Durante años nos han repetido que ser educados abre puertas: dar las gracias, no levantar la voz, ceder el paso. Y es verdad… hasta que la cortesía se confunde con sumisión. Ahí empieza un fenómeno silencioso: sin darte cuenta, vas enviando señales de que tus límites son negociables y de que tu tiempo (y tu dignidad) están en oferta.. Se trata de conductas amables que, acumuladas, acaban degradando tu autoridad personal en el trabajo, en la pareja y en la familia. A ese retrato le ponen nombre muchos psicólogos: people-pleasing (complacer por defecto), un patrón asociado a baja autoestima, miedo al conflicto y tendencia a priorizar la aprobación externa.. Pedir perdón como muletilla. «Perdona, una pregunta», «perdón por molestar…». El exceso de disculpa suele estar ligado al miedo a desagradar y a la sensación de poca valía.. Decir «sí» automáticamente. Ayudar no es el problema; la incapacidad de decir no sí. Cuando siempre estás disponible, tu agenda se convierte en un bien comunal: cualquiera la ocupa.. Hacerte pequeño: restar importancia a tus necesidades. «Me da igual», «como queráis», «yo me adapto». A veces es flexibilidad; cuando es constante, es borrarte del mapa: dejas de contar incluso para ti.. Sobreexplicar cada decisión. Dar una razón breve es comunicación; montar una defensa jurídica es pedir permiso. Cuanto más justificas, más abres la puerta a que te debatan lo que ya es tuyo: tu decisión.. Usar el autodesprecio como chiste recurrente. La autocrítica ligera puede ser cercana; la autoflagelación en formato broma acaba creando una marca personal: «incompetente», «despistado», «un desastre».. Rechazar los cumplidos. «No es para tanto», «ha sido suerte», «cualquiera lo hace». A fuerza de negar el mérito, terminas renunciando al crédito (y a que te lo asignen).. Pedir permiso para lo que te gusta. Buscar consejo es sano; pedir autorización para vivir es otra cosa. Cuando delegas el permiso, también delegas el volante.. Asumir culpas que no te corresponden. «Perdona por el ambiente», «lo siento por lo que ha dicho mi jefe», «perdón si te lo has tomado mal». Es una forma de anestesiar el conflicto a costa de cargar con responsabilidades ajenas.. Evitar el conflicto incluso cuando hay falta de respeto. Callarte ‘para no montar un lío’ puede parecer madurez. Repetido, es una invitación: la otra persona aprende que contigo no hay coste social. Poner límites no es agresión; es higiene relacional.
Los psicólogos suelen denominarlo people-pleasing (complacer por defecto)
Durante años nos han repetido que ser educados abre puertas: dar las gracias, no levantar la voz, ceder el paso. Y es verdad… hasta que la cortesía se confunde con sumisión. Ahí empieza un fenómeno silencioso: sin darte cuenta, vas enviando señales de que tus límites son negociables y de que tu tiempo (y tu dignidad) están en oferta.. Se trata de conductas amables que, acumuladas, acaban degradando tu autoridad personal en el trabajo, en la pareja y en la familia. A ese retrato le ponen nombre muchos psicólogos: people-pleasing (complacer por defecto), un patrón asociado a baja autoestima, miedo al conflicto y tendencia a priorizar la aprobación externa.. Pedir perdón como muletilla. «Perdona, una pregunta», «perdón por molestar…». El exceso de disculpa suele estar ligado al miedo a desagradar y a la sensación de poca valía.. Decir «sí» automáticamente. Ayudar no es el problema; la incapacidad de decir no sí. Cuando siempre estás disponible, tu agenda se convierte en un bien comunal: cualquiera la ocupa.. Hacerte pequeño: restar importancia a tus necesidades. «Me da igual», «como queráis», «yo me adapto». A veces es flexibilidad; cuando es constante, es borrarte del mapa: dejas de contar incluso para ti.. Sobreexplicar cada decisión. Dar una razón breve es comunicación; montar una defensa jurídica es pedir permiso. Cuanto más justificas, más abres la puerta a que te debatan lo que ya es tuyo: tu decisión.. Usar el autodesprecio como chiste recurrente. La autocrítica ligera puede ser cercana; la autoflagelación en formato broma acaba creando una marca personal: «incompetente», «despistado», «un desastre».. Rechazar los cumplidos. «No es para tanto», «ha sido suerte», «cualquiera lo hace». A fuerza de negar el mérito, terminas renunciando al crédito (y a que te lo asignen).. Pedir permiso para lo que te gusta. Buscar consejo es sano; pedir autorización para vivir es otra cosa. Cuando delegas el permiso, también delegas el volante.. Asumir culpas que no te corresponden. «Perdona por el ambiente», «lo siento por lo que ha dicho mi jefe», «perdón si te lo has tomado mal». Es una forma de anestesiar el conflicto a costa de cargar con responsabilidades ajenas.. Evitar el conflicto incluso cuando hay falta de respeto. Callarte ‘para no montar un lío’ puede parecer madurez. Repetido, es una invitación: la otra persona aprende que contigo no hay coste social. Poner límites no es agresión; es higiene relacional.
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