El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha amenazado con «volar por los aires y obliterar completamente» las plantas eléctricas y los pozos petrolerosde Irán si no se alcanza un acuerdo que ponga fin a la guerra y reabra el estratégico estrecho de Ormuz. Es una frase que resuena más como advertencia de castigo que como invitación a negociar. Y, sin embargo, ambas cosas parecen estar ocurriendo al mismo tiempo. La escena es la de una escalada calculada. Mientras Trump endurece el tono desde Washington –y desde sus redes sociales–, su secretario de Estado, Marco Rubio, evita concretar con quién negocia exactamente Estados Unidos dentro de Irán. Habla de «fracturas» en la cúpula de Teherán, una grieta que Washington pretende aprovechar. La estrategia es doble: presión máxima por un lado, puerta entreabierta al diálogo por otro.. Pero en Teherán no hay señales de capitulación. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baghaei, ha calificado la propuesta estadounidense de «irrealista» y ha negado que Irán haya aceptado la mayoría de las condiciones, como afirmó Trump. La negociación, si existe, se mueve en una zona gris, sin interlocutores claros ni calendario definido.. Mientras tanto, la guerra no se detiene. Un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra un orfanato al oeste de Teherán dejó al menos dos muertos, según medios iraníes. En Líbano, un casco azul indonesio de Naciones Unidas murió tras bombardeos israelíes en el sur del país. Y en Israel, los restos de un ataque interceptado impactaron en un complejo de refinerías. El conflicto ya no tiene un solo frente: se ha convertido en una constelación de choques que atraviesa toda la región.. El tablero militar se amplía también hacia el Mediterráneo. Turquía informó de que un misil lanzado presuntamente desde Irán fue «neutralizado» por activos de la OTAN tras entrar en su espacio aéreo. En Yemen, los hutíes –aliados de Teherán– podrían abrir un nuevo frente en el estrecho de Bab el-Mandeb, una arteria clave del comercio global. El riesgo de que el conflicto se transforme en una guerra regional abierta ya no es una hipótesis remota. Pero es en la energía donde el impacto se siente de inmediato. El crudo Brent ha superado los 116 dólares por barril, impulsado por la retórica de Trump, que incluso ha insinuado que Estados Unidos debería «tomar el petróleo de Irán». En Estados Unidos, el precio medio de la gasolina ha alcanzado los 3,99 dólares por galón, el nivel más alto desde 2022. Es una cifra simbólica, al borde de la barrera psicológica de los 4 dólares, que históricamente ha tenido efectos políticos.. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, se ha convertido en el epicentro de la presión. Aunque el tráfico marítimo comienza a reanudarse tímidamente –Pakistán ha anunciado que Irán permitirá el paso de 20 de sus buques–, los volúmenes siguen muy por debajo de los niveles previos al conflicto. Cada petrolero que cruza es hoy una apuesta.. Las economías asiáticas son las primeras en sentir el golpe. Pero, como advierte JPMorgan, la onda expansiva viajará hacia Occidente. Los países del G7 ya han prometido tomar «todas las medidas necesarias» para estabilizar los mercados energéticos y evitar un contagio económico más amplio. El mensaje es claro: la guerra ya no es solo militar, es también económica. En este contexto, las palabras importan. Y las de Trump dibujan una línea peligrosa: la de considerar la infraestructura energética como objetivo legítimo, no solo militar, sino económico. Es, en esencia, una amenaza contra el corazón productivo de un país.. La paradoja es que, mientras el lenguaje se radicaliza, la diplomacia no desaparece. Marco Rubio insiste en que la solución preferida sigue siendo negociada. Pero cada nueva explosión, cada nuevo ataque, reduce el margen para el acuerdo.. La guerra entre Estados Unidos e Irán –directa o indirecta– se mueve así en una ambigüedad inquietante: ni completamente declarada ni claramente contenida. Entre la negociación y la destrucción total, el equilibrio es cada vez más frágil. Y en ese equilibrio, el mundo entero contiene la respiración. Porque si algo ha quedado claro en los últimos días es que el conflicto ya no se mide solo en kilómetros de frente, sino también en barriles de petróleo, en rutas marítimas y en los límites –cada vez más difusos– del derecho internacional.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha amenazado con «volar por los aires y obliterar completamente» las plantas eléctricas y los pozos petroleros de Irán si no se alcanza un acuerdo que ponga fin a la guerra y reabra el estratégico estrecho de Ormuz. Es una frase que resuena más como advertencia de castigo que como invitación a negociar. Y, sin embargo, ambas cosas parecen estar ocurriendo al mismo tiempo. La escena es la de una escalada calculada. Mientras Trump endurece el tono desde Washington –y desde sus redes sociales–, su secretario de Estado, Marco Rubio, evita concretar con quién negocia exactamente Estados Unidos dentro de Irán. Habla de «fracturas» en la cúpula de Teherán, una grieta que Washington pretende aprovechar. La estrategia es doble: presión máxima por un lado, puerta entreabierta al diálogo por otro.. Pero en Teherán no hay señales de capitulación. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baghaei, ha calificado la propuesta estadounidense de «irrealista» y ha negado que Irán haya aceptado la mayoría de las condiciones, como afirmó Trump. La negociación, si existe, se mueve en una zona gris, sin interlocutores claros ni calendario definido.. Mientras tanto, la guerra no se detiene. Un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra un orfanato al oeste de Teherán dejó al menos dos muertos, según medios iraníes. En Líbano, un casco azul indonesio de Naciones Unidas murió tras bombardeos israelíes en el sur del país. Y en Israel, los restos de un ataque interceptado impactaron en un complejo de refinerías. El conflicto ya no tiene un solo frente: se ha convertido en una constelación de choques que atraviesa toda la región.. El tablero militar se amplía también hacia el Mediterráneo. [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/internacional/africa/otan-intercepta-cuarta-vez-misil-irani-espacio-aereo-turquia_2026033069ca8e29bfc2456bae18fb57.html|||Turquía informó de que un misil lanzado presuntamente desde Irán fue «neutralizado» por activos de la OTAN]] tras entrar en su espacio aéreo. En Yemen, los hutíes –aliados de Teherán– podrían abrir un nuevo frente en el estrecho de Bab el-Mandeb, una arteria clave del comercio global. El riesgo de que el conflicto se transforme en una guerra regional abierta ya no es una hipótesis remota. Pero es en la energía donde el impacto se siente de inmediato. El crudo Brent ha superado los 116 dólares por barril, impulsado por la retórica de Trump, que incluso ha insinuado que Estados Unidos debería «tomar el petróleo de Irán». En Estados Unidos, el precio medio de la gasolina ha alcanzado los 3,99 dólares por galón, el nivel más alto desde 2022. Es una cifra simbólica, al borde de la barrera psicológica de los 4 dólares, que históricamente ha tenido efectos políticos.. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, se ha convertido en el epicentro de la presión. Aunque el tráfico marítimo comienza a reanudarse tímidamente –Pakistán ha anunciado que Irán permitirá el paso de 20 de sus buques–, los volúmenes siguen muy por debajo de los niveles previos al conflicto. Cada petrolero que cruza es hoy una apuesta.. Las economías asiáticas son las primeras en sentir el golpe. Pero, como advierte JPMorgan, la onda expansiva viajará hacia Occidente. Los países del G7 ya han prometido tomar «todas las medidas necesarias» para estabilizar los mercados energéticos y evitar un contagio económico más amplio. El mensaje es claro: la guerra ya no es solo militar, es también económica. En este contexto, las palabras importan. Y las de Trump dibujan una línea peligrosa: la de considerar la infraestructura energética como objetivo legítimo, no solo militar, sino económico. Es, en esencia, una amenaza contra el corazón productivo de un país.. La paradoja es que, mientras el lenguaje se radicaliza, la diplomacia no desaparece. Marco Rubio insiste en que la solución preferida sigue siendo negociada. Pero cada nueva explosión, cada nuevo ataque, reduce el margen para el acuerdo.. La guerra entre Estados Unidos e Irán –directa o indirecta– se mueve así en una ambigüedad inquietante: ni completamente declarada ni claramente contenida. Entre la negociación y la destrucción total, el equilibrio es cada vez más frágil. Y en ese equilibrio, el mundo entero contiene la respiración. Porque si algo ha quedado claro en los últimos días es que el conflicto ya no se mide solo en kilómetros de frente, sino también en barriles de petróleo, en rutas marítimas y en los límites –cada vez más difusos– del derecho internacional.
El presidente de EE UU vuelve a amenazar con atacar las centrales eléctricas iraníes, mientras Rubio negocia con Teherán
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