Pocas figuras representan mejor la tragedia española durante el siglo XX que la de Manuel Azaña. El que fuera último presidente de la Segunda República sigue siendo en la actualidad un nombre controvertido tanto por unos como por otros, hasta el punto de no han sido pocas las ocasiones que ha sido reivindicado por aquellos que supuestamente están en sus antípodas ideológicas. El intelectual y político se preocupó por dejar por escrito sus impresiones y sus vivencias en una serie de diarios que son fundamentales para conocer una parte de la intrahistoria del país, una herramienta fundamental para cualquier biógrafo.. Hay afortunadamente accesible mucha documentación para seguir los pasos de Azaña. Una fuente importante es la correspondencia que recibió a lo largo de los años. Un libro publicado ahora por Notas al Margen nos permite conocer la relación del intelectual y político gracias a algunas de las misivas recibidas entre 1918 y 1939. «Mi muy querido amigo Azaña» es una buena oportunidad para saber de las amistades y de los intereses de nuestro protagonista, con la particularidad que cada una de las notas que se reproducen en el volumen cuenta con un estudio de un especialista. De esta manera podemos saber lo que le dijeron nombres como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Victoria Kent o Indalecio Prieto, entre otros.. El volumen se abre con la carta que el 24 de diciembre de 1918 escribió Unamuno a Azaña, poco antes de que se case uno de los hijos del autor vasco, un hecho que provocaba que el autor de «Abel Martín» no pudiera estar en Madrid para dictar una conferencia. Con esa excusa, Unamuno redactó unas líneas en las que, como apunta en su estudio José María Ridao, ya se intuyen los recelos existentes entre los dos grandes hombres, por ejemplo en lo relacionado con Cataluña. Al referirse en la carta a la Unión Democrática Española, el polémico escritor aconseja «que prepare por lo menos las bases de la reunión confiderativa de la nación española y la catalana ya que Cataluña ha de acabar y muy pronto de separase del todo del Reino de España y constituirse en Estado absolutamente independiente». Unamuno no dejaba pasar la ocasión para recordar que «en tiempo de Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro Habsburgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su Canciller Canalejas, se pensó en conquistar Portugal y del triunfo, descontando en el Palacio de Oriente, de Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico, bulgarizándose España». Por todo ello, Unamuno no se lo pensaba dos veces y le aseguraba a Azaña que «justo es, pues, que España pierda Cataluña. Y la perderá, no me cabe la menor duda de que la perderá. La federación no es más que una hoja de parra».. Que la Segunda República no lo tuvo nada fácil es algo sobradamente conocido, especialmente por las dramáticas circunstancias de su final. En noviembre de 1934, cuando empezaba escucharse en la lejanía los rumores del ruido de sables en algunos cuarteles, Azaña fue detenido, para algunos de manera ilegal, en Barcelona por entender que él era cómplice de la proclamación del Estat Català por Companys. Ese suceso desembocó en numerosas adhesiones y cartas de apoyo, como la que le mandó la ya ex diputada y abogada Victoria Kent. «No puedo dejar pasar estos momentos dolorosos para usted sin expresarle mi profundo sentimiento por la desgracia que le conmueve». Kent se mostraba conmovida por todo lo que había pasado y no quería dejar pasar la ocasión para demostrar al político su afecto: «Usted no necesita unas líneas para saber los que tiene a su lado, sé que no necesita usted de ningún signo para reconocernos y estoy segura de que le consta mi devoción y mi lealtad hacia usted». Manuel Azaña fue finalmente liberado el 24 de diciembre de ese 1934, disparándose su prestigio, hecho que aprovechó para liderar la unidad de los republicanos, una aventura política que lo llevaría en 1936 otra vez a la presidencia del Gobierno.. Resulta especialmente conmovedora la carta que Azaña recibió, ya en el exilio francés, de Santiago Casares Quiroga, el que fuera ministro de la Guerra en julio de 1936, en el momento en el que un grupo de militares decidió que lo mejor era aplastar a la República a cualquier precio. Pero el 1 de diciembre de 1939, Casares Quiroga estaba instalado en París y había logrado la nueva dirección de un Azaña ya cansado y enfermo. Los dos, desterrados de su patria, ahora estaban asistiendo al inicio de la Segunda Guerra Mundial. «A mí me cogió la guerra en Bretaña, en Camaret-sur-Mer en donde Colonna-Romano tiene su casa veraniega y adonde ya a fines de julio me había llevado a ella a Gloria y a María Victoria. En ese rincón del mundo, en que no hay más que mar abierto, rocas contorsionadas y viento permanentemente huracanado, me pasé cerca de dos meses –exactamente desde el 4 de agosto al 30 de septiembre–, haciendo vida de salvaje y conviviendo con las gaviotas la mayor parte del tiempo», rememoraba Casares Quiroga.. Al igual que muchos desterrados que habían decidido permanecer en Europa, la expansión del nazismo había echado abajo el deseo de trasladarse a América. A Casares Quiroga, como le explicaba a Azaña, también lo frenaba en suelo francés «la cada vez más decidida vocación de María Victoria». Hablaba de su hija María Casares, una reconocidísima actriz.
Un libro recoge cartas recibidas por quien fuera presidente de la Segunda República
Pocas figuras representan mejor la tragedia española durante el siglo XX que la de Manuel Azaña. El que fuera último presidente de la Segunda República sigue siendo en la actualidad un nombre controvertido tanto por unos como por otros, hasta el punto de no han sido pocas las ocasiones que ha sido reivindicado por aquellos que supuestamente están en sus antípodas ideológicas. El intelectual y político se preocupó por dejar por escrito sus impresiones y sus vivencias en una serie de diarios que son fundamentales para conocer una parte de la intrahistoria del país, una herramienta fundamental para cualquier biógrafo.. Hay afortunadamente accesible mucha documentación para seguir los pasos de Azaña. Una fuente importante es la correspondencia que recibió a lo largo de los años. Un libro publicado ahora por Notas al Margen nos permite conocer la relación del intelectual y político gracias a algunas de las misivas recibidas entre 1918 y 1939. «Mi muy querido amigo Azaña» es una buena oportunidad para saber de las amistades y de los intereses de nuestro protagonista, con la particularidad que cada una de las notas que se reproducen en el volumen cuenta con un estudio de un especialista. De esta manera podemos saber lo que le dijeron nombres como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Victoria Kent o Indalecio Prieto, entre otros.. El volumen se abre con la carta que el 24 de diciembre de 1918 escribió Unamuno a Azaña, poco antes de que se case uno de los hijos del autor vasco, un hecho que provocaba que el autor de «Abel Martín» no pudiera estar en Madrid para dictar una conferencia. Con esa excusa, Unamuno redactó unas líneas en las que, como apunta en su estudio José María Ridao, ya se intuyen los recelos existentes entre los dos grandes hombres, por ejemplo en lo relacionado con Cataluña. Al referirse en la carta a la Unión Democrática Española, el polémico escritor aconseja «que prepare por lo menos las bases de la reunión confiderativa de la nación española y la catalana ya que Cataluña ha de acabar y muy pronto de separase del todo del Reino de España y constituirse en Estado absolutamente independiente». Unamuno no dejaba pasar la ocasión para recordar que «en tiempo de Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro Habsburgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su Canciller Canalejas, se pensó en conquistar Portugal y del triunfo, descontando en el Palacio de Oriente, de Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico, bulgarizándose España». Por todo ello, Unamuno no se lo pensaba dos veces y le aseguraba a Azaña que «justo es, pues, que España pierda Cataluña. Y la perderá, no me cabe la menor duda de que la perderá. La federación no es más que una hoja de parra».. Que la Segunda República no lo tuvo nada fácil es algo sobradamente conocido, especialmente por las dramáticas circunstancias de su final. En noviembre de 1934, cuando empezaba escucharse en la lejanía los rumores del ruido de sables en algunos cuarteles, Azaña fue detenido, para algunos de manera ilegal, en Barcelona por entender que él era cómplice de la proclamación del Estat Català por Companys. Ese suceso desembocó en numerosas adhesiones y cartas de apoyo, como la que le mandó la ya ex diputada y abogada Victoria Kent. «No puedo dejar pasar estos momentos dolorosos para usted sin expresarle mi profundo sentimiento por la desgracia que le conmueve». Kent se mostraba conmovida por todo lo que había pasado y no quería dejar pasar la ocasión para demostrar al político su afecto: «Usted no necesita unas líneas para saber los que tiene a su lado, sé que no necesita usted de ningún signo para reconocernos y estoy segura de que le consta mi devoción y mi lealtad hacia usted». Manuel Azaña fue finalmente liberado el 24 de diciembre de ese 1934, disparándose su prestigio, hecho que aprovechó para liderar la unidad de los republicanos, una aventura política que lo llevaría en 1936 otra vez a la presidencia del Gobierno.. Resulta especialmente conmovedora la carta que Azaña recibió, ya en el exilio francés, de Santiago Casares Quiroga, el que fuera ministro de la Guerra en julio de 1936, en el momento en el que un grupo de militares decidió que lo mejor era aplastar a la República a cualquier precio. Pero el 1 de diciembre de 1939, Casares Quiroga estaba instalado en París y había logrado la nueva dirección de un Azaña ya cansado y enfermo. Los dos, desterrados de su patria, ahora estaban asistiendo al inicio de la Segunda Guerra Mundial. «A mí me cogió la guerra en Bretaña, en Camaret-sur-Mer en donde Colonna-Romano tiene su casa veraniega y adonde ya a fines de julio me había llevado a ella a Gloria y a María Victoria. En ese rincón del mundo, en que no hay más que mar abierto, rocas contorsionadas y viento permanentemente huracanado, me pasé cerca de dos meses –exactamente desde el 4 de agosto al 30 de septiembre–, haciendo vida de salvaje y conviviendo con las gaviotas la mayor parte del tiempo», rememoraba Casares Quiroga.. Al igual que muchos desterrados que habían decidido permanecer en Europa, la expansión del nazismo había echado abajo el deseo de trasladarse a América. A Casares Quiroga, como le explicaba a Azaña, también lo frenaba en suelo francés «la cada vez más decidida vocación de María Victoria». Hablaba de su hija María Casares, una reconocidísima actriz.
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