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  Internacional  Cuba: el cerrojo interno que la izquierda de salón se niega a ver
Internacional

Cuba: el cerrojo interno que la izquierda de salón se niega a ver

27 de marzo de 2026
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Mientras desde sus cómodos sillones en Ciudad de México o Madrid la progresía latinoamericana disfruta de una copa de vino, intenta explicarle a los cubanos por qué Estados Unidos ha destruido su país. Organizan un «convoy de ayuda» y solidaridad (al gobierno, no a los cubanos), pero gozan de electricidad mientras el país está sumergido en la oscuridad. Hablan con la autoridad que les da la distancia, citando teorías académicas sobre países en los que jamás han tenido que hacer una fila interminable para conseguir comida. Sin embargo, los cubanos escuchan. Escuchan desde las carencias en La Habana y, sobre todo, desde el exilio -esa diáspora que ya no cabe en una isla-.. La respuesta de quienes han vivido el sistema es tan unánime como dolorosa: no es el «bloqueo» externo, es el cerrojo interno. El cubano le responde a esa intelectualidad de café que, en más de sesenta años de Revolución, lo que han perdido no es solo la libertad, sino la dignidad misma. Y esa dignidad no se la quitaron los «yankees», se la quitaron los Castro, sus secuaces y sus cómplices. Es una dictadura que persigue, que reprime y que ha convertido la supervivencia en un castigo. El punto de quiebre definitivo ocurrió el 11 de julio de 2021. Ese día, miles de cubanos salieron a las calles de toda la isla al grito de «Patria y Vida», pidiendo libertad y el fin de una miseria que no es producto del azar, sino del control totalitario.. ¿Cuál fue la respuesta de ese régimen que la progresía defiende? «La orden de combate». El uso de la fuerza, detenciones arbitrarias de jóvenes y condenas de cárcel por el simple hecho de caminar con una bandera o filmar con un celular. El 11J desnudó al régimen y demostró que la única «soberanía» que defienden es la de su propia permanencia en el poder. El grito de «Patria y Vida» que inundó las calles aquel 11J no fue una simple consigna; fue un exorcismo contra décadas de una retórica que idolatra la muerte. Mientras la Revolución ha intentado convencer al cubano de que la única forma de ser patriota es estar dispuesto a morir por un dogma agotado, el pueblo respondió reclamando el derecho a vivir con dignidad en su propia tierra. Fue el choque frontal entre una juventud que quiere respirar y un régimen que solo sabe asfixiar. La respuesta de la dictadura -la «orden de combate»- confirmó su verdadera esencia: para que la Revolución sobreviva, la vida del cubano debe ser sacrificada, vigilada o encarcelada.. Para los defensores del régimen, este testimonio no es una realidad, sino una «falacia operada por la derecha internacional». Es el mismo guion de negacionismo que aplicaron con Venezuela: negaron la existencia de los presos políticos con una soberbia olímpica, hasta que el propio régimen tuvo que hablar de amnistías. Si no hay presos políticos, ¿a quién se amnistía? La realidad siempre termina por desbordar la mentira, pero esta progresía prefiere mantener los ojos cerrados para no arruinar su utopía de salón.. En este relato, el doble estándar está a la orden del día. Existe una gimnasia mental asombrosa para etiquetar la opresión: dictadura era la de Pinochet, pero la de Castro es, según ellos, otra cosa. Para estos sectores, con Pablo Iglesias y su hipocresía progre en primera fila, la bota que pisa el cuello del pueblo solo es condenable si es de derecha. Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Negarle a la dictadura más longeva del continente su etiqueta de dictadura es un insulto a los perseguidos. Mientras la progresía teoriza sobre la soberanía desde la comodidad de la democracia, el cubano solo pide algo básico: soberanía sobre su propia vida y el fin de un sistema que utiliza el nombre del «pueblo» para aniquilar sus sueños. Pero no piensen que esto ha quedado en la historia, sino miren las campañas que muchos siguen haciendo hoy mismo en defensa de la revolución, la soberanía y la resistencia cubanas. Para ellos, siempre desde la comodidad de Twitter, la culpa es de Estados Unidos.. Esta tragedia no ha ocurrido en el aislamiento. Ha contado con la complicidad activa de una red de líderes regionales que prefirieron la «hermandad ideológica» a la defensa de los derechos humanos. Los Kirchner en Argentina son el ejemplo más nítido: mientras hacían del juicio a la dictadura militar argentina su principal bandera moral, viajaban a La Habana a rendir pleitesía a los Castro. Fue la institucionalización del cinismo: llorar por los desaparecidos desde Buenos Aires mientras se ignoraba a los presos políticos de Villa Marista. Néstor y Cristina no solo ofrecieron oxígeno político; ofrecieron un escudo retórico que validaba al régimen como un faro moral, cuando en realidad era solo una cárcel envejecida. La marea rosa operó de escudo protector. La soberanía no importaba cuando las valijas de Chávez financiaban campañas a los amigos, o campañas -también- para limar a los enemigos.. Pero la complicidad no solo vino de la izquierda militante; también vino de la ingenuidad -o el pragmatismo frío- de Washington. El «deshielo» de Barack Obama fue, para muchos cubanos, el golpe de gracia a sus esperanzas de cambio interno. Obama apostó por una apertura que el régimen interpretó como una rendición. Se restablecieron relaciones, se tomaron fotos históricas y se relajaron sanciones, pero el régimen no cedió ni un ápice en su control social. Al contrario: el dinero del turismo y las remesas fluyó directamente a las arcas de GAESA, el conglomerado militar que hoy es dueño de la isla. El «deshielo» no empoderó al cubano de a pie; empoderó al generalato.. A esta red de apoyo político se suma una complicidad aún más insidiosa: la de la academia militante. Como bien ha señalado el politólogo Armando Chaguaceda, redes como CLACSO han funcionado durante décadas como legitimadoras del autoritarismo cubano bajo el disfraz de la «ciencia social». Mientras estos centros de pensamiento denuncian con ferocidad cualquier abuso en democracias liberales, callan o justifican las violaciones de derechos humanos en Cuba, transformando la represión en «defensa de la soberanía». Han construido una arquitectura teórica donde el cubano no es un sujeto con derechos, sino un objeto de estudio que debe sacrificarse por el éxito de un modelo que ellos solo consumen desde sus simposios y becas en el extranjero. Académicos, periodistas, políticos convalidaron el relato del romanticismo revolucionario y, ante las violaciones a los derechos humanos, eligieron callar. En su imaginario, la revolución lo justifica todo.. Esta «torpeza histórica» de América Latina y Estados Unidos ha permitido que la dictadura más longeva del continente se sienta intocable. Mientras presidentes como los Kirchner, Chávez o Lula celebraban la «resistencia» cubana, el pueblo pagaba la factura con hambre y silencio. La escena de 2009 en Puerto España quedó grabada como el monumento a la ingenuidad diplomática. Allí estaba Hugo Chávez, el showman del autoritarismo (nadie se atrevía a decir entonces esto, y a quienes lo hacíamos, nos cancelaban desde los medios y la academia), cruzando el salón con la precisión de quien sabe que está montando una emboscada mediática. Con una sonrisa de oreja a oreja, le entregó a un Barack Obama recién llegado un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina. La foto recorrió el mundo: Obama aceptando el manual del victimismo latinoamericano con una cortesía casi infantil, mientras al fondo, el coro de la época -Lula da Silva, Cristina Kirchner y Rafael Correa- celebraba el gesto como una victoria moral.. Lo que Obama festejaba como el inicio de una «nueva era» de diálogo, Chávez y los Castro lo leyeron como una validación. Fue el triunfo del soft power mal entendido: la creencia de que una sonrisa y un apretón de manos con el «imperio» borrarían la naturaleza represiva de sus regímenes. Aquel libro de Galeano -del que su propio autor renegaría años después- fue el caballo de Troya que Obama dejó entrar en su política exterior, marcando el inicio de una serie de concesiones que nunca exigieron nada a cambio. Obama sonreía para la posteridad, sin darse cuenta de que esa foto era el combustible que alimentaría el discurso de las dictaduras durante la siguiente década. El «face washing» operaba para la política exterior norteamericana y para las dictaduras al mismo tiempo.. Es imposible olvidar «Looking for Fidel», el documental donde Oliver Stone intentó retratar a Castro como un revolucionario envejecido, pero bueno y sabio. Sin embargo, ni siquiera la mirada complaciente de Stone pudo ocultar la realidad: en medio de la entrevista, el director confronta a Fidel con un grupo de prisioneros políticos que acababan de ser condenados por intentar secuestrar una lancha para huir de la isla. En ese careo, la máscara del «abuelo sabio» se cae para dejar ver al comisario implacable. Stone quería vender un mito, pero terminó registrando la mecánica de la represión. Fue el fracaso de la propaganda de lujo: incluso bajo las luces de una estrella de cine, la violación de los derechos humanos en Cuba era tan obscena que resultaba imposible de editar.. En última instancia, para esta izquierda de salón, Cuba no es un país, sino un parque temático de nostalgia ideológica donde ellos pueden jugar a ser revolucionarios sin pagar jamás el precio de la entrada. Mientras saborean sus copas y sus habanos y teorizan sobre la resistencia, ignoran deliberadamente que su utopía de escritorio es la distopía de millones. Defender desde la libertad lo que otros padecen en el cautiverio no es solidaridad, es una forma refinada de crueldad; es preferir la pureza de sus dogmas a la dignidad de los seres humanos que, desde la isla y el exilio, solo gritan que ya es hora de vivir en libertad.

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Mientras desde sus cómodos sillones en Ciudad de México o Madrid la progresía latinoamericana disfruta de una copa de vino, intenta explicarle a los cubanos por qué Estados Unidos ha destruido su país. Organizan un «convoy de ayuda» y solidaridad (al gobierno, no a los cubanos), pero gozan de electricidad mientras el país está sumergido en la oscuridad. Hablan con la autoridad que les da la distancia, citando teorías académicas sobre países en los que jamás han tenido que hacer una fila interminable para conseguir comida. Sin embargo, los cubanos escuchan. Escuchan desde las carencias en La Habana y, sobre todo, desde el exilio -esa diáspora que ya no cabe en una isla-.. La respuesta de quienes han vivido el sistema es tan unánime como dolorosa: no es el «bloqueo» externo, es el cerrojo interno. El cubano le responde a esa intelectualidad de café que, en más de sesenta años de Revolución, lo que han perdido no es solo la libertad, sino la dignidad misma. Y esa dignidad no se la quitaron los «yankees», se la quitaron los Castro, sus secuaces y sus cómplices. Es una dictadura que persigue, que reprime y que ha convertido la supervivencia en un castigo. El punto de quiebre definitivo ocurrió el 11 de julio de 2021. Ese día, miles de cubanos salieron a las calles de toda la isla al grito de «Patria y Vida», pidiendo libertad y el fin de una miseria que no es producto del azar, sino del control totalitario.. ¿Cuál fue la respuesta de ese régimen que la progresía defiende? «La orden de combate». El uso de la fuerza, detenciones arbitrarias de jóvenes y condenas de cárcel por el simple hecho de caminar con una bandera o filmar con un celular. El 11J desnudó al régimen y demostró que la única «soberanía» que defienden es la de su propia permanencia en el poder. El grito de «Patria y Vida» que inundó las calles aquel 11J no fue una simple consigna; fue un exorcismo contra décadas de una retórica que idolatra la muerte. Mientras la Revolución ha intentado convencer al cubano de que la única forma de ser patriota es estar dispuesto a morir por un dogma agotado, el pueblo respondió reclamando el derecho a vivir con dignidad en su propia tierra. Fue el choque frontal entre una juventud que quiere respirar y un régimen que solo sabe asfixiar. La respuesta de la dictadura -la «orden de combate»- confirmó su verdadera esencia: para que la Revolución sobreviva, la vida del cubano debe ser sacrificada, vigilada o encarcelada.. Para los defensores del régimen, este testimonio no es una realidad, sino una «falacia operada por la derecha internacional». Es el mismo guion de negacionismo que aplicaron con Venezuela: negaron la existencia de los presos políticos con una soberbia olímpica, hasta que el propio régimen tuvo que hablar de amnistías. Si no hay presos políticos, ¿a quién se amnistía? La realidad siempre termina por desbordar la mentira, pero esta progresía prefiere mantener los ojos cerrados para no arruinar su utopía de salón.. En este relato, el doble estándar está a la orden del día. Existe una gimnasia mental asombrosa para etiquetar la opresión: dictadura era la de Pinochet, pero la de Castro es, según ellos, otra cosa. Para estos sectores, con Pablo Iglesias y su hipocresía progre en primera fila, la bota que pisa el cuello del pueblo solo es condenable si es de derecha. Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Negarle a la dictadura más longeva del continente su etiqueta de dictadura es un insulto a los perseguidos. Mientras la progresía teoriza sobre la soberanía desde la comodidad de la democracia, el cubano solo pide algo básico: soberanía sobre su propia vida y el fin de un sistema que utiliza el nombre del «pueblo» para aniquilar sus sueños. Pero no piensen que esto ha quedado en la historia, sino miren las campañas que muchos siguen haciendo hoy mismo en defensa de la revolución, la soberanía y la resistencia cubanas. Para ellos, siempre desde la comodidad de Twitter, la culpa es de Estados Unidos.. Esta tragedia no ha ocurrido en el aislamiento. Ha contado con la complicidad activa de una red de líderes regionales que prefirieron la «hermandad ideológica» a la defensa de los derechos humanos. Los Kirchner en Argentina son el ejemplo más nítido: mientras hacían del juicio a la dictadura militar argentina su principal bandera moral, viajaban a La Habana a rendir pleitesía a los Castro. Fue la institucionalización del cinismo: llorar por los desaparecidos desde Buenos Aires mientras se ignoraba a los presos políticos de Villa Marista. Néstor y Cristina no solo ofrecieron oxígeno político; ofrecieron un escudo retórico que validaba al régimen como un faro moral, cuando en realidad era solo una cárcel envejecida. La marea rosa operó de escudo protector. La soberanía no importaba cuando las valijas de Chávez financiaban campañas a los amigos, o campañas -también- para limar a los enemigos.. Pero la complicidad no solo vino de la izquierda militante; también vino de la ingenuidad -o el pragmatismo frío- de Washington. El «deshielo» de Barack Obama fue, para muchos cubanos, el golpe de gracia a sus esperanzas de cambio interno. Obama apostó por una apertura que el régimen interpretó como una rendición. Se restablecieron relaciones, se tomaron fotos históricas y se relajaron sanciones, pero el régimen no cedió ni un ápice en su control social. Al contrario: el dinero del turismo y las remesas fluyó directamente a las arcas de GAESA, el conglomerado militar que hoy es dueño de la isla. El «deshielo» no empoderó al cubano de a pie; empoderó al generalato.. A esta red de apoyo político se suma una complicidad aún más insidiosa: la de la academia militante. Como bien ha señalado el politólogo Armando Chaguaceda, redes como CLACSO han funcionado durante décadas como legitimadoras del autoritarismo cubano bajo el disfraz de la «ciencia social». Mientras estos centros de pensamiento denuncian con ferocidad cualquier abuso en democracias liberales, callan o justifican las violaciones de derechos humanos en Cuba, transformando la represión en «defensa de la soberanía». Han construido una arquitectura teórica donde el cubano no es un sujeto con derechos, sino un objeto de estudio que debe sacrificarse por el éxito de un modelo que ellos solo consumen desde sus simposios y becas en el extranjero. Académicos, periodistas, políticos convalidaron el relato del romanticismo revolucionario y, ante las violaciones a los derechos humanos, eligieron callar. En su imaginario, la revolución lo justifica todo.. Esta «torpeza histórica» de América Latina y Estados Unidos ha permitido que la dictadura más longeva del continente se sienta intocable. Mientras presidentes como los Kirchner, Chávez o Lula celebraban la «resistencia» cubana, el pueblo pagaba la factura con hambre y silencio. La escena de 2009 en Puerto España quedó grabada como el monumento a la ingenuidad diplomática. Allí estaba Hugo Chávez, el showman del autoritarismo (nadie se atrevía a decir entonces esto, y a quienes lo hacíamos, nos cancelaban desde los medios y la academia), cruzando el salón con la precisión de quien sabe que está montando una emboscada mediática. Con una sonrisa de oreja a oreja, le entregó a un Barack Obama recién llegado un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina. La foto recorrió el mundo: Obama aceptando el manual del victimismo latinoamericano con una cortesía casi infantil, mientras al fondo, el coro de la época -Lula da Silva, Cristina Kirchner y Rafael Correa- celebraba el gesto como una victoria moral.. Lo que Obama festejaba como el inicio de una «nueva era» de diálogo, Chávez y los Castro lo leyeron como una validación. Fue el triunfo del soft power mal entendido: la creencia de que una sonrisa y un apretón de manos con el «imperio» borrarían la naturaleza represiva de sus regímenes. Aquel libro de Galeano -del que su propio autor renegaría años después- fue el caballo de Troya que Obama dejó entrar en su política exterior, marcando el inicio de una serie de concesiones que nunca exigieron nada a cambio. Obama sonreía para la posteridad, sin darse cuenta de que esa foto era el combustible que alimentaría el discurso de las dictaduras durante la siguiente década. El «face washing» operaba para la política exterior norteamericana y para las dictaduras al mismo tiempo.. Es imposible olvidar «Looking for Fidel», el documental donde Oliver Stone intentó retratar a Castro como un revolucionario envejecido, pero bueno y sabio. Sin embargo, ni siquiera la mirada complaciente de Stone pudo ocultar la realidad: en medio de la entrevista, el director confronta a Fidel con un grupo de prisioneros políticos que acababan de ser condenados por intentar secuestrar una lancha para huir de la isla. En ese careo, la máscara del «abuelo sabio» se cae para dejar ver al comisario implacable. Stone quería vender un mito, pero terminó registrando la mecánica de la represión. Fue el fracaso de la propaganda de lujo: incluso bajo las luces de una estrella de cine, la violación de los derechos humanos en Cuba era tan obscena que resultaba imposible de editar.. En última instancia, para esta izquierda de salón, Cuba no es un país, sino un parque temático de nostalgia ideológica donde ellos pueden jugar a ser revolucionarios sin pagar jamás el precio de la entrada. Mientras saborean sus copas y sus habanos y teorizan sobre la resistencia, ignoran deliberadamente que su utopía de escritorio es la distopía de millones. Defender desde la libertad lo que otros padecen en el cautiverio no es solidaridad, es una forma refinada de crueldad; es preferir la pureza de sus dogmas a la dignidad de los seres humanos que, desde la isla y el exilio, solo gritan que ya es hora de vivir en libertad.

 

Durante décadas, una red de complicidades políticas y diplomáticas sostuvo el mito de la revolución cubana, pero dentro la escasez, el control y la falta de derechos convertían la vida cotidiana en una lucha constante por sobrevivir

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