Para amores, los literarios. O sea, los de ficción, más reales, con el paso del tiempo, que aquellos que lo fueron de verdad. Amores que, desafiando las leyes de la naturaleza, vencieron a la muerte (“polvo serán, mas polvo enamorado”, escribió Quevedo). Amores que han perdurado durante siglos en la memoria colectiva de las gentes. Amores inmortales.. Amores mitológicos, como los que protagonizan Orfeo y Venus. Orfeo, que fascina con su canto a los animales, a las plantas e incluso a las piedras, desciende a los infiernos tras la muerte de su esposa Eurídice y persuade con su canto al dios Hades para que la deje volver al mundo de los vivos. Pero, en el camino de regreso, y pese a la prohibición que se le había hecho, Orfeo se vuelve para mirarla y Eurídice desaparece para siempre. La diosa Venus, que había nacido de la espuma del mar y había maravillado con sus encantos a todos los dioses del Olimpo, acude demasiado tarde en socorro de su amante, el joven Adonis, y no puede evitar que este sea despedazado por un jabalí furioso.. Amores trágicos, que siguen conmoviendo todavía hoy a los lectores. En la Eneida de Virgilio, la reina Dido de Cartago se enamora perdidamente de Eneas, pero, ante la imposibilidad de retenerle a su lado, se suicida. Tristán e Iseo, protagonistas de la leyenda por excelencia del ciclo artúrico (esto es, de las historias en torno al mítico rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda), se enamoran al beber por equivocación un filtro mágico, y finalmente Iseo expira sobre el cadáver de Tristán, que había muerto de dolor al creerse olvidado por ella. En la celebérrima obra de Shakespeare, el amor apasionado de dos jóvenes, avivado por la enconada rivalidad de las dos familias de Verona a la que pertenecen, los Montesco (Romeo) y los Capuleto (Julieta), perdura más allá de su temprana muerte.. Amores imposibles, como los de don Juan y doña Inés en el Don Juan Tenorio de Zorrilla, o los del joven Werther ideado por Goethe y convertido en su día en prototipo del héroe romántico, que se quita la vida al no ser correspondido por Carlota.. Amores que trajeron desolación y ruina, como los de Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, que rapta a la princesa griega Helena y así se desencadena la guerra que cantó Homero.. Amores capaces de sobrevivir a todas las pruebas y adversidades, como los del aventurero Ulises y la fiel Penélope que le espera en Ítaca.. Amores idealizados y solo soñados como los que sentía Dante por Beatriz, los trovadores provenzales por sus damas y don Quijote por su señora Dulcinea.. Lo dicho: para amores, los que salen en los libros, porque han vencido al tiempo y al olvido.
Amores que han perdurado durante siglos en la memoria colectiva de las gentes
Para amores, los literarios. O sea, los de ficción, más reales, con el paso del tiempo, que aquellos que lo fueron de verdad. Amores que, desafiando las leyes de la naturaleza, vencieron a la muerte (“polvo serán, mas polvo enamorado”, escribió Quevedo). Amores que han perdurado durante siglos en la memoria colectiva de las gentes. Amores inmortales.. Amores mitológicos, como los que protagonizan Orfeo y Venus. Orfeo, que fascina con su canto a los animales, a las plantas e incluso a las piedras, desciende a los infiernos tras la muerte de su esposa Eurídice y persuade con su canto al dios Hades para que la deje volver al mundo de los vivos. Pero, en el camino de regreso, y pese a la prohibición que se le había hecho, Orfeo se vuelve para mirarla y Eurídice desaparece para siempre. La diosa Venus, que había nacido de la espuma del mar y había maravillado con sus encantos a todos los dioses del Olimpo, acude demasiado tarde en socorro de su amante, el joven Adonis, y no puede evitar que este sea despedazado por un jabalí furioso.. Amores trágicos, que siguen conmoviendo todavía hoy a los lectores. En la Eneida de Virgilio, la reina Dido de Cartago se enamora perdidamente de Eneas, pero, ante la imposibilidad de retenerle a su lado, se suicida. Tristán e Iseo, protagonistas de la leyenda por excelencia del ciclo artúrico (esto es, de las historias en torno al mítico rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda), se enamoran al beber por equivocación un filtro mágico, y finalmente Iseo expira sobre el cadáver de Tristán, que había muerto de dolor al creerse olvidado por ella. En la celebérrima obra de Shakespeare, el amor apasionado de dos jóvenes, avivado por la enconada rivalidad de las dos familias de Verona a la que pertenecen, los Montesco (Romeo) y los Capuleto (Julieta), perdura más allá de su temprana muerte.. Amores imposibles, como los de don Juan y doña Inés en el Don Juan Tenorio de Zorrilla, o los del joven Werther ideado por Goethe y convertido en su día en prototipo del héroe romántico, que se quita la vida al no ser correspondido por Carlota.. Amores que trajeron desolación y ruina, como los de Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, que rapta a la princesa griega Helena y así se desencadena la guerra que cantó Homero.. Amores capaces de sobrevivir a todas las pruebas y adversidades, como los del aventurero Ulises y la fiel Penélope que le espera en Ítaca.. Amores idealizados y solo soñados como los que sentía Dante por Beatriz, los trovadores provenzales por sus damas y don Quijote por su señora Dulcinea.. Lo dicho: para amores, los que salen en los libros, porque han vencido al tiempo y al olvido.
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