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  Cultura  Tocqueville, el pensador que alertó de la tiranía de la igualdad
Cultura

Tocqueville, el pensador que alertó de la tiranía de la igualdad

4 de abril de 2026
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Tocqueville alertó hace casi 200 años de que la obsesión por la igualdad podía llevar a las democracias a convertirse en una tiranía suave. Esta dictadura silenciosa la llevaría a cabo un Estado que prometiera cubrir las necesidades materiales de los ciudadanos a cambio del sacrificio voluntario de las libertades. Profirió su advertencia a mediados del siglo XIX, pero resulta muy actual.. Eduardo Nolla, quizá el mayor especialista en Tocqueville, ha publicado en la «Colección de Biografías Intelectuales», de FAES, una introducción buenísima al filósofo francés y a su pensamiento. Desde las primeras líneas, Nolla deja claro que Alexis de Tocqueville (1805-1859) no fue únicamente el gran observador de la democracia norteamericana, cuya obra, «La democracia en América» (1835 y 1840), se convirtió en un estudio de referencia ya en la época. También el pensador fue un analista del movimiento revolucionario en su país con «El Antiguo Régimen y la Revolución» (1856), y sus memorias sobre el 1848 francés. Esta capacidad para situarse en su tiempo hace de Tocqueville, subraya Nolla, un liberal de nuevo cuño, consciente de estar elaborando una concepción distinta del liberalismo, adaptada a la era democrática y a sus riesgos específicos.. Un régimen podía tener una forma democrática –elecciones y contrapesos institucionales– e incubar un nuevo tipo de despotismo más profundo y sutil que los anteriores. Tocqueville asumió el liberalismo clásico, basado en el imperio de la ley, la soberanía popular, la separación de poderes y los derechos individuales. Sin embargo, su propio contexto le hizo intuir que esos mecanismos no bastaban para garantizar la libertad. Un régimen podía tener una forma democrática –elecciones y contrapesos institucionales– e incubar un nuevo tipo de despotismo más profundo y sutil que los anteriores. Esa tiranía no se ejercía con la violencia, sino a través de la uniformidad mental y la búsqueda obsesiva del igualitarismo material. El resultado, señalaba, era una sociedad compuesta por individuos aislados, sin verdadera individualidad, sometidos a un Estado paternalista que disolvía los vínculos sociales intermedios. Tocqueville describía entonces una sociedad inerte, en la que la persona quedaba sola ante un Estado todopoderoso y omnipresente. Lo peor, subrayaba, era que la opresión estatal no era física, sino mental; es decir, que la clave del dominio era modelar conciencias, sentimientos y lenguajes.. Frente a esta amenaza, escribe Nolla, el liberalismo tocquevilliano se construye como el arte de ser libre. Tocqueville reclamaba ciudadanos capaces de interesarse por lo público, de adquirir el hábito de la participación y de ejercitar la responsabilidad cívica en todos los niveles. Le inquietaba menos el estallido de grandes revoluciones que la lenta erosión de la energía de la sociedad civil que beneficiaba al tirano.. Entre «relojes» y «nubes». Nolla recurre a la distinción de Karl Popper (1902-1994) entre «relojes» y «nubes». Los relojes representan los sistemas ordenados y previsibles. Las nubes, por el contrario, encarnan lo cambiante imposible de reducir a un esquema fijo y que no se puede describir al detalle. La democracia liberal, en su dimensión institucional, pertenece al orden de los relojes: Estado de derecho, división de poderes, jurado, libertad de prensa y descentralización. Sin embargo, la libertad pertenece al ámbito de las nubes, y es una realidad cambiante, como señaló el filósofo y matemático Charles Sanders Peirce (1839-1914).. Tocqueville describía una sociedad del siglo XIX que bien puede equipararse a la del XXI. Contaba que las comunidades políticas no están determinadas por sus leyes, sino que se moldean por emociones y creencias. Esto significaba que el motor de la vida política, ya fuera revolucionaria o estable, dependía del manejo de los sentimientos de la ciudadanía. Con esto, Tocqueville nos invitaba a revisar nuestras costumbres, preferencias e ideas, como señala Nolla. En este sentido, la percepción de la libertad individual no descansa en la letra de una ley, sino en la percepción de ser libre y, por tanto, es diferente en cada generación y en cada individuo a lo largo de su existencia.. Por tanto, la libertad es la vida, y la vida es un viaje. Tocqueville era un apasionado viajero, tal y como cuenta Nolla, y aplicó esa experiencia a su visión liberal. Decía que el individuo era un migrante en continuo movimiento para evitar las zonas inhóspitas, un superviviente de las tiranías. Por ello, no bastaba con repetir mecánicamente las ideas heredadas o la tradición, sino que era preciso evaluar la situación y adaptarse, madurar, dejar el infantilismo del mundo ideal y aferrarse a la realidad. La libertad exigía un esfuerzo continuo de apertura intelectual y fortaleza moral, un movimiento perpetuo de revisión y diálogo. De ahí la facilidad con que se sucumbe a un Estado protector que piensa y actúa por nosotros.. El liberalismo se reescribe cada día. Su esencia es la apertura al cambio. Esta es la causa del profundo recelo de Tocqueville hacia los sistemas que pretenden controlar todo como un «reloj» y establecer «la verdad». El filósofo afirmaba que la única verdad absoluta es que esta no es accesible a los hombres. Los seres humanos solo captan fragmentos dispersos de la verdad pero nunca la totalidad. De este modo, cualquier ideología que se presente como un sistema completo –como el [[LINK:TAG|||tag|||633611c387d98e3342b266a7|||comunismo]]– encierra una tentación tiránica –totalitaria diríamos hoy–. Todo escritor o pensador que quiera imponer por la fuerza una doctrina de ese tipo, señaló Tocqueville con acierto mirando a socialistas como Marx o Bakunin, debe ser considerado un enemigo del género humano, de su libertad y de la convivencia en armonía.. Eduardo Nolla, catedrático de Teoría Política, aprovecha esta reflexión tocquevilliana para señalar la paradoja del progresismo que sigue anclado a dogmas inamovibles, y que se presenta como depositario de la verdad histórica final o de estar en el «lado correcto de la historia». Frente a este mesianismo político, que tan bien describió Jacob Leib Talmon (1916-1980) siguiendo precisamente a Tocqueville, el liberalismo del filósofo francés es una teoría modesta pero ambiciosa. Se fundamenta en la renuncia a los absolutos y en la aceptación de la limitación del conocimiento humano, al tiempo que confía en la discusión pública, la crítica recíproca y la revisión permanente como motores del progreso.. Espacios comunes. El liberalismo se reescribe cada día. Su esencia es la apertura al cambio, la adaptación y la confrontación pacífica de otros puntos de vista. De ahí que el gran objetivo de la democracia consista para Tocqueville en crear espacios comunes de interés, acción y debate en los que las opiniones y las personas se encuentren. La democracia auténtica no se reduce al cómputo de votos, sino que implica la participación igual de los ciudadanos en la definición cotidiana de la libertad, en un proceso siempre desordenado, arriesgado y expuesto al conflicto. Así, la libertad es una condición que se construye día a día, siempre vigilante ante cualquier gobierno, incluso al que se adjetiva como «liberal» o «democrático».. El liberalismo que Nolla atribuye a Tocqueville es intemporal, perfectamente actual. Se trata de un proyecto que mira el presente de forma crítica, creativa y moral. Su valor reside en el carácter provocador e inconformista, desconfiado hacia el poder público y los políticos, que rechaza soluciones que se presentan como definitivas, y que obliga a ser realista sin convertir en dogmas los prejuicios. Este liberalismo basado en la moderación y el pragmatismo, en la defensa de la libertad individual, en la sociedad civil como freno a la tiranía y en el recelo hacia las fórmulas mágicas igualitaristas se antoja imprescindible para salir de la polarización y el guerracivilismo que solo beneficia a los tiranos.

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El francés, padre del liberalismo, describía, ya en el siglo XIX, una sociedad inerte en la que la persona quedaba sola ante el Estado; y lo peor, subrayaba, era que la opresión estatal no era física, sino mental

  

Tocqueville alertó hace casi 200 años de que la obsesión por la igualdad podía llevar a las democracias a convertirse en una tiranía suave. Esta dictadura silenciosa la llevaría a cabo un Estado que prometiera cubrir las necesidades materiales de los ciudadanos a cambio del sacrificio voluntario de las libertades. Profirió su advertencia a mediados del siglo XIX, pero resulta muy actual.. Eduardo Nolla, quizá el mayor especialista en Tocqueville, ha publicado en la «Colección de Biografías Intelectuales», de FAES, una introducción buenísima al filósofo francés y a su pensamiento. Desde las primeras líneas, Nolla deja claro que Alexis de Tocqueville (1805-1859) no fue únicamente el gran observador de la democracia norteamericana, cuya obra, «La democracia en América» (1835 y 1840), se convirtió en un estudio de referencia ya en la época. También el pensador fue un analista del movimiento revolucionario en su país con «El Antiguo Régimen y la Revolución» (1856), y sus memorias sobre el 1848 francés. Esta capacidad para situarse en su tiempo hace de Tocqueville, subraya Nolla, un liberal de nuevo cuño, consciente de estar elaborando una concepción distinta del liberalismo, adaptada a la era democrática y a sus riesgos específicos.. Un régimen podía tener una forma democrática –elecciones y contrapesos institucionales– e incubar un nuevo tipo de despotismo más profundo y sutil que los anteriores. Tocqueville asumió el liberalismo clásico, basado en el imperio de la ley, la soberanía popular, la separación de poderes y los derechos individuales. Sin embargo, su propio contexto le hizo intuir que esos mecanismos no bastaban para garantizar la libertad. Un régimen podía tener una forma democrática –elecciones y contrapesos institucionales– e incubar un nuevo tipo de despotismo más profundo y sutil que los anteriores. Esa tiranía no se ejercía con la violencia, sino a través de la uniformidad mental y la búsqueda obsesiva del igualitarismo material. El resultado, señalaba, era una sociedad compuesta por individuos aislados, sin verdadera individualidad, sometidos a un Estado paternalista que disolvía los vínculos sociales intermedios. Tocqueville describía entonces una sociedad inerte, en la que la persona quedaba sola ante un Estado todopoderoso y omnipresente. Lo peor, subrayaba, era que la opresión estatal no era física, sino mental; es decir, que la clave del dominio era modelar conciencias, sentimientos y lenguajes.. Frente a esta amenaza, escribe Nolla, el liberalismo tocquevilliano se construye como el arte de ser libre. Tocqueville reclamaba ciudadanos capaces de interesarse por lo público, de adquirir el hábito de la participación y de ejercitar la responsabilidad cívica en todos los niveles. Le inquietaba menos el estallido de grandes revoluciones que la lenta erosión de la energía de la sociedad civil que beneficiaba al tirano.. Entre «relojes» y «nubes». Nolla recurre a la distinción de Karl Popper (1902-1994) entre «relojes» y «nubes». Los relojes representan los sistemas ordenados y previsibles. Las nubes, por el contrario, encarnan lo cambiante imposible de reducir a un esquema fijo y que no se puede describir al detalle. La democracia liberal, en su dimensión institucional, pertenece al orden de los relojes: Estado de derecho, división de poderes, jurado, libertad de prensa y descentralización. Sin embargo, la libertad pertenece al ámbito de las nubes, y es una realidad cambiante, como señaló el filósofo y matemático Charles Sanders Peirce (1839-1914).. Tocqueville describía una sociedad del siglo XIX que bien puede equipararse a la del XXI. Contaba que las comunidades políticas no están determinadas por sus leyes, sino que se moldean por emociones y creencias. Esto significaba que el motor de la vida política, ya fuera revolucionaria o estable, dependía del manejo de los sentimientos de la ciudadanía. Con esto, Tocqueville nos invitaba a revisar nuestras costumbres, preferencias e ideas, como señala Nolla. En este sentido, la percepción de la libertad individual no descansa en la letra de una ley, sino en la percepción de ser libre y, por tanto, es diferente en cada generación y en cada individuo a lo largo de su existencia.. Por tanto, la libertad es la vida, y la vida es un viaje. Tocqueville era un apasionado viajero, tal y como cuenta Nolla, y aplicó esa experiencia a su visión liberal. Decía que el individuo era un migrante en continuo movimiento para evitar las zonas inhóspitas, un superviviente de las tiranías. Por ello, no bastaba con repetir mecánicamente las ideas heredadas o la tradición, sino que era preciso evaluar la situación y adaptarse, madurar, dejar el infantilismo del mundo ideal y aferrarse a la realidad. La libertad exigía un esfuerzo continuo de apertura intelectual y fortaleza moral, un movimiento perpetuo de revisión y diálogo. De ahí la facilidad con que se sucumbe a un Estado protector que piensa y actúa por nosotros.. El liberalismo se reescribe cada día. Su esencia es la apertura al cambio. Esta es la causa del profundo recelo de Tocqueville hacia los sistemas que pretenden controlar todo como un «reloj» y establecer «la verdad». El filósofo afirmaba que la única verdad absoluta es que esta no es accesible a los hombres. Los seres humanos solo captan fragmentos dispersos de la verdad pero nunca la totalidad. De este modo, cualquier ideología que se presente como un sistema completo –como el comunismo– encierra una tentación tiránica –totalitaria diríamos hoy–. Todo escritor o pensador que quiera imponer por la fuerza una doctrina de ese tipo, señaló Tocqueville con acierto mirando a socialistas como Marx o Bakunin, debe ser considerado un enemigo del género humano, de su libertad y de la convivencia en armonía.. Eduardo Nolla, catedrático de Teoría Política, aprovecha esta reflexión tocquevilliana para señalar la paradoja del progresismo que sigue anclado a dogmas inamovibles, y que se presenta como depositario de la verdad histórica final o de estar en el «lado correcto de la historia». Frente a este mesianismo político, que tan bien describió Jacob Leib Talmon (1916-1980) siguiendo precisamente a Tocqueville, el liberalismo del filósofo francés es una teoría modesta pero ambiciosa. Se fundamenta en la renuncia a los absolutos y en la aceptación de la limitación del conocimiento humano, al tiempo que confía en la discusión pública, la crítica recíproca y la revisión permanente como motores del progreso.. Espacios comunes. El liberalismo se reescribe cada día. Su esencia es la apertura al cambio, la adaptación y la confrontación pacífica de otros puntos de vista. De ahí que el gran objetivo de la democracia consista para Tocqueville en crear espacios comunes de interés, acción y debate en los que las opiniones y las personas se encuentren. La democracia auténtica no se reduce al cómputo de votos, sino que implica la participación igual de los ciudadanos en la definición cotidiana de la libertad, en un proceso siempre desordenado, arriesgado y expuesto al conflicto. Así, la libertad es una condición que se construye día a día, siempre vigilante ante cualquier gobierno, incluso al que se adjetiva como «liberal» o «democrático».. El liberalismo que Nolla atribuye a Tocqueville es intemporal, perfectamente actual. Se trata de un proyecto que mira el presente de forma crítica, creativa y moral. Su valor reside en el carácter provocador e inconformista, desconfiado hacia el poder público y los políticos, que rechaza soluciones que se presentan como definitivas, y que obliga a ser realista sin convertir en dogmas los prejuicios. Este liberalismo basado en la moderación y el pragmatismo, en la defensa de la libertad individual, en la sociedad civil como freno a la tiranía y en el recelo hacia las fórmulas mágicas igualitaristas se antoja imprescindible para salir de la polarización y el guerracivilismo que solo beneficia a los tiranos.

 

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