión», aseguraba Richard Avedon. Las imágenes crearon una enorme controversia y levantaron una oleada de comentarios por su crudeza y honesta frontalidad. Richard Avedon rompía con esas instantáneas el tópico que existía sobre el Oeste americano, una idea que el cine y la televisión habían perpetuado en el imaginario estadounidense. Lo que el público encontró no tenía nada que ver con los fotogramas de John Ford o con series como «Dinastía» o «Dallas». Aquí había carniceros, vagabundos, indígenas, indigentes, niños desolladores de serpientes y obreros. Demasiados rostros desconocidos, ropa sucia y manos curtidas.. La estampa norteamericana recibía un nuevo mazazo, como sucedió en el pasado con Robert Frank y Walker Evans, dos leyendas que ahondaron en el mito de Estados Unidos. «Robert Frank vio este país de una manera diferente a los otros dos. Había nacido en Suiza y lo que descubre con sus imágenes es que el sueño americano no existe. Avedon tiene más que ver con Evans. Solo que él prescinde del entorno y siempre utiliza un fondo blanco para sus imágenes», aclara Clément Chéroux.. El recorrido es una colección de rostros que nos miran con dolor, expectación, tristeza, orgullo o serenidad. Los hay que posan con la barbilla alta por orgullo, los que no renuncian al pundonor, como ese indigente arropado por una chaqueta elegante, o quienes sostienen un brillo desafiante en los ojos. «Un retrato no es un parecido. A partir del momento en que una emoción o un hecho se convierten en fotografía, lo que hay no es un hecho, sino una opinión. La imprecisión no tiene nada que ver con la fotografía. Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad», aseguró Avedon.. «Seguro que la necesidad del retratado de defender su causa es tan intensa como la que tengo yo de defender la mía, pero quien controla la situación soy yo», sostenía Richard Avedon. El proyecto arrancó en 1978, cuando retrató a un capataz de un rancho de Montana, Wilbur Powell, y aquella instantánea impresionó a Mitchell A. Wilder, director del Amon Carter Museum de Fort Worth, que conservaba un amplio fondo sobre los tipos humanos de Norteamérica. Él le animó a realizar un proyecto a partir de esa fotografía y, para que la idea no cayera en el olvido, se ofreció a financiarlo.. Avedon, como hizo en la moda, dinamitó las bases del retrato tradicional y transgredió lo establecido. Fotografió sobre un fondo blanco, con ausencia de luz solar (crea sombras) y convirtió cada una de sus fotografías en una obra artesanal. El resultado impreso no se corresponde con el negativo. Dedicó muchas horas al revelado y a trabajar cada una de las zonas de luz. Pero quizá lo más importante, como resalta Clément Chéroux, es el trabajo psicológico: la connivencia entre el modelo que posa y el propio Avedon. Una relación que se perpetuó en el tiempo, como atestiguan las cartas que el fotógrafo recibió de ellos (algunas se exhiben en la exposición, junto a las polaroids que tomó durante las jornadas que precedieron al disparo final).. Algunos, como la niña que apareció en la portada del libro, no estuvieron conformes con el resultado. Otros sí. Y algunos, como tres hermanas, decidieron acudir a la inauguración de la exposición de 1985 con un revólver en el bolso. Pero, como señaló el propio Avedon, «un fotógrafo retratista depende de otra persona para terminar su imagen. El tema imaginado, que en cierto modo soy yo mismo, debe ser descubierto en otro individuo deseoso de participar en una ficción de la que no sabe nada en absoluto. No tenemos las mismas preocupaciones. En lo que respecta a esta imagen, albergamos ambiciones distintas. Seguro que la necesidad del retratado de defender su causa es tan intensa como la que tengo yo de defender la mía, pero quien controla la situación soy yo».
La Fundación Mapfre reúne las 110 imágenes del libro «In the American West», el retrato que el fotógrafo hizo de las clases trabajadoras norteamericanas
Durante cinco años, Richard Avedon dedicó todos los veranos a viajar por el oeste americano y retratar a la clase trabajadora de Estados Unidos. El fotógrafo provenía del mundo de la moda —a los 22 años ya colaboraba en «Harper’s Bazaar»— y había alcanzado relieve internacional al sacar a las modelos de los estudios y fotografiarlas en lugares inesperados. Pero, a partir de 1979, abandonó el escaparate de glamour y celebridad que le procuraban «Vogue» y prestigiosas firmas como Revlon, Versace o Calvin Klein, y decidió fotografiar a los hombres y mujeres anónimos que vivían en lo más profundo de su país.. ¿Por qué lo hizo? Para un hombre como él, que contaba con el reconocimiento del MoMA y del Metropolitan Museum y que había inspirado el personaje de Fred Astaire en «Una cara con ángel», suponía un absoluto cambio de registro y, por eso, esa incógnita sobrevuela todavía su serie más famosa. Clément Chéroux, director de la Fondation Henri Cartier-Bresson, sostiene que durante esos años el fotógrafo expresó su preocupación por los diferentes temas que habían convulsionado el país, como la guerra de Vietnam, la pobreza, la crisis del petróleo, los recortes de la presidencia de Ronald Reagan y la lucha por los derechos civiles. «Eso le hace mirar lo que nadie mira», comenta Clément Chéroux, comisario de la exposición «In the American West. 1979-1984», que acoge la Fundación Mapfre en el contexto de PHotoESPAÑA. Una muestra que reúne las 110 fotos que Richard Avedon incluyó en un libro, axial para la fotografía de la segunda mitad del siglo XX, que nació de este proyecto y vio la luz en 1985.. «Un retrato no es un parecido. A partir del momento en que una emoción o un hecho se convierten en fotografía, lo que hay no es un hecho, sino una opinión», aseguraba Richard Avedon. Las imágenes crearon una enorme controversia y levantaron una oleada de comentarios por su crudeza y honesta frontalidad. Richard Avedon rompía con esas instantáneas el tópico que existía sobre el Oeste americano, una idea que el cine y la televisión habían perpetuado en el imaginario estadounidense. Lo que el público encontró no tenía nada que ver con los fotogramas de John Ford o con series como «Dinastía» o «Dallas». Aquí había carniceros, vagabundos, indígenas, indigentes, niños desolladores de serpientes y obreros. Demasiados rostros desconocidos, ropa sucia y manos curtidas.. La estampa norteamericana recibía un nuevo mazazo, como sucedió en el pasado con Robert Frank y Walker Evans, dos leyendas que ahondaron en el mito de Estados Unidos. «Robert Frank vio este país de una manera diferente a los otros dos. Había nacido en Suiza y lo que descubre con sus imágenes es que el sueño americano no existe. Avedon tiene más que ver con Evans. Solo que él prescinde del entorno y siempre utiliza un fondo blanco para sus imágenes», aclara Clément Chéroux.. El recorrido es una colección de rostros que nos miran con dolor, expectación, tristeza, orgullo o serenidad. Los hay que posan con la barbilla alta por orgullo, los que no renuncian al pundonor, como ese indigente arropado por una chaqueta elegante, o quienes sostienen un brillo desafiante en los ojos. «Un retrato no es un parecido. A partir del momento en que una emoción o un hecho se convierten en fotografía, lo que hay no es un hecho, sino una opinión. La imprecisión no tiene nada que ver con la fotografía. Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad», aseguró Avedon.. «Seguro que la necesidad del retratado de defender su causa es tan intensa como la que tengo yo de defender la mía, pero quien controla la situación soy yo», sostenía Richard Avedon. El proyecto arrancó en 1978, cuando retrató a un capataz de un rancho de Montana, Wilbur Powell, y aquella instantánea impresionó a Mitchell A. Wilder, director del Amon Carter Museum de Fort Worth, que conservaba un amplio fondo sobre los tipos humanos de Norteamérica. Él le animó a realizar un proyecto a partir de esa fotografía y, para que la idea no cayera en el olvido, se ofreció a financiarlo.. Avedon, como hizo en la moda, dinamitó las bases del retrato tradicional y transgredió lo establecido. Fotografió sobre un fondo blanco, con ausencia de luz solar (crea sombras) y convirtió cada una de sus fotografías en una obra artesanal. El resultado impreso no se corresponde con el negativo. Dedicó muchas horas al revelado y a trabajar cada una de las zonas de luz. Pero quizá lo más importante, como resalta Clément Chéroux, es el trabajo psicológico: la connivencia entre el modelo que posa y el propio Avedon. Una relación que se perpetuó en el tiempo, como atestiguan las cartas que el fotógrafo recibió de ellos (algunas se exhiben en la exposición, junto a las polaroids que tomó durante las jornadas que precedieron al disparo final).. Algunos, como la niña que apareció en la portada del libro, no estuvieron conformes con el resultado. Otros sí. Y algunos, como tres hermanas, decidieron acudir a la inauguración de la exposición de 1985 con un revólver en el bolso. Pero, como señaló el propio Avedon, «un fotógrafo retratista depende de otra persona para terminar su imagen. El tema imaginado, que en cierto modo soy yo mismo, debe ser descubierto en otro individuo deseoso de participar en una ficción de la que no sabe nada en absoluto. No tenemos las mismas preocupaciones. En lo que respecta a esta imagen, albergamos ambiciones distintas. Seguro que la necesidad del retratado de defender su causa es tan intensa como la que tengo yo de defender la mía, pero quien controla la situación soy yo».
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