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  Cultura  Guadalcanal: el paraíso infernal
Cultura

Guadalcanal: el paraíso infernal

22 de marzo de 2026
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“Guadalcanal es una isla de sorprendente belleza. Montañas color verde azulado que se elevan bajo un brillante cielo tropical, coronadas de nubes, dominan la isla. El verde oscuro de la jungla se mezcla con los tonos más claros y amarronados de las plantaciones de cocoteros, las llanuras herbosas y las lomas”, afirmó un corresponsal de los marines al ver, desde unos de los barcos de la flota de asalto, la que iba a convertirse en una de las islas más famosas de la Segunda Guerra Mundial. Se equivocaba.. Como ya sabían los japoneses y pronto iban a averiguar los estadounidenses, en Guadalcanal solo había dos estaciones: la húmeda y la más húmeda. La lluvia caía casi todas las noches, colándose entre las rendijas de las lonas de tela encerada y empapando a los hombres, que se pasaban las horas de sueño tiritando para enfrentarse al calor aplastante del día en cuanto amanecía. El olor de la jungla que los rodeaba fue otro de los recuerdos que los supervivientes de aquella campaña infernal trajeron a casa. Bajo la penumbra de las ramas, la temperatura hacía que todo se descompusiera. “El suelo es poroso bajo la vegetación en putrefacción –escribió un comandante estadounidense–, que emite un olor agrio y desagradable […]. La carne recién muerta empieza a descomponerse en apenas unas horas”. En estas condiciones, el agua no tardaba en criar moho y todo tipo de microorganismo infecciosos; el problema con la disentería y otras enfermedades intestinales no fue saber si se contraería, sino cuándo. No solo la jungla era hostil, también eran peligrosas las amplias praderas de yerba kunai, o yerba de sangre, que alcanzaba los dos metros de altura y cuyos bordes afilados y serrados cortaban profundamente la piel de los incautos.. Un esfuerzo sobrehumano. La densidad de la floresta convertía cada metro de camino en un esfuerzo sobrehumano y obligó a unos y a otros a desplazarse casi siempre por la pista gubernamental, que recorría la costa, y por las escasas sendas nativas, que a la más mínima precipitación se convertían en toboganes de lodo, colina arriba o abajo. “Serpientes, cocodrilos, escolopendras, que se arrastraban sobre la piel dejando una estela de hinchazón –escribió William Manchester tras su paso por la isla–, cangrejos terrestres, que se escabullían de noche haciendo un ruido idéntico al de los japoneses cuando se infiltraban, escorpiones, lagartos, sanguijuelas de los árboles, cacatúas que sonaban como el líder de una carga ‘banzai’, avispas tan largas como un dedo y arañas del tamaño un puño. Y mosquitos, mosquitos, mosquitos, todos ellos portadores de malaria”.. A pesar de todo esto, el infierno geográfico, vegetal y faunístico de Guadalcanal no fue más que el escenario al que los combatientes trajeron sus propias privaciones. Tras la derrota naval de la madrugada del 9 de agosto, en que los estadounidenses perdieron cuatro cruceros y el quinto quedó dañado de gravedad, la flota de transporte abandonó a los marines en tierra con municiones para cuatro días y raciones para diecisiete a razón de dos –no tres– comidas diarias, un desayuno a base de café, negro, y una cena escasa y monótona, habitualmente a base de arroz capturado a la guarnición japonesa tras el desembarco, patatas deshidratas, carne enlatada –llamada Spam–salchichas y cocos, abundantes en la isla pero poco sanos si se abusaba de ellos. El hambre vino a sumarse a las heridas y a las enfermedades. Las fotografías de septiembre y octubre muestran a unos combatientes estadounidenses muy delgados, pero al menos ellos tenían algo que comer.. En Guadalcanal, el Ejército japonés se enfrentó a un problema logístico prácticamente insoluble. El dominio aéreo estadounidense sobre la isla los obligó a enviar sus convoyes de noche y cometieron el error de primar el traslado de tropas y municiones al de suministros para alimentarlas. Además, sus operaciones implicaron a menudo que los hombres tuvieran que internarse en la jungla durante días, sin más alimentos que los que pudieran cargar. Para su ofensiva de septiembre, el general Kawaguchi partió de Tasimboko con raciones para dos días, pues esperaba derrotar al enemigo y alimentar a sus tropas con los suministros de este. Sin embargo, el traslado al punto de asalto duró más de lo previsto y el ataque fracasó. Cuando empezaron a llegar a Kokumbona durante la tarde del 19 de septiembre los soldados japoneses parecían “espectros. Esqueléticos, apenas capaces de moverse, habiendo tirado sus armas a causa de la debilidad física causada por el agotamiento, la sed y el hambre” en palabras del historiador Richard B. Frank. Y no eran los que estaban en peor estado. Uno de los batallones que participó en la acción se perdió durante tres semanas antes de conseguir regresar a sus propias líneas.. Para saber más…. ‘Guadalcanal. El desembarco de los marines’ (Desperta Ferro Contemporánea n.º 74), 68 páginas, 7,50 euros.

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“Guadalcanal es una isla de sorprendente belleza. Montañas color verde azulado que se elevan bajo un brillante cielo tropical, coronadas de nubes, dominan la isla. El verde oscuro de la jungla se mezcla con los tonos más claros y amarronados de las plantaciones de cocoteros, las llanuras herbosas y las lomas”, afirmó un corresponsal de los marines al ver, desde unos de los barcos de la flota de asalto, la que iba a convertirse en una de las islas más famosas de la Segunda Guerra Mundial. Se equivocaba.. Como ya sabían los japoneses y pronto iban a averiguar los estadounidenses, en Guadalcanal solo había dos estaciones: la húmeda y la más húmeda. La lluvia caía casi todas las noches, colándose entre las rendijas de las lonas de tela encerada y empapando a los hombres, que se pasaban las horas de sueño tiritando para enfrentarse al calor aplastante del día en cuanto amanecía. El olor de la jungla que los rodeaba fue otro de los recuerdos que los supervivientes de aquella campaña infernal trajeron a casa. Bajo la penumbra de las ramas, la temperatura hacía que todo se descompusiera. “El suelo es poroso bajo la vegetación en putrefacción –escribió un comandante estadounidense–, que emite un olor agrio y desagradable […]. La carne recién muerta empieza a descomponerse en apenas unas horas”. En estas condiciones, el agua no tardaba en criar moho y todo tipo de microorganismo infecciosos; el problema con la disentería y otras enfermedades intestinales no fue saber si se contraería, sino cuándo. No solo la jungla era hostil, también eran peligrosas las amplias praderas de yerba kunai, o yerba de sangre, que alcanzaba los dos metros de altura y cuyos bordes afilados y serrados cortaban profundamente la piel de los incautos.. Un esfuerzo sobrehumano. La densidad de la floresta convertía cada metro de camino en un esfuerzo sobrehumano y obligó a unos y a otros a desplazarse casi siempre por la pista gubernamental, que recorría la costa, y por las escasas sendas nativas, que a la más mínima precipitación se convertían en toboganes de lodo, colina arriba o abajo. “Serpientes, cocodrilos, escolopendras, que se arrastraban sobre la piel dejando una estela de hinchazón –escribió William Manchester tras su paso por la isla–, cangrejos terrestres, que se escabullían de noche haciendo un ruido idéntico al de los japoneses cuando se infiltraban, escorpiones, lagartos, sanguijuelas de los árboles, cacatúas que sonaban como el líder de una carga ‘banzai’, avispas tan largas como un dedo y arañas del tamaño un puño. Y mosquitos, mosquitos, mosquitos, todos ellos portadores de malaria”.. A pesar de todo esto, el infierno geográfico, vegetal y faunístico de Guadalcanal no fue más que el escenario al que los combatientes trajeron sus propias privaciones. Tras la derrota naval de la madrugada del 9 de agosto, en que los estadounidenses perdieron cuatro cruceros y el quinto quedó dañado de gravedad, la flota de transporte abandonó a los marines en tierra con municiones para cuatro días y raciones para diecisiete a razón de dos –no tres– comidas diarias, un desayuno a base de café, negro, y una cena escasa y monótona, habitualmente a base de arroz capturado a la guarnición japonesa tras el desembarco, patatas deshidratas, carne enlatada –llamada Spam–salchichas y cocos, abundantes en la isla pero poco sanos si se abusaba de ellos. El hambre vino a sumarse a las heridas y a las enfermedades. Las fotografías de septiembre y octubre muestran a unos combatientes estadounidenses muy delgados, pero al menos ellos tenían algo que comer.. En Guadalcanal, el Ejército japonés se enfrentó a un problema logístico prácticamente insoluble. El dominio aéreo estadounidense sobre la isla los obligó a enviar sus convoyes de noche y cometieron el error de primar el traslado de tropas y municiones al de suministros para alimentarlas. Además, sus operaciones implicaron a menudo que los hombres tuvieran que internarse en la jungla durante días, sin más alimentos que los que pudieran cargar. Para su ofensiva de septiembre, el general Kawaguchi partió de Tasimboko con raciones para dos días, pues esperaba derrotar al enemigo y alimentar a sus tropas con los suministros de este. Sin embargo, el traslado al punto de asalto duró más de lo previsto y el ataque fracasó. Cuando empezaron a llegar a Kokumbona durante la tarde del 19 de septiembre los soldados japoneses parecían “espectros. Esqueléticos, apenas capaces de moverse, habiendo tirado sus armas a causa de la debilidad física causada por el agotamiento, la sed y el hambre” en palabras del historiador Richard B. Frank. Y no eran los que estaban en peor estado. Uno de los batallones que participó en la acción se perdió durante tres semanas antes de conseguir regresar a sus propias líneas.. Para saber más…. ‘Guadalcanal. El desembarco de los marines’ (Desperta Ferro Contemporánea n.º 74), 68 páginas, 7,50 euros.

 

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