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  Cultura  «La ciudad de las luces muertas», de David Uclés: entre la luz literaria y el apagón público
Cultura

«La ciudad de las luces muertas», de David Uclés: entre la luz literaria y el apagón público

31 de enero de 2026
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Barcelona se queda sin luz durante un día entero. Ni sol ni bombillas. Y tras ese corte inesperado, la ciudad se convierte en un palimpsesto: reaparecen edificios desaparecidos, surgen otros por venir, y las «barcelonas» que han existido se sobreponen como transparencias mal alineadas. Ese es el pistoletazo de salida de «La ciudad de las luces muertas», la novela con la que David Uclés ha ganado el Premio Nadal 2026 y que llega con aura de acontecimiento inevitable…, y polémica, porque, aunque una y otra tengan usos solares distintos, suelen llegar de la mano. El punto de partida –el apagón que desordena el tiempo– le permite incidir en su apuesta más reconocible: convertir lo histórico en fábula sin coartadas doctas.. En la oscuridad reaparecen escritores y artistas en cruces improbables, como si la cultura fuera el último generador que sigue funcionando cuando todo lo demás se desintegra. Hay algo casi programático en esa idea, pero también coherente con su trayectoria: para el autor, la imaginación no es evasión, sino una ruta de conocimiento. El contexto pesa, y mucho. «La península de las casas vacías» no fue solo una novela de éxito: resultó un fenómeno. Lo que es bueno y malo. Premios, lectores, clubes de lectura, traducciones…, pero ese recibimiento tan amplio fue, paradójicamente, el origen de buena parte de los problemas posteriores, porque al jienense (también músico, dibujante y traductor) se le ha tratado muy bien, sí, pero también fatal, y casi siempre por razones extraliterarias.. El éxito fulgurante, y sobre todo mediático, ha generado una reacción de rechazo que no es extraña en nuestro campo literario. A partir de cierto umbral de popularidad, el libro deja de ser leído como tal y pasa a ser evaluado como síntoma. Aparecen entonces acusaciones repetidas: exceso de ambición, exhibicionismo estilístico, voluntad de impacto, dependencia del «truco» del realismo mágico, incluso sospechas de impostura. No siempre se discuten escenas, estructuras o decisiones narrativas concretas; muchas veces se debate el volumen de aplauso. A eso se suma otro reproche más resbaladizo: el de la figura pública.. Es joven, se expone, concede entrevistas, se implica, reivindica su homosexualidad (¿sigue siendo un problema?), habla de memoria histórica… Para algunos sectores, ese gesto se interpreta como cantinela; para otros, como la construcción de un personaje que acabará devorando a la obra. Pero se critica menos lo que escribe. Con «La ciudad de las luces muertas», esa tensión se ha agudizado. El Nadal funciona como amplificador, pero también como diana. El libro llega rodeado de una pregunta que condiciona su lectura: ¿estamos ante una consolidación o ante la repetición de una fórmula? Para algunos críticos, el riesgo es que el realismo mágico urbano y el desfile de nombres culturales se lean como marca de autor más que como necesidad narrativa. Para otros, ahí reside su coherencia: no cambiar de voz por miedo a incomodar. Y luego está lo extraliterario, que ha terminado por contaminar la conversación.. La decisión de Uclés de no asistir al congreso sobre la Guerra Civil organizado en Sevilla –al conocer la presencia de determinados ex dirigentes políticos– desató una tormenta que se leyó en clave moral y estratégica. Se le ha acusado de huir del debate, de levantar murallas, de practicar una forma de censura indirecta. Otros han visto en su gesto una posición ética legítima. Ese es, quizá, el punto más delicado: la novela ha quedado parcialmente tapada por el «caso Uclés». Las críticas negativas ya no parten del texto, sino de una incomodidad previa con la figura pública, con su éxito o con su posición ideológica. Tal vez el problema no sea que David Uclés escriba a pleno pulmón, o aparezca demasiado, sino la prisa por dictar sentencia. Porque si algo sugiere esta obra es que la literatura necesita oscuridad, pausa y espacio para que algo termine de encenderse. Y eso, también, exige dejar a los autores seguir escribiendo sin convertir cada libro en un referéndum… Lo mejor: una premisa potente, Barcelona como papiro, una imaginación desbordada y un fértil cruce cultural. Lo peor: el riesgo de artificio, los cameos excesivos y un ruido extraliterario que condiciona la lectura crítica serena

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La novela con la que el escritor de Úbeda ha ganado el Premio Nadal 2026 aterriza con aura de acontecimiento inevitable y también, polémica

  

Barcelona se queda sin luz durante un día entero. Ni sol ni bombillas. Y tras ese corte inesperado, la ciudad se convierte en un palimpsesto: reaparecen edificios desaparecidos, surgen otros por venir, y las «barcelonas» que han existido se sobreponen como transparencias mal alineadas. Ese es el pistoletazo de salida de «La ciudad de las luces muertas», la novela con la que David Uclés ha ganado el Premio Nadal 2026 y que llega con aura de acontecimiento inevitable…, y polémica, porque, aunque una y otra tengan usos solares distintos, suelen llegar de la mano. El punto de partida –el apagón que desordena el tiempo– le permite incidir en su apuesta más reconocible: convertir lo histórico en fábula sin coartadas doctas.. En la oscuridad reaparecen escritores y artistas en cruces improbables, como si la cultura fuera el último generador que sigue funcionando cuando todo lo demás se desintegra. Hay algo casi programático en esa idea, pero también coherente con su trayectoria: para el autor, la imaginación no es evasión, sino una ruta de conocimiento. El contexto pesa, y mucho. «La península de las casas vacías» no fue solo una novela de éxito: resultó un fenómeno. Lo que es bueno y malo. Premios, lectores, clubes de lectura, traducciones…, pero ese recibimiento tan amplio fue, paradójicamente, el origen de buena parte de los problemas posteriores, porque al jienense (también músico, dibujante y traductor) se le ha tratado muy bien, sí, pero también fatal, y casi siempre por razones extraliterarias.. El éxito fulgurante, y sobre todo mediático, ha generado una reacción de rechazo que no es extraña en nuestro campo literario. A partir de cierto umbral de popularidad, el libro deja de ser leído como tal y pasa a ser evaluado como síntoma. Aparecen entonces acusaciones repetidas: exceso de ambición, exhibicionismo estilístico, voluntad de impacto, dependencia del «truco» del realismo mágico, incluso sospechas de impostura. No siempre se discuten escenas, estructuras o decisiones narrativas concretas; muchas veces se debate el volumen de aplauso. A eso se suma otro reproche más resbaladizo: el de la figura pública.. Es joven, se expone, concede entrevistas, se implica, reivindica su homosexualidad (¿sigue siendo un problema?), habla de memoria histórica… Para algunos sectores, ese gesto se interpreta como cantinela; para otros, como la construcción de un personaje que acabará devorando a la obra. Pero se critica menos lo que escribe. Con «La ciudad de las luces muertas», esa tensión se ha agudizado. El Nadal funciona como amplificador, pero también como diana. El libro llega rodeado de una pregunta que condiciona su lectura: ¿estamos ante una consolidación o ante la repetición de una fórmula? Para algunos críticos, el riesgo es que el realismo mágico urbano y el desfile de nombres culturales se lean como marca de autor más que como necesidad narrativa. Para otros, ahí reside su coherencia: no cambiar de voz por miedo a incomodar. Y luego está lo extraliterario, que ha terminado por contaminar la conversación.. La decisión de Uclés de no asistir al congreso sobre la Guerra Civil organizado en Sevilla –al conocer la presencia de determinados ex dirigentes políticos– desató una tormenta que se leyó en clave moral y estratégica. Se le ha acusado de huir del debate, de levantar murallas, de practicar una forma de censura indirecta. Otros han visto en su gesto una posición ética legítima. Ese es, quizá, el punto más delicado: la novela ha quedado parcialmente tapada por el «caso Uclés». Las críticas negativas ya no parten del texto, sino de una incomodidad previa con la figura pública, con su éxito o con su posición ideológica. Tal vez el problema no sea que David Uclés escriba a pleno pulmón, o aparezca demasiado, sino la prisa por dictar sentencia. Porque si algo sugiere esta obra es que la literatura necesita oscuridad, pausa y espacio para que algo termine de encenderse. Y eso, también, exige dejar a los autores seguir escribiendo sin convertir cada libro en un referéndum… Lo mejor: una premisa potente, Barcelona como papiro, una imaginación desbordada y un fértil cruce cultural. Lo peor: el riesgo de artificio, los cameos excesivos y un ruido extraliterario que condiciona la lectura crítica serena

 

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