La forma en que una persona aprende a enfrentarse a las dificultades no surge de la nada: está profundamente marcada por el contexto en el que crece. La época es clave y en nada se parecen los niños actuales a los de décadas atrás. Las décadas de los 60 y los 70 estuvieron marcadas por una mayor independencia, menos supervisión adulta y una menor intervención emocional. Según la psicología, estos factores influyeron de manera directa en su capacidad para gestionar situaciones límite en la vida adulta.. Aquella generación parece encajar mejor los golpes de la vida que la actual. Afrontan pérdidas, crisis o cambios bruscos con una serenidad que a menudo sorprende a generaciones más jóvenes. Quien creció entonces no lo hizo dentro de una burbuja de protección, sino en una sociedad española en la que resolver problemas, esperar y adaptarse formaba parte de lo cotidiano. Esa exposición temprana a la incomodidad ayudó a construir una capacidad de resistencia que hoy se asocia con la resiliencia.. Una infancia con más margen para equivocarse. Las personas nacidas o criadas en los años 60 y 70 solían pasar más tiempo fuera de casa, jugar sin vigilancia constante y aprender a arreglárselas por su cuenta. Ir al colegio solo, gestionar conflictos con otros niños o soportar el aburrimiento sin un adulto que interviniera de inmediato eran experiencias habituales. En términos psicológicos, eso supuso un entrenamiento temprano para la autonomía.. No se trataba únicamente de “aguantar más”, sino de aprender a buscar soluciones sin depender siempre de ayuda externa. Esa práctica repetida reforzaba la sensación de competencia personal. Cuando alguien comprueba desde pequeño que puede salir de un apuro por sí mismo, desarrolla una percepción distinta de sus propios recursos.. La tolerancia al malestar como aprendizaje clave. Esta mejor respuesta se entiende desde el análisis de la tolerancia al malestar, es decir, la capacidad de atravesar emociones incómodas sin sentir la necesidad urgente de eliminarlas. Esperar, frustrarse o sentirse solo eran experiencias frecuentes para quienes crecieron en aquella época, y no siempre había una respuesta inmediata del entorno. Esa exposición continuada a pequeñas dificultades no resueltas desde fuera contribuyó a normalizar la incomodidad. Y esa normalización, lejos de ser un detalle menor, puede ayudar mucho en situaciones límite.. Quien está acostumbrado a no recibir alivio instantáneo suele sostener mejor la tensión cuando la vida se complica, pero hoy en día es todo diferente. Ahora la educación está marcada por la sobreprotección y la intervención constante, que pueden reducir esas oportunidades de aprendizaje. Cuando todo problema se resuelve deprisa, la persona tiene menos ocasiones de comprobar que puede soportar la incomodidad y seguir funcionando.. Un mayor sentido de control interno. La psicología también relaciona esta diferencia con el llamado ‘locus de control’, que describe hasta qué punto una persona siente que su vida depende de sus propias acciones o de factores externos. En generaciones criadas con más independencia, es más probable que se desarrolle un ‘locus de control interno’: la sensación de que uno puede influir en lo que le ocurre.. Ese matiz es importante. Sentirse agente de la propia vida no elimina el sufrimiento, pero sí amortigua parte del impacto emocional en momentos difíciles. Si alguien cree que puede hacer algo, aunque sea poco, frente a una crisis, afronta mejor la incertidumbre. La generación que creció en los 60 y los 70 se acostumbró a tomar decisiones, anticipar riesgos y actuar sin esperar validación constante.. No era una infancia ideal. Viendo esta mayor fortaleza todo parece positivo, pero conviene no idealizar aquella infancia. Crecer con menos apoyo emocional también tuvo costes. Muchas personas aprendieron a callar lo que sentían, a no pedir ayuda o a no reconocer señales de malestar. La fortaleza exterior convivió, en muchos casos, con una gran dificultad para expresar vulnerabilidad. La lectura psicológica es más compleja que una simple comparación entre generaciones. Aquella dureza cotidiana pudo favorecer la resiliencia, pero también dejó heridas. La capacidad para sobreponerse no siempre nació de un bienestar emocional profundo, sino de la necesidad de seguir adelante pese a todo.. La clave no está en volver a modelos del pasado, sino en recuperar algo de su lógica: dejar espacio para que aparezcan la frustración, el aburrimiento y la espera. La resiliencia no se enseña solo protegiendo; también se construye permitiendo que la persona se enfrente, con apoyo pero sin sustitución, a ciertos retos.
La infancia actual no se parece en nada a la de décadas atrás y eso tiene unas consecuencias directas a nivel mental
La forma en que una persona aprende a enfrentarse a las dificultades no surge de la nada: está profundamente marcada por el contexto en el que crece. La época es clave y en nada se parecen los niños actuales a los de décadas atrás. Las décadas de los 60 y los 70 estuvieron marcadas por una mayor independencia, menos supervisión adulta y una menor intervención emocional. Según la psicología, estos factores influyeron de manera directa en su capacidad para gestionar situaciones límite en la vida adulta.. Aquella generación parece encajar mejor los golpes de la vida que la actual. Afrontan pérdidas, crisis o cambios bruscos con una serenidad que a menudo sorprende a generaciones más jóvenes. Quien creció entonces no lo hizo dentro de una burbuja de protección, sino en una sociedad española en la que resolver problemas, esperar y adaptarse formaba parte de lo cotidiano. Esa exposición temprana a la incomodidad ayudó a construir una capacidad de resistencia que hoy se asocia con la resiliencia.. Una infancia con más margen para equivocarse. Las personas nacidas o criadas en los años 60 y 70 solían pasar más tiempo fuera de casa, jugar sin vigilancia constante y aprender a arreglárselas por su cuenta. Ir al colegio solo, gestionar conflictos con otros niños o soportar el aburrimiento sin un adulto que interviniera de inmediato eran experiencias habituales. En términos psicológicos, eso supuso un entrenamiento temprano para la autonomía.. No se trataba únicamente de “aguantar más”, sino de aprender a buscar soluciones sin depender siempre de ayuda externa. Esa práctica repetida reforzaba la sensación de competencia personal. Cuando alguien comprueba desde pequeño que puede salir de un apuro por sí mismo, desarrolla una percepción distinta de sus propios recursos.. La tolerancia al malestar como aprendizaje clave. Esta mejor respuesta se entiende desde el análisis de la tolerancia al malestar, es decir, la capacidad de atravesar emociones incómodas sin sentir la necesidad urgente de eliminarlas. Esperar, frustrarse o sentirse solo eran experiencias frecuentes para quienes crecieron en aquella época, y no siempre había una respuesta inmediata del entorno. Esa exposición continuada a pequeñas dificultades no resueltas desde fuera contribuyó a normalizar la incomodidad. Y esa normalización, lejos de ser un detalle menor, puede ayudar mucho en situaciones límite.. Quien está acostumbrado a no recibir alivio instantáneo suele sostener mejor la tensión cuando la vida se complica, pero hoy en día es todo diferente. Ahora la educación está marcada por la sobreprotección y la intervención constante, que pueden reducir esas oportunidades de aprendizaje. Cuando todo problema se resuelve deprisa, la persona tiene menos ocasiones de comprobar que puede soportar la incomodidad y seguir funcionando.. Un mayor sentido de control interno. La psicología también relaciona esta diferencia con el llamado ‘locus de control’, que describe hasta qué punto una persona siente que su vida depende de sus propias acciones o de factores externos. En generaciones criadas con más independencia, es más probable que se desarrolle un ‘locus de control interno’: la sensación de que uno puede influir en lo que le ocurre.. Ese matiz es importante. Sentirse agente de la propia vida no elimina el sufrimiento, pero sí amortigua parte del impacto emocional en momentos difíciles. Si alguien cree que puede hacer algo, aunque sea poco, frente a una crisis, afronta mejor la incertidumbre. La generación que creció en los 60 y los 70 se acostumbró a tomar decisiones, anticipar riesgos y actuar sin esperar validación constante.. No era una infancia ideal. Viendo esta mayor fortaleza todo parece positivo, pero conviene no idealizar aquella infancia. Crecer con menos apoyo emocional también tuvo costes. Muchas personas aprendieron a callar lo que sentían, a no pedir ayuda o a no reconocer señales de malestar. La fortaleza exterior convivió, en muchos casos, con una gran dificultad para expresar vulnerabilidad. La lectura psicológica es más compleja que una simple comparación entre generaciones. Aquella dureza cotidiana pudo favorecer la resiliencia, pero también dejó heridas. La capacidad para sobreponerse no siempre nació de un bienestar emocional profundo, sino de la necesidad de seguir adelante pese a todo.. La clave no está en volver a modelos del pasado, sino en recuperar algo de su lógica: dejar espacio para que aparezcan la frustración, el aburrimiento y la espera. La resiliencia no se enseña solo protegiendo; también se construye permitiendo que la persona se enfrente, con apoyo pero sin sustitución, a ciertos retos.
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