No es posible explicar el destacado y diferencial crecimiento del empleo y de la economía española de los últimos años sin apelar a la extraordinaria contribución del proceso migratorio que lo ha acompañado; un “segundo bum” de la inmigración, como lo denomina Jesús Fernández-Huertas en un reciente estudio.. Seguir leyendo
Hay que situar su integración plena en el centro de la agenda pública. Es una cuestión no solo social, sino también económica
No es posible explicar el destacado y diferencial crecimiento del empleo y de la economía española de los últimos años sin apelar a la extraordinaria contribución del proceso migratorio que lo ha acompañado; un “segundo bum” de la inmigración, como lo denomina Jesús Fernández-Huertas en un reciente estudio.. En los 25 años transcurridos de este siglo, España ha recorrido aceleradamente un camino que los grandes países europeos homologables dilataron durante varias décadas. Un camino que en cada país responde a especificidades concretas, pero que conjuga en todos ellos tres fenómenos: la globalización, la riqueza desigual y, más recientemente, el declive demográfico que abanderamos los países desarrollados.. En el caso de España, la implosión de la población nativa avanza con paso firme en la última década. No obstante, y afortunadamente para la sostenibilidad de nuestro sistema productivo, ha sido más que compensada por un intenso flujo inmigratorio que ha facilitado nuestro despegue tras la gran crisis financiera. De manera especialmente intensa en los últimos años, tras la pausa de la crisis de la covid-19.. Este segundo bum migratorio —el primero estuvo vinculado a la gran expansión en los primeros años dos mil— ha propiciado un saldo final que hoy en día no tiene parangón por la rapidez con la que se ha alcanzado. El 20% de los ya casi 50 millones de personas que residen ahora en nuestro país no ha nacido en España. Proporción que no es muy diferente a la de otros grandes países europeos, pero que en casi su totalidad se han incorporado en este último cuarto de siglo.. Esta tendencia se consolidará en el futuro hasta alcanzar una de cada tres personas en el próximo cuarto. La recesión demográfica interna provocará que los nacidos en España seamos menos de 35 millones de personas en 2050. Esta era la población española de hace más de 50 años. Súmese a ello que, fruto precisamente de la creciente longevidad y las bajas tasas de natalidad, su edad media será muy superior.. En consecuencia, el peso de la población inmigrante dentro de la población laboral será incluso superior. En un escenario promedio se situará sobre la cota del 40%. La velocidad de la transformación es extraordinaria. La reciente experiencia del periodo pospandemia nos dice que, comparando 2025 con 2019, el 68% de los casi 2,5 millones de empleos creados -dos de cada tres- han sido ocupados por nacidos fuera de España.. Conocer cuál ha sido la experiencia de integración de la población inmigrante y cómo está cambiando su perfil es bien relevante para confrontar la consolidación de marcos interpretativos que la presentan como amenaza, pese a su aportación económica. También para anticipar y responder adecuadamente a los impactos que se están produciendo en servicios como la educación, la sanidad, en algunas infraestructuras públicas o en el mercado inmobiliario, derivados del extraordinario y acelerado cambio demográfico que se está produciendo. Para facilitar, en definitiva, que persista, e incluso se acreciente, esa contribución neta positiva de un fenómeno que es estructural e irreversible en las próximas décadas en economías desarrolladas como la nuestra.. En el caso español, la inmigración procede mayoritariamente de América Latina, lo que implica mayor homogeneidad cultural y lingüística respecto a otros países europeos. Hay novedades relevantes señaladas en un interesante estudio del Consejo Económico y Social. En primer lugar, está cambiando la composición por origen, reforzándose en este segundo bum aún más el perfil latinoamericano y menos el europeo oriental que en el primero. Respecto a países en concreto, Colombia y Venezuela sustituyen a Rumania y Ecuador como principales orígenes, en tanto que Marruecos mantiene un peso estable. En segundo lugar, es muy destacable que el nivel educativo medio de los inmigrantes ha aumentado considerablemente durante esta segunda oleada. La proporción de inmigrantes con estudios universitarios ha pasado del 17% en el primer boom a casi el 30% en este segundo. No tan lejos ya de la proporción de poco más del 40% que supone la población con estudios universitarios en España o en la OCDE dentro de la población total entre 25 y 64 años.. Desde el ángulo de su integración laboral, las personas trabajadoras de origen migrante presentan tasas de desempleo más elevadas y menores probabilidades de empleo en el momento de llegada, aunque existe convergencia progresiva con el tiempo. También se produce una alta concentración en sectores y ocupaciones de bajos salarios. De hecho, el 80% de los asalariados extranjeros se sitúa en ocupaciones con salarios inferiores a la media frente al 60% de los nacionales. Por último, aunque la brecha salarial se reduce con los años de estancia, lo hace en menor medida que en otros países.. Una característica adicional es que, aunque España muestra en general una incidencia elevada de la sobrecualificación, esta es considerablemente mayor entre la población de origen migrante. Los desajustes se reducen con el tiempo de residencia, pero persisten incluso entre personas con doble nacionalidad, lo que apunta a problemas estructurales de reconocimiento de cualificaciones y segmentación del mercado laboral. Qué sucede con las segundas generaciones es otra consideración de singular importancia a tenor de la desigual experiencia de otros países que nos han precedido en los procesos migratorios. Afortunadamente se constata una movilidad ascendente intergeneracional respecto a la primera generación. Cierto que también se evidencia que las segundas generaciones no alcanzan una plena equiparación con la población autóctona.. Finalmente, en su dimensión territorial, la población inmigrante muestra una fuerte concentración urbana —el 84% de la población extranjera habita en áreas urbanas en 2025— que supera a la nativa. Aun así, está aumentando su presencia en zonas rurales.. Aunque incompleta, esta es la radiografía sintética de un segmento relevante de la población española sobre la que se articula decisivamente la sostenibilidad de los cuidados domésticos, la construcción, la hostelería, la agricultura, el transporte o los servicios auxiliares de creciente valor añadido. Sin su concurso colapsaría nuestro sistema productivo.. Conocer a fondo esta realidad, así como anticipar y adoptar las políticas públicas adecuadas, es estratégico para enfrentar, desde la perspectiva económica, pero no solo, el futuro del país. Tanto más si consideramos nuestra deriva demográfica. Aunque mucho más envejecida, la población hoy de nacidos en España —poco más de 40 millones de personas— coincide básicamente con la que era la población total en el año 2000, nativos entonces en su práctica totalidad. Estos seremos entre cinco y seis millones de personas menos en 25 años, de los que más de un 30% superarán los 65 años. Tal pérdida de población estará contrarrestada por la incorporación de un número similar de nueva población inmigrante, que se sumará a los cerca de 10 millones actuales. Dado que, como nunca antes, van a ser quienes soporten críticamente ese futuro, es tiempo de situar su integración plena en el centro de la agenda pública. No solo como una cuestión social, sino como una condición imprescindible para la viabilidad económica del país.. Daniel Manzano es doctor en Economía y socio de Afi.
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