“Persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble”, así define la Real Academia Española el término héroe, una descripción en la que encajan perfectamente incontables vecinos de Adamuz, el pueblo testigo de una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia de España, un drama que sus vecinos nunca olvidarán.. Julio Rodríguez, de apenas 16 años, venía de pasar la tarde pescando con un amigo tranquilamente cuando se desató el caos a su alrededor en las calles del pueblo: “De repente empezaron a sonar sirenas de coches de policía, ambulancias, aquello parecía una persecución de película, rápidamente nos subimos al coche y decidimos seguirlos”. Lo que se iba a encontrar allí jamás lo hubiera podido anticipar. “Llegamos allí y solo veíamos gente correr por la vía proveniente del primer tren, pero alguien descubrió el segundo tren y nos dirigimos hacia allí, fuimos de los primeros en llegar”. Él y su amigo, junto a algunos policías locales y el alcalde, dieron con los restos de los vagones del tren Alvia que sufrió la peor parte del terrible accidente. “Milagrosamente, allí había gente que pudo salir por su propio pie, y entre los que se encontraban mejor pudieron ayudarse para escapar de los vagones, pero muchos otros estaban encarcelados y hasta que no llegaron equipos especializados estuvieron dentro. Mi amigo y yo empezamos a llevar a los que podían andar hacia el lugar habilitado para las primeras atenciones. El camino era un infierno, había gente fallecida por en medio, incluso partes de cuerpos. Los dejábamos para ser atendidos y volvíamos a por más pasajeros”, cuenta Julio. Compañía, ánimo y un rayo de luz para los familiares de las víctimas supervivientes que, en muchos casos, pidieron al chico que se comunicara con sus familias para hacerles saber que estaban bien ante la imposibilidad de acceder a sus propios teléfonos móviles. La historia de Julio y su madre, que también participó en los rescates, les valió en el día de ayer la felicitación de SM los Reyes, quienes pidieron hablar con estos valientes vecinos, durante su visita al municipio.. Otros protagonistas no deseados de esta historia fueron los policías locales de Adamuz, quienes durante el domingo vivieron la prueba profesional más dura de sus carreras. Antonio Ruiz, jefe de la dotación, fue de las primeras autoridades en acudir. «En cuanto supimos de la noticia activamos a las polícias municipales de los pueblos cercanos para que viniesen, rápidamente vimos que aquello superaba nuestras capacidades». Cuenta como los propios pasajeros del primer tren, el Iryo, les decían que fuesen al segundo, que «allí había más gente afectada». «Inmediatamente empezamos a sacar gente del talud en el que se encontraban los vagones despeñados. Muchos me preguntaban si sus heridas eran graves. En ese momento entras como en un túnel y solo te centras en seguir y seguir, sacábamos a la gente, los llevamos a los sanitarios y volvíamos». Su compañera, Isabel, cuenta una experiencia similar: «Sentí como si estuviera asistiendo al hundimiento del Titanic, oíamos gritos desgarradores en la oscuridad, encontramos a muchas personas con piernas rotas, heridos de gravedad que no podían caminar», relata.. Paqui, junto a su marido, fue otra de esas vecinas heroicas que merecen ser rescatadas del anonimato. «Al llegar pensamos que se habían equivocado, que solo había un tren afectado, no habíamos visto los vagones del Alvia», cuenta. «Cuando terminamos de desalojar el tren Iryo, fuimos al otro, ayudé a las personas que estaban fuera, mi marido (José) entró y empezó a sacar gente. Está muy afectado, nadie está preparado para las imágenes que vio, lo está pasando muy mal», explica.. Otros, como Sebastián, realizaron labores de transporte. «Mi hijo médico y sus compañeros estaban en el pueblo y me mandaron a por vendas, Betadine y otras necesidades». Estuvo llevando suministros médicos hasta el hospital de campaña improvisado hasta que completó la demanda. «A continuación estuve colaborando con el párroco». Juntos, se dedicaron a llevar mantas y comida de los almacenes de Cáritas hasta el punto donde se reunió a los pasajeros que iban llegando en mejor estado desde el lugar del accidente.. “Nunca imaginamos que veríamos a los Reyes en Adamuz, ojalá hubiera sido por lo bueno que está nuestro café y no por esta tragedia”, resume con amargura Óscar Montero, propietario de un bar de la localidad cordobesa, en cuyo televisor se repiten las imágenes de la visita real al pueblo que nunca deseó ser noticia. Su historia, es la de tantos otros héroes anónimos que intentaron ayudar como pudieron y estuvieron a la altura de una catástrofe que ha sumergido a este municipio en una pesadilla de la que muy poco a poco se van recobrando. La actividad en “Mesones Montero” es frenética. Desde la tarde del domingo, prácticamente sin descanso, sirven comida y bebida a un ritmo desconocido hasta ahora para ellos. “A las 9:30 del domingo nos contactó la Guardia Civil para que proporcionásemos bocadillos y agua para los afectados, así estuvimos hasta las 2 de la mañana y a las 6 volvimos a abrir para seguir ofreciendo servicio”. Ahora que ya no quedan víctimas del accidente en Adamuz la exigencia no ha bajado para los trabajadores de este restaurante; una multitud de periodistas hambrientos se reúne aquí para comer e improvisar escritorios para sus ordenadores. Eso sin olvidar a quienes trabajan sin descanso en la zona cero, cuya demanda de comida parece que continuará en el tiempo, algo que preocupa a Óscar: “No sé cuanto tiempo podremos seguir mandando bocadillos, se nos acaban los suministros, aquí nos distribuyen una vez en semana y no estamos preparados para esto”.. Héroes cotidianos que hacen que, incluso en tragedias como la vivida, se encuentre esperanza y consuelo.
Las voces de los valientes vecinos de Adamuz, testimonios que arrojan esperanza en medio de la tragedia
“Persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble”, así define la Real Academia Española el término héroe, una descripción en la que encajan perfectamente incontables vecinos de Adamuz, el pueblo testigo de una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia de España, un drama que sus vecinos nunca olvidarán.. Julio Rodríguez, de apenas 16 años, venía de pasar la tarde pescando con un amigo tranquilamente cuando se desató el caos a su alrededor en las calles del pueblo: “De repente empezaron a sonar sirenas de coches de policía, ambulancias, aquello parecía una persecución de película, rápidamente nos subimos al coche y decidimos seguirlos”. Lo que se iba a encontrar allí jamás lo hubiera podido anticipar. “Llegamos allí y solo veíamos gente correr por la vía proveniente del primer tren, pero alguien descubrió el segundo tren y nos dirigimos hacia allí, fuimos de los primeros en llegar”. Él y su amigo, junto a algunos policías locales y el alcalde, dieron con los restos de los vagones del tren Alvia que sufrió la peor parte del terrible accidente. “Milagrosamente, allí había gente que pudo salir por su propio pie, y entre los que se encontraban mejor pudieron ayudarse para escapar de los vagones, pero muchos otros estaban encarcelados y hasta que no llegaron equipos especializados estuvieron dentro. Mi amigo y yo empezamos a llevar a los que podían andar hacia el lugar habilitado para las primeras atenciones. El camino era un infierno, había gente fallecida por en medio, incluso partes de cuerpos. Los dejábamos para ser atendidos y volvíamos a por más pasajeros”, cuenta Julio. Compañía, ánimo y un rayo de luz para los familiares de las víctimas supervivientes que, en muchos casos, pidieron al chico que se comunicara con sus familias para hacerles saber que estaban bien ante la imposibilidad de acceder a sus propios teléfonos móviles. La historia de Julio y su madre, que también participó en los rescates, les valió en el día de ayer la felicitación de SM los Reyes, quienes pidieron hablar con estos valientes vecinos, durante su visita al municipio.. Otros protagonistas no deseados de esta historia fueron los policías locales de Adamuz, quienes durante el domingo vivieron la prueba profesional más dura de sus carreras. Antonio Ruiz, jefe de la dotación, fue de las primeras autoridades en acudir. «En cuanto supimos de la noticia activamos a las polícias municipales de los pueblos cercanos para que viniesen, rápidamente vimos que aquello superaba nuestras capacidades». Cuenta como los propios pasajeros del primer tren, el Iryo, les decían que fuesen al segundo, que «allí había más gente afectada». «Inmediatamente empezamos a sacar gente del talud en el que se encontraban los vagones despeñados. Muchos me preguntaban si sus heridas eran graves. En ese momento entras como en un túnel y solo te centras en seguir y seguir, sacábamos a la gente, los llevamos a los sanitarios y volvíamos». Su compañera, Isabel, cuenta una experiencia similar: «Sentí como si estuviera asistiendo al hundimiento del Titanic, oíamos gritos desgarradores en la oscuridad, encontramos a muchas personas con piernas rotas, heridos de gravedad que no podían caminar», relata.. Paqui, junto a su marido, fue otra de esas vecinas heroicas que merecen ser rescatadas del anonimato. «Al llegar pensamos que se habían equivocado, que solo había un tren afectado, no habíamos visto los vagones del Alvia», cuenta. «Cuando terminamos de desalojar el tren Iryo, fuimos al otro, ayudé a las personas que estaban fuera, mi marido (José) entró y empezó a sacar gente. Está muy afectado, nadie está preparado para las imágenes que vio, lo está pasando muy mal», explica.. Otros, como Sebastián, realizaron labores de transporte. «Mi hijo médico y sus compañeros estaban en el pueblo y me mandaron a por vendas, Betadine y otras necesidades». Estuvo llevando suministros médicos hasta el hospital de campaña improvisado hasta que completó la demanda. «A continuación estuve colaborando con el párroco». Juntos, se dedicaron a llevar mantas y comida de los almacenes de Cáritas hasta el punto donde se reunió a los pasajeros que iban llegando en mejor estado desde el lugar del accidente.. “Nunca imaginamos que veríamos a los Reyes en Adamuz, ojalá hubiera sido por lo bueno que está nuestro café y no por esta tragedia”, resume con amargura Óscar Montero, propietario de un bar de la localidad cordobesa, en cuyo televisor se repiten las imágenes de la visita real al pueblo que nunca deseó ser noticia. Su historia, es la de tantos otros héroes anónimos que intentaron ayudar como pudieron y estuvieron a la altura de una catástrofe que ha sumergido a este municipio en una pesadilla de la que muy poco a poco se van recobrando. La actividad en “Mesones Montero” es frenética. Desde la tarde del domingo, prácticamente sin descanso, sirven comida y bebida a un ritmo desconocido hasta ahora para ellos. “A las 9:30 del domingo nos contactó la Guardia Civil para que proporcionásemos bocadillos y agua para los afectados, así estuvimos hasta las 2 de la mañana y a las 6 volvimos a abrir para seguir ofreciendo servicio”. Ahora que ya no quedan víctimas del accidente en Adamuz la exigencia no ha bajado para los trabajadores de este restaurante; una multitud de periodistas hambrientos se reúne aquí para comer e improvisar escritorios para sus ordenadores. Eso sin olvidar a quienes trabajan sin descanso en la zona cero, cuya demanda de comida parece que continuará en el tiempo, algo que preocupa a Óscar: “No sé cuanto tiempo podremos seguir mandando bocadillos, se nos acaban los suministros, aquí nos distribuyen una vez en semana y no estamos preparados para esto”.. Héroes cotidianos que hacen que, incluso en tragedias como la vivida, se encuentre esperanza y consuelo.
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