¿Dejarías leer todos tus mensajes de WhatsApp a un amigo? La pregunta se responde sola. No. En cambio, permitimos que empresas accedan a nuestras conversaciones privadas. Solo basta con descargarte una divertida aplicación y aceptar las cookies como si nuestra información no valiera nada. Porque ‘no somos nadie’. Pero las grandes empresas van sumando cómo funcionan cada ‘nadie’ hasta multiplicar su conocimiento. E incluso adelantarse a nuestros deseos, trazar mapas de comportamientos sociales y crearnos necesidades a medida.. Una realidad que se puede explicar con teoría. Mucha teoría. Pero entra mejor enfrentándonos a la práctica. Lo que viene a ser el género documental. Así lo ha hecho el tercer capítulo de Se nos ha ido de las manos en el que Carles Tamayo intenta encontrar a los mercaderes de los datos personales. El programa de TVE vuela a las Alemanias, a la sede de una de las empresas que manejan el percal. No son muy simpáticos con la visita: “Si vuelve, llamaremos a la policía”, verbaliza un señor mientras les llama el ascensor.. “Han sido un poco secos, ¿no?”. Tamayo piensa en alto. El documental acaba de empezar. Al igual que hizo con los fondos buitres en el anterior episodio, dedicado al feroz problema de la vivienda, deciden desarrollar una empresa que suministre datos de personas a otras compañías. Pero antes hay que reunir datos y optan por un plan sin aparentes fisuras: regalar gasolina a la gente. Crean el despliegue. Crean los ‘cookies’ a firmar. Y decenas de conductores ceden sus derechos de imagen a cambio de llenar el depósito de su coche en una gasolinera “porque quién va a usar mis cosas ‘si no soy nadie’.. Ahí comienza el troleo de Tamayo. Imprime los caretos de los ‘nadies’ que han firmado el consentimiento. Lo hace en carteles que pega por el barrio, camisetas que planta en maniquíes de tiendas, publicidad que despliega en banderines portátiles. Incluso recrea una versión del juego del Quién es quién. Cada casilla, una de las foto de aquellos que corrieron a obsequiar con su imagen a un negocio desconocido por un poco de gasolina. Los que aseguraban “que les daba igual”, infravalorando el valor de su anonimato.. No todos picaron. “Me parece que por cincuenta euros estoy cediendo todos lo que ellos quieran. Estoy firmando un cheque en blanco”, afirma un conductor que declinó el obsequio.. Tamayo lo ha vuelto a lograr: una hora de televisión pública tan interesante como pedagógica. Incluso perfecta para ver en colegios. En tiempos de replicantes, ejerce la esencia del periodismo de autor: investiga, entrevista, piensa. Y, después, ordena la documentación con la creatividad que todo lo explica mejor. La que sabe que una buena historia es la que muestra más que habla. No se conforma con declaraciones de expertos pegadas y filma momentos que nos retratan como sociedad. Con ayuda de la ironía, que allana tantos caminos y que él maneja con una personalidad aplastante. Es su superpoder: hacer periodismo riguroso con el atractivo del guion de sitcom. Con sus personajes secundarios, con sus revelaciones episódicas, con la sonrisa compartida hábil para subrayar la barbaridad, relativizar la anécdota y enmarcar la relevancia que nos va cambiando la vida. Y sin necesidad de peroratas. Porque el periodismo es la antítesis del sermón: es aportar las perspectivas que animan al espectador a pensar por sí mismo. Y qué bien las explora Tamayo. Será porque, visto lo visto, juega como pocos al Quién es quién.
¿Dejarías leer todos tus mensajes de WhatsApp a un amigo?
20MINUTOS.ES – Televisión
¿Dejarías leer todos tus mensajes de WhatsApp a un amigo? La pregunta se responde sola. No. En cambio, permitimos que empresas accedan a nuestras conversaciones privadas. Solo basta con descargarte una divertida aplicación y aceptar las cookies como si nuestra información no valiera nada. Porque ‘no somos nadie’. Pero las grandes empresas van sumando cómo funcionan cada ‘nadie’ hasta multiplicar su conocimiento. E incluso adelantarse a nuestros deseos, trazar mapas de comportamientos sociales y crearnos necesidades a medida.. Una realidad que se puede explicar con teoría. Mucha teoría. Pero entra mejor enfrentándonos a la práctica. Lo que viene a ser el género documental. Así lo ha hecho el tercer capítulo de Se nos ha ido de las manos en el que Carles Tamayo intenta encontrar a los mercaderes de los datos personales. El programa de TVE vuela a las Alemanias, a la sede de una de las empresas que manejan el percal. No son muy simpáticos con la visita: “Si vuelve, llamaremos a la policía”, verbaliza un señor mientras les llama el ascensor.. “Han sido un poco secos, ¿no?”. Tamayo piensa en alto. El documental acaba de empezar. Al igual que hizo con los fondos buitres en el anterior episodio, dedicado al feroz problema de la vivienda, deciden desarrollar una empresa que suministre datos de personas a otras compañías. Pero antes hay que reunir datos y optan por un plan sin aparentes fisuras: regalar gasolina a la gente. Crean el despliegue. Crean los ‘cookies’ a firmar. Y decenas de conductores ceden sus derechos de imagen a cambio de llenar el depósito de su coche en una gasolinera “porque quién va a usar mis cosas ‘si no soy nadie’.. Ahí comienza el troleo de Tamayo. Imprime los caretos de los ‘nadies’ que han firmado el consentimiento. Lo hace en carteles que pega por el barrio, camisetas que planta en maniquíes de tiendas, publicidad que despliega en banderines portátiles. Incluso recrea una versión del juego del Quién es quién. Cada casilla, una de las foto de aquellos que corrieron a obsequiar con su imagen a un negocio desconocido por un poco de gasolina. Los que aseguraban “que les daba igual”, infravalorando el valor de su anonimato.. No todos picaron. “Me parece que por cincuenta euros estoy cediendo todos lo que ellos quieran. Estoy firmando un cheque en blanco”, afirma un conductor que declinó el obsequio.. Tamayo lo ha vuelto a lograr: una hora de televisión pública tan interesante como pedagógica. Incluso perfecta para ver en colegios.En tiempos de replicantes, ejerce la esencia del periodismo de autor: investiga, entrevista, piensa. Y, después, ordena la documentación con la creatividad que todo lo explica mejor. La que sabe que una buena historia es la que muestra más que habla. No se conforma con declaraciones de expertos pegadas y filma momentos que nos retratan como sociedad. Con ayuda de la ironía, que allana tantos caminos y que él maneja con una personalidad aplastante. Es su superpoder: hacer periodismo riguroso con el atractivo del guion de sitcom. Con sus personajes secundarios, con sus revelaciones episódicas, con la sonrisa compartida hábil para subrayar la barbaridad, relativizar la anécdota y enmarcar la relevancia que nos va cambiando la vida. Y sin necesidad de peroratas. Porque el periodismo es la antítesis del sermón: es aportar las perspectivas que animan al espectador a pensar por sí mismo. Y qué bien las explora Tamayo. Será porque, visto lo visto, juega como pocos al Quién es quién.
