Europa habla mucho de inteligencia artificial y actúa poco. Mientras Estados Unidos y China consolidan su ventaja gracias a su músculo financiero y a su capacidad de cómputo, la UE sigue atrapada entre la ansiedad regulatoria y la lentitud inversora. La realidad es incómoda: sin energía, centros de datos, computación de alto rendimiento y capital paciente, no hay “soberanía digital” que valga. Y aquí aparece un socio que Europa —y España en particular— no debería mirar con prejuicios sino con pragmatismo: Emiratos Árabes Unidos. Abu Dabi ha convertido la IA en política de Estado desde hace años, y no solo con discursos: con instituciones, inversión y proyectos de escala. El punto es claro: si España quiere competir, atraer industria tecnológica y reforzar su posición en el tablero europeo, la pregunta no es si conviene cooperar con Emiratos, sino por qué el Gobierno aún no lo ha priorizado como una apuesta estratégica nacional.. Los hechos importan. Emiratos fue el primer país del mundo en nombrar un ministro específico de inteligencia artificial en 2017, una señal temprana de que tratarían la IA como un asunto de poder nacional y no como un apéndice administrativo. Desde entonces, su modelo se ha basado en tres pilares que Europa necesita: capital (fondos soberanos y plataformas de inversión), infraestructura (centros de datos y capacidad de cómputo) y coordinación estatal. Mientras aquí debatimos si la IA “amenaza” o “promete”, ellos construyen capacidad. Y esa capacidad ya está cruzando fronteras europeas con proyectos concretos: Francia y Emiratos firmaron un acuerdo marco para desarrollar un centro de datos de IA de 1 gigavatio, con inversiones anunciadas entre 30.000 y 50.000 millones de dólares, incluyendo cooperación en toda la cadena de valor de la IA (infraestructura, chips, talento e incluso “embajadas de datos” virtuales para soberanía cloud). Esto no es “filantropía tecnológica”: es geoeconomía de primer nivel. Y si París ya se mueve con este realismo, ¿por qué Madrid no?. También desde Bruselas se ha dado un paso que España debería leer con atención. En diciembre de 2025, la Comisión Europea anunció el lanzamiento de negociaciones para un Acuerdo de Asociación Estratégica UE–Emiratos, citando explícitamente cooperación en digitalización, inteligencia artificial, conectividad, investigación e innovación, entre otras áreas. Esto significa que el marco político europeo ya existe y que la conversación ha pasado del “si” al “cómo”. Y aquí España tiene una oportunidad doble: por un lado, puede alinearse con la arquitectura europea (bajo el paraguas del Unión Europea), y por otro, puede ganar protagonismo nacional si se coloca en primera línea de los proyectos que realmente importan: capacidad de cómputo en suelo europeo, inversión productiva y despliegues industriales. España no parte de cero. La creación de AESIA en A Coruña y el impulso del “sandbox” regulatorio son activos institucionales relevantes; de hecho, la OCDE ha señalado a España como el primer Estado miembro en establecer una agencia dedicada a la supervisión de la IA. Pero una arquitectura regulatoria, por sí sola, no genera ventaja competitiva si no llega inversión, industria y escala. Y ahí es donde la cooperación con Emiratos puede ser decisiva.. ¿Qué debería exigir una oposición responsable —y qué debería preguntarse un país serio— ante esta coyuntura? Primero: ¿a qué espera el Gobierno para definir una estrategia explícita de atracción de inversión en infraestructura de IA? Los centros de datos de IA no se levantan con buenas intenciones: requieren suelo, permisos, energía y estabilidad regulatoria. España tiene una baza que Europa valora cada vez más: capacidad renovable y potencial para ofrecer energía competitiva a infraestructuras intensivas en consumo. Segundo: ¿por qué no diseñar acuerdos de coinversión para centros de datos y “AI factories” que queden plenamente bajo derecho europeo y con auditorías de seguridad, pero que aprovechen capital y experiencia de socios como Emiratos? Tercero: ¿por qué no convertir a España en un polo de IA aplicada, donde la ventaja no sea “inventar el próximo modelo”, sino desplegar IA a gran escala en sectores donde ya somos fuertes: energía, logística, turismo, gestión de agua, agroindustria, sanidad y administración pública. La cooperación con Emiratos no debe entenderse como dependencia, sino como palanca: inversión a cambio de proyectos reales, transferencia de conocimiento operativo y creación de empleo tecnológico local.. Naturalmente, hay líneas rojas. Cualquier alianza en IA debe garantizar soberanía de datos, ciberseguridad y control de infraestructuras críticas. Precisamente por eso, el enfoque correcto no es el rechazo, sino el diseño: proyectos en territorio europeo, bajo estándares europeos, con gobernanza clara, separación de funciones, auditorías y trazabilidad. La gran ventaja de Europa es su capacidad normativa; su gran debilidad es la ejecución. Emiratos, en cambio, destaca por ejecución e inversión. La combinación puede funcionar si España impone condiciones inteligentes: localización, seguridad, compliance, participación industrial española y retorno en capacidades (talento, I+D aplicada, cadenas de suministro). Y si el Gobierno no lo impulsa, la oposición debería decirlo alto y claro: el coste de la inacción se pagará en competitividad, empleo y autonomía estratégica.. La pregunta final es incómoda pero necesaria: si la UE ya ha abierto la vía formal de una asociación estratégica con Emiratos en IA, y si Francia ya negocia proyectos de escala gigavatio con cifras que Europa rara vez moviliza, ¿por qué España sigue sin liderar una agenda propia? No se trata de propaganda ni de alineamientos automáticos: se trata de interés nacional. En la economía del siglo XXI, quien controla cómputo, datos y despliegue industrial controla productividad y poder. España tiene instituciones, tiene sectores donde aplicar IA, y puede tener inversión si la busca con inteligencia. Lo que falta es voluntad estratégica. Y esa es, hoy, la verdadera pregunta política: ¿a qué espera el Gobierno?
Mientras Estados Unidos y China consolidan su ventaja gracias a su músculo financiero y a su capacidad de cómputo, la UE sigue atrapada entre la ansiedad regulatoria y la lentitud inversora
Europa habla mucho de inteligencia artificial y actúa poco. Mientras Estados Unidos y China consolidan su ventaja gracias a su músculo financiero y a su capacidad de cómputo, la UE sigue atrapada entre la ansiedad regulatoria y la lentitud inversora. La realidad es incómoda: sin energía, centros de datos, computación de alto rendimiento y capital paciente, no hay “soberanía digital” que valga. Y aquí aparece un socio que Europa —y España en particular— no debería mirar con prejuicios sino con pragmatismo: Emiratos Árabes Unidos. Abu Dabi ha convertido la IA en política de Estado desde hace años, y no solo con discursos: con instituciones, inversión y proyectos de escala. El punto es claro: si España quiere competir, atraer industria tecnológica y reforzar su posición en el tablero europeo, la pregunta no es si conviene cooperar con Emiratos, sino por qué el Gobierno aún no lo ha priorizado como una apuesta estratégica nacional.. Los hechos importan. Emiratos fue el primer país del mundo en nombrar un ministro específico de inteligencia artificial en 2017, una señal temprana de que tratarían la IA como un asunto de poder nacional y no como un apéndice administrativo.  Desde entonces, su modelo se ha basado en tres pilares que Europa necesita: capital (fondos soberanos y plataformas de inversión), infraestructura (centros de datos y capacidad de cómputo) y coordinación estatal. Mientras aquí debatimos si la IA “amenaza” o “promete”, ellos construyen capacidad. Y esa capacidad ya está cruzando fronteras europeas con proyectos concretos: Francia y Emiratos firmaron un acuerdo marco para desarrollar un centro de datos de IA de 1 gigavatio, con inversiones anunciadas entre 30.000 y 50.000 millones de dólares, incluyendo cooperación en toda la cadena de valor de la IA (infraestructura, chips, talento e incluso “embajadas de datos” virtuales para soberanía cloud).  Esto no es “filantropía tecnológica”: es geoeconomía de primer nivel. Y si París ya se mueve con este realismo, ¿por qué Madrid no?. También desde Bruselas se ha dado un paso que España debería leer con atención. En diciembre de 2025, la Comisión Europea anunció el lanzamiento de negociaciones para un Acuerdo de Asociación Estratégica UE–Emiratos, citando explícitamente cooperación en digitalización, inteligencia artificial, conectividad, investigación e innovación, entre otras áreas.  Esto significa que el marco político europeo ya existe y que la conversación ha pasado del “si” al “cómo”. Y aquí España tiene una oportunidad doble: por un lado, puede alinearse con la arquitectura europea (bajo el paraguas del Unión Europea), y por otro, puede ganar protagonismo nacional si se coloca en primera línea de los proyectos que realmente importan: capacidad de cómputo en suelo europeo, inversión productiva y despliegues industriales. España no parte de cero. La creación de AESIA en A Coruña y el impulso del “sandbox” regulatorio son activos institucionales relevantes; de hecho, la OCDE ha señalado a España como el primer Estado miembro en establecer una agencia dedicada a la supervisión de la IA.  Pero una arquitectura regulatoria, por sí sola, no genera ventaja competitiva si no llega inversión, industria y escala. Y ahí es donde la cooperación con Emiratos puede ser decisiva.. ¿Qué debería exigir una oposición responsable —y qué debería preguntarse un país serio— ante esta coyuntura? Primero: ¿a qué espera el Gobierno para definir una estrategia explícita de atracción de inversión en infraestructura de IA? Los centros de datos de IA no se levantan con buenas intenciones: requieren suelo, permisos, energía y estabilidad regulatoria. España tiene una baza que Europa valora cada vez más: capacidad renovable y potencial para ofrecer energía competitiva a infraestructuras intensivas en consumo. Segundo: ¿por qué no diseñar acuerdos de coinversión para centros de datos y “AI factories” que queden plenamente bajo derecho europeo y con auditorías de seguridad, pero que aprovechen capital y experiencia de socios como Emiratos? Tercero: ¿por qué no convertir a España en un polo de IA aplicada, donde la ventaja no sea “inventar el próximo modelo”, sino desplegar IA a gran escala en sectores donde ya somos fuertes: energía, logística, turismo, gestión de agua, agroindustria, sanidad y administración pública. La cooperación con Emiratos no debe entenderse como dependencia, sino como palanca: inversión a cambio de proyectos reales, transferencia de conocimiento operativo y creación de empleo tecnológico local.. Naturalmente, hay líneas rojas. Cualquier alianza en IA debe garantizar soberanía de datos, ciberseguridad y control de infraestructuras críticas. Precisamente por eso, el enfoque correcto no es el rechazo, sino el diseño: proyectos en territorio europeo, bajo estándares europeos, con gobernanza clara, separación de funciones, auditorías y trazabilidad. La gran ventaja de Europa es su capacidad normativa; su gran debilidad es la ejecución. Emiratos, en cambio, destaca por ejecución e inversión. La combinación puede funcionar si España impone condiciones inteligentes: localización, seguridad, compliance, participación industrial española y retorno en capacidades (talento, I+D aplicada, cadenas de suministro). Y si el Gobierno no lo impulsa, la oposición debería decirlo alto y claro: el coste de la inacción se pagará en competitividad, empleo y autonomía estratégica.. La pregunta final es incómoda pero necesaria: si la UE ya ha abierto la vía formal de una asociación estratégica con Emiratos en IA, y si Francia ya negocia proyectos de escala gigavatio con cifras que Europa rara vez moviliza, ¿por qué España sigue sin liderar una agenda propia?  No se trata de propaganda ni de alineamientos automáticos: se trata de interés nacional. En la economía del siglo XXI, quien controla cómputo, datos y despliegue industrial controla productividad y poder. España tiene instituciones, tiene sectores donde aplicar IA, y puede tener inversión si la busca con inteligencia. Lo que falta es voluntad estratégica. Y esa es, hoy, la verdadera pregunta política: ¿a qué espera el Gobierno?
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