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Cuando un hospital recuerda

31 de enero de 2026
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El Hospital Clínico Universitario de Salamanca cumplió el pasado 2025 medio siglo y lo hizo mirando al pasado con orgullo, al presente con responsabilidad y al futuro con la convicción de que la medicina no se entiende sin humanidad. Cinco décadas después de su inauguración, el hospital no es solo un conjunto de edificios ni una referencia asistencial, docente e investigadora, sino un espacio profundamente ligado a la memoria colectiva de Salamanca y de varias generaciones de profesionales y pacientes.. A lo largo de estos meses, el Complejo Asistencial Universitario de Salamanca (CAUSA) ha desplegado un amplio programa de actividades para conmemorar este aniversario redondo. Conciertos, exposiciones, jornadas científicas, acciones de humanización y homenajes han ido jalonando un calendario que ha servido no solo para celebrar una fecha, sino para reivindicar una forma de entender la sanidad centrada en las personas.. Los primeros días del Clínico. En ese relato coral, la historia de Teresa Carbajosa, médica jubilada que estuvo presente desde los primeros días del Hospital Clínico, emerge como una de las voces que mejor ayudan a entender qué ha significado este centro en la vida de quienes lo han construido desde dentro.. Teresa Carbajosa recuerda con nitidez aquel mes de noviembre en el que comenzaron a pasar consulta en el nuevo hospital. Venían del antiguo Hospital Provincial, con profesionales muy preparados pero con medios limitados y espacios ya obsoletos. El traslado al Clínico Universitario se vivía como la entrada en “un reino diferente”, cargado de ilusión y de expectativas. Sin embargo, los comienzos no fueron tan idílicos como podía imaginarse desde fuera.. Los pediatras fueron de los primeros servicios en llegar al nuevo edificio. Aquel primer día, explica Teresa, se encontraron con un hospital moderno, amplio… pero sin calefacción. El frío era intenso y los niños no querían desnudarse para las exploraciones. La solución llegó desde la inventiva y el compromiso: enfermeras, auxiliares y médicos improvisaron pequeñas fogatas con algodón empapado en alcohol, encendido dentro de las bateas de las curas. “Un poquito con el alcohol y otro poquito con la humanidad”, resume. Así se pasaron los primeros días, apenas 48 horas, hasta que todo empezó a funcionar con normalidad.. Aquellos inicios condensan bien el espíritu de una época y de una generación: pocos medios, mucha clínica y un compromiso que iba mucho más allá del horario o del protocolo. Teresa era entonces residente, una de las primeras promociones de médicos internos y residentes en Salamanca, en un momento en el que se estaban abriendo hospitales por toda España y las especialidades comenzaban a estructurarse de forma moderna. El Clínico Universitario fue, desde su origen, un hospital docente, un lugar donde aprender y enseñar a la vez.. Durante un tiempo, las consultas ya se pasaban en el nuevo hospital, pero los pacientes seguían ingresados en el antiguo hospital pediátrico, el Guillermo Arce. Cuando llegó el momento del traslado definitivo, el entusiasmo se impuso a la prudencia. Algunos niños, aquellos que estaban estables y no necesitaban dispositivos especiales, fueron trasladados en los coches particulares de los propios médicos, acompañados de sus padres. “Tan entusiastas, tan locos, tan irresponsables”, dice Teresa hoy con una sonrisa, consciente de que aquella decisión solo se entiende desde el contexto de la época y desde una forma muy distinta de vivir la medicina.. Entre todos aquellos recuerdos, hay uno que se quedó grabado de manera especial. Una recién nacida con una grave malformación cerebral, una hidranencefalia, que no tenía tejido cerebral y cuyo cráneo estaba lleno de líquido. No había tratamiento posible, pero tampoco podía darse el alta. La niña, que se llamaba Teresa como la médica, fue trasladada en ambulancia al nuevo hospital y se le preparó un espacio específico para que pudiera estar con sus padres, con dignidad, hasta su fallecimiento meses después. Fue una de las primeras pacientes del Clínico Universitario, una de las historias que recuerdan que el hospital ha sido, desde el primer día, lugar de bienvenidas y de despedidas.. La medicina de aquellos años era muy distinta a la actual. Mucho menos tecnológica y mucho más clínica. Las historias clínicas eran largas y minuciosas, las exploraciones exhaustivas y el diagnóstico se apoyaba en la observación y en el razonamiento más que en las pruebas complementarias. No había ecógrafos, ni escáneres, ni resonancias. La radiografía era casi la única herramienta de imagen. Ese ejercicio constante de escuchar, observar y pensar marcó a toda una generación de profesionales.. Con el paso de los años, Teresa fue testigo de una evolución tecnológica que entonces habría parecido ciencia ficción. Como neonatóloga, vivió de primera mano la llegada de los respiradores modernos, capaces de adaptarse a cada respiración del recién nacido, o de técnicas como la hipotermia terapéutica para minimizar el daño cerebral en las asfixias perinatales. Avances que han cambiado el pronóstico de miles de niños y que son fruto de una combinación de investigación, tecnología y experiencia clínica acumulada.. Ese recorrido profesional, de más de 42 años vinculada al hospital, es también el reflejo de la propia historia del Clínico Universitario de Salamanca. Un hospital que ha crecido, se ha transformado y finalmente se ha trasladado a unas nuevas instalaciones, sin perder su esencia como centro asistencial, universitario y humano. Teresa participó incluso en algunas reuniones con los arquitectos del nuevo hospital, aportando la visión de quienes habían vivido durante décadas los aciertos y las carencias del edificio original.. Hoy, ya jubilada, Teresa sigue vinculada al hospital desde otro lugar. Participa en una exposición colectiva de arte realizada por médicos jubilados del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca, muchos de ellos con gran parte de su carrera desarrollada en el Clínico. La pintura, descubierta o retomada tras la jubilación, se ha convertido en una forma de llenar el tiempo, de expresarse y de seguir creando. Esa exposición, que se inaugurará en las próximas semanas, es también una metáfora del aniversario: profesionales que cuidaron durante años ahora comparten otra faceta de sí mismos en el mismo espacio que marcó su vida.. Celebrar cuidando. El programa del 50 aniversario ha querido precisamente subrayar esa dimensión humana. Los actos comenzaron con “Latidos de barro”, una intervención artística en el vestíbulo principal del hospital, donde la música y una acción performativa construida con barro procedente de las obras del propio edificio sirvieron para conectar pasado y presente. Un piano, donado gracias a la herencia de un paciente anónimo, se convirtió en símbolo de la humanización de los espacios sanitarios.. La música ha tenido un papel destacado a lo largo de la celebración: conciertos de piano, actuaciones de músicos profesionales, propuestas navideñas a cargo del Conservatorio Profesional de Música y la actuación del grupo Hakuna CAUSA, formado por profesionales sanitarios del propio hospital. Todas ellas han llenado de sonidos los pasillos y el hall principal, acercando la cultura a pacientes, familiares y trabajadores.. También la gastronomía se ha sumado a esta mirada humanizadora, con una Semana Gastronómica en la que reconocidos chefs de Salamanca cocinaron menús especiales para los pacientes hospitalizados. Una iniciativa que puso en valor la dieta como parte del tratamiento y del cuidado, y que convirtió la cocina en un gesto de generosidad y de atención personalizada.. El aniversario ha tenido, además, un marcado componente científico y docente. Jornadas sobre enfermedades raras en hemopatías malignas, encuentros sobre los 50 años de la cirugía en Salamanca o la conmemoración de los 25 años de los Puntos de Información han servido para reivindicar la excelencia clínica, la investigación y la atención centrada en la persona como señas de identidad del hospital.. La memoria ha ocupado también un lugar central, con homenajes como el dedicado al profesor y médico Sisinio de Castro, figura clave de la medicina salmantina, o con exposiciones como “La arquitectura como huella temporal”, realizada por alumnos de Bellas Artes, y “Fashion Art”, que llevó al hospital trajes intervenidos por artistas de todo el mundo.. Cuando el hospital se vacía. Especial relevancia ha tenido la exposición “Hospitalario”, del fotógrafo salmantino Luis F. Lorenzo, concebida expresamente para este 50 aniversario como una forma de detener el tiempo y mirar al antiguo hospital desde otro ángulo antes de dar paso al actual complejo. No desde la actividad frenética ni desde el pulso diario de la asistencia, sino desde el silencio posterior, cuando los pasillos quedan vacíos y los espacios parecen contener aún todo lo que sucedió en ellos.. El propio autor explica que su interés no estaba en el abandono ni en la estética de la ruina. “Los lugares vacíos me llaman la atención, pero no me llenan”, señala, diferenciando su trabajo de la fotografía urbana de exploración. Lo que le interesa es “otra forma de fotografiar espacios vacíos, donde hay un registro de que ha pasado alguien por allí, pero que no sea patente”, huellas sutiles que remiten a la vida sin mostrarla de forma explícita.. La oportunidad llegó cuando supo que el antiguo Hospital Clínico Universitario iba a ser derribado. “Un hospital me parece un sitio muy especial”, afirma. “Ha habido nacimientos, ha habido muertes, casi muertes, gente que ha salido curada, muchas horas de espera, mucha gente acompañando”. Para Luis, pocos lugares concentran tantas historias como un hospital, y fotografiarlo vacío era también una forma de conservar esa memoria colectiva.. El proyecto se desarrolló además en un tiempo muy limitado, apenas unos días antes del inicio del derribo. Esa urgencia obligó a trabajar casi de manera instintiva, pero el verdadero ejercicio de respeto llegó después, durante la selección de imágenes. “Hemos intentado que no hubiese nada morboso, nada especialmente trágico, nada que pudiese molestar”, explica, un criterio que compartió con el comisario de la exposición, Alberto Martínez Expósito. La edición eliminó cualquier elemento que pudiera incitar al morbo o vulnerar la intimidad, desde restos innecesarios hasta datos personales.. Entre las 47 fotografías expuestas, hay una que tiene para el autor un significado especial. Corresponde a la antigua UCI infantil. “Cuando nació mi hijo, hace 14 años, estuve en la UCI”, recuerda. Volver a ese espacio, ya vacío, removió algo que no había sentido en otras zonas del hospital. “En las salas donde había estado la UCI sí hubo algo que me removió”, explica, aludiendo a la carga emocional de un lugar donde muchas personas se han debatido entre la vida y la muerte.. Esa conexión personal aporta una capa más al proyecto, que trasciende el documento arquitectónico para convertirse en un relato íntimo y compartido. Frente a otros espacios, como los mortuorios, que no le causaron una impresión especial, la antigua unidad infantil concentraba para él una energía distinta, ligada a la lucha por vivir.. Lorenzo subraya también que esta exposición solo es posible en un hospital que ya ha cerrado sus puertas. “Un hospital nuevo en funcionamiento no tiene una historia detrás”, afirma, en referencia a un espacio nuevo aún sin vivencias acumuladas. Un edificio vacío, en cambio, permite contar “las historias que han ocurrido aquí”, más allá del diseño o del interiorismo.. La ubicación de la muestra en el pasillo central que distribuye hacia las plantas de hospitalización refuerza esa idea de tránsito y de memoria compartida. Pacientes, familiares y profesionales recorren hoy ese espacio acompañados por imágenes que dialogan con su propia experiencia, integrando el recuerdo del antiguo Clínico en la vida cotidiana del hospital actual.. La exposición “Hospitalario” se suma así al conjunto de actos del 50 aniversario como una reflexión serena sobre la memoria, el respeto y la permanencia de lo humano en un lugar donde, durante décadas, se concentraron algunas de las experiencias más intensas de la vida.. Cincuenta años después de su inauguración, el Hospital Clínico Universitario de Salamanca se reafirma así como mucho más que un centro sanitario. Es un espacio de vida, de aprendizaje y de encuentro. Un lugar donde se han forjado vocaciones, se han compartido esfuerzos y se han vivido algunas de las experiencias más intensas de miles de personas.. La historia de Teresa Carbajosa, de Luis o la de tantos otros profesionales, resume ese medio siglo de compromiso. Su primer día, con frío y fogatas improvisadas; su carrera marcada por la evolución de la medicina; y su presente, pintando y compartiendo arte en el mismo hospital que fue su casa durante más de cuatro décadas. En ese recorrido personal se reconoce la historia de un hospital que, 50 años después, sigue latiendo al ritmo de quienes lo hacen posible cada día.

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En ese relato coral, la historia de Teresa Carbajosa, médica jubilada que estuvo presente desde los primeros días del Hospital Clínico, emerge como una de las voces que mejor ayudan a entender qué ha significado este centro en la vida de quienes lo han construido desde dentro.. Teresa Carbajosa recuerda con nitidez aquel mes de noviembre en el que comenzaron a pasar consulta en el nuevo hospital. Venían del antiguo Hospital Provincial, con profesionales muy preparados pero con medios limitados y espacios ya obsoletos. El traslado al Clínico Universitario se vivía como la entrada en “un reino diferente”, cargado de ilusión y de expectativas. Sin embargo, los comienzos no fueron tan idílicos como podía imaginarse desde fuera.. Los pediatras fueron de los primeros servicios en llegar al nuevo edificio. Aquel primer día, explica Teresa, se encontraron con un hospital moderno, amplio… pero sin calefacción. El frío era intenso y los niños no querían desnudarse para las exploraciones. 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Durante un tiempo, las consultas ya se pasaban en el nuevo hospital, pero los pacientes seguían ingresados en el antiguo hospital pediátrico, el Guillermo Arce. Cuando llegó el momento del traslado definitivo, el entusiasmo se impuso a la prudencia. Algunos niños, aquellos que estaban estables y no necesitaban dispositivos especiales, fueron trasladados en los coches particulares de los propios médicos, acompañados de sus padres. “Tan entusiastas, tan locos, tan irresponsables”, dice Teresa hoy con una sonrisa, consciente de que aquella decisión solo se entiende desde el contexto de la época y desde una forma muy distinta de vivir la medicina.. Entre todos aquellos recuerdos, hay uno que se quedó grabado de manera especial. Una recién nacida con una grave malformación cerebral, una hidranencefalia, que no tenía tejido cerebral y cuyo cráneo estaba lleno de líquido. No había tratamiento posible, pero tampoco podía darse el alta. La niña, que se llamaba Teresa como la médica, fue trasladada en ambulancia al nuevo hospital y se le preparó un espacio específico para que pudiera estar con sus padres, con dignidad, hasta su fallecimiento meses después. Fue una de las primeras pacientes del Clínico Universitario, una de las historias que recuerdan que el hospital ha sido, desde el primer día, lugar de bienvenidas y de despedidas.. La medicina de aquellos años era muy distinta a la actual. Mucho menos tecnológica y mucho más clínica. Las historias clínicas eran largas y minuciosas, las exploraciones exhaustivas y el diagnóstico se apoyaba en la observación y en el razonamiento más que en las pruebas complementarias. No había ecógrafos, ni escáneres, ni resonancias. La radiografía era casi la única herramienta de imagen. Ese ejercicio constante de escuchar, observar y pensar marcó a toda una generación de profesionales.. 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Teresa participó incluso en algunas reuniones con los arquitectos del nuevo hospital, aportando la visión de quienes habían vivido durante décadas los aciertos y las carencias del edificio original.. Hoy, ya jubilada, Teresa sigue vinculada al hospital desde otro lugar. Participa en una exposición colectiva de arte realizada por médicos jubilados del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca, muchos de ellos con gran parte de su carrera desarrollada en el Clínico. La pintura, descubierta o retomada tras la jubilación, se ha convertido en una forma de llenar el tiempo, de expresarse y de seguir creando. Esa exposición, que se inaugurará en las próximas semanas, es también una metáfora del aniversario: profesionales que cuidaron durante años ahora comparten otra faceta de sí mismos en el mismo espacio que marcó su vida.. Celebrar cuidando. El programa del 50 aniversario ha querido precisamente subrayar esa dimensión humana. 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El proyecto se desarrolló además en un tiempo muy limitado, apenas unos días antes del inicio del derribo. Esa urgencia obligó a trabajar casi de manera instintiva, pero el verdadero ejercicio de respeto llegó después, durante la selección de imágenes. “Hemos intentado que no hubiese nada morboso, nada especialmente trágico, nada que pudiese molestar”, explica, un criterio que compartió con el comisario de la exposición, Alberto Martínez Expósito. La edición eliminó cualquier elemento que pudiera incitar al morbo o vulnerar la intimidad, desde restos innecesarios hasta datos personales.. Entre las 47 fotografías expuestas, hay una que tiene para el autor un significado especial. Corresponde a la antigua UCI infantil. “Cuando nació mi hijo, hace 14 años, estuve en la UCI”, recuerda. Volver a ese espacio, ya vacío, removió algo que no había sentido en otras zonas del hospital. “En las salas donde había estado la UCI sí hubo algo que me removió”, explica, aludiendo a la carga emocional de un lugar donde muchas personas se han debatido entre la vida y la muerte.. Esa conexión personal aporta una capa más al proyecto, que trasciende el documento arquitectónico para convertirse en un relato íntimo y compartido. Frente a otros espacios, como los mortuorios, que no le causaron una impresión especial, la antigua unidad infantil concentraba para él una energía distinta, ligada a la lucha por vivir.. Lorenzo subraya también que esta exposición solo es posible en un hospital que ya ha cerrado sus puertas. “Un hospital nuevo en funcionamiento no tiene una historia detrás”, afirma, en referencia a un espacio nuevo aún sin vivencias acumuladas. Un edificio vacío, en cambio, permite contar “las historias que han ocurrido aquí”, más allá del diseño o del interiorismo.. La ubicación de la muestra en el pasillo central que distribuye hacia las plantas de hospitalización refuerza esa idea de tránsito y de memoria compartida. Pacientes, familiares y profesionales recorren hoy ese espacio acompañados por imágenes que dialogan con su propia experiencia, integrando el recuerdo del antiguo Clínico en la vida cotidiana del hospital actual.. La exposición “Hospitalario” se suma así al conjunto de actos del 50 aniversario como una reflexión serena sobre la memoria, el respeto y la permanencia de lo humano en un lugar donde, durante décadas, se concentraron algunas de las experiencias más intensas de la vida.. Cincuenta años después de su inauguración, el Hospital Clínico Universitario de Salamanca se reafirma así como mucho más que un centro sanitario. Es un espacio de vida, de aprendizaje y de encuentro. Un lugar donde se han forjado vocaciones, se han compartido esfuerzos y se han vivido algunas de las experiencias más intensas de miles de personas.. La historia de Teresa Carbajosa, de Luis o la de tantos otros profesionales, resume ese medio siglo de compromiso. Su primer día, con frío y fogatas improvisadas; su carrera marcada por la evolución de la medicina; y su presente, pintando y compartiendo arte en el mismo hospital que fue su casa durante más de cuatro décadas. En ese recorrido personal se reconoce la historia de un hospital que, 50 años después, sigue latiendo al ritmo de quienes lo hacen posible cada día.

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