Nadie va a presentar a Luz Arcas (1983) a estas altura. Entre otras, Premio Nacional de Danza y Premio Ojo Crítico. Para el anfitrión de la casa, Juan Mayorga, pues la malagueña regresa una vez más a un lugar en el que ha presentado su «Ciclo de los milagros» y «Todas las santas», estamos ante una «voz y cuerpo singulares» cuyos trabajos, de la mano de La Phármaco, «son aplaudidos por toda Europa». Y así es: Arcas ha desarrollado en todo este tiempo un lenguaje propio en el que la tradición más arraigada de su tierra sube a los escenarios pasados por el tamiz de su persona y su arte. En esta ocasión, la artista se ha apoyado en Pedro G. Romero, responsable de la dramaturgia, para levantar un montaje que tuvo una primera «performance» en el Festival Itálica de Sevilla, en junio, y que se presenta en Madrid, en La Abadía, como un nuevo proyecto. «Un estreno absoluto», sentencia Mayorga de esta «Morphine».. Lo que se inició como una obra de videoarte ha terminado evolucionando hasta una pieza escénica completa que crece sobre la lectura de la mujer del subtítulo: «Nana para Emmy Hennings», dadaísta y fundadora del Cabaret Voltaire de Zúrich junto a su pareja, Hugo Ball. En palabras de Luz Arcas, una «poeta, novelista, bailarina, mendiga, morfinómana, prostituta, presa y mística cristiana» que ha sido, continúa, «fundamental para encarnar una poética entre la oración y el sacrilegio, la devoción y la iconoclastia, la revelación mística y la adicción».. La importancia de la herencia familiar. Porque «Morphine» es, por encima de todo, una sesión de espiritismo, «una invocación», apunta quien ha sumado a la causa la mesa empleada en su día por su tío-bisabuelo para estos menesteres, en concreto, para comunicarse con su mujer fallecida.. Así, en la obra conviven elementos rituales de Andalucía, como los incensarios de Loja y campanilleros de Archidona, con el flamenco de Lebrija; o referencias de la cultura religiosa popular mediterránea (Santa Águeda) con elementos de la biografía y memoria familiar de la coreógrafa y bailarina (la citada mesa familiar); además de la «necesidad», señala Arcas, «de habitar el espacio-tiempo de una manera más libre, un acto de resistencia a lo que llamamos realidad»: «Llevo años trabajando la idea de un cuerpo jondo; investigo el cuerpo como materia que contiene el gesto, en un ejercicio de exhumación del cuerpo, que necesita un vacío para ser atravesado».. En esa investigación también se ha llegado a los textos de la espiritista Agustina González, inspiradora de Lorca en «La zapatera prodigiosa» y germen de una pieza que ha ocupado a Arcas durante «algo más de dos años». Así ha llegado a un «solísimo de danza, muy solitario», dice, en el que la artista estará acompañada en directo por Xabier Erkizia, el mismo que propuso a la cantaora Inés Bacán poner música y voz por seguirillas al poema «Morphine» de Emmy Hennings.. La intérprete soñó con bailar una danza que le alejase de su cuerpo y en el que se manifiesta cercana al mundo de Hennings, «siempre femenino, doméstico y marginal, ajeno a las religiones oficiales y a la institución, una manera para mi también de cuestionar el concepto de autoría frente a lo que marcan los cánones».
La artista malagueña vuelve a La Abadía con un montaje esotérico y lleno de rituales populares
Nadie va a presentar a Luz Arcas (1983) a estas altura. Entre otras, Premio Nacional de Danza y Premio Ojo Crítico. Para el anfitrión de la casa, Juan Mayorga, pues la malagueña regresa una vez más a un lugar en el que ha presentado su «Ciclo de los milagros» y «Todas las santas», estamos ante una «voz y cuerpo singulares» cuyos trabajos, de la mano de La Phármaco, «son aplaudidos por toda Europa». Y así es: Arcas ha desarrollado en todo este tiempo un lenguaje propio en el que la tradición más arraigada de su tierra sube a los escenarios pasados por el tamiz de su persona y su arte. En esta ocasión, la artista se ha apoyado en Pedro G. Romero, responsable de la dramaturgia, para levantar un montaje que tuvo una primera «performance» en el Festival Itálica de Sevilla, en junio, y que se presenta en Madrid, en La Abadía, como un nuevo proyecto. «Un estreno absoluto», sentencia Mayorga de esta «Morphine».. Lo que se inició como una obra de videoarte ha terminado evolucionando hasta una pieza escénica completa que crece sobre la lectura de la mujer del subtítulo: «Nana para Emmy Hennings», dadaísta y fundadora del Cabaret Voltaire de Zúrich junto a su pareja, Hugo Ball. En palabras de Luz Arcas, una «poeta, novelista, bailarina, mendiga, morfinómana, prostituta, presa y mística cristiana» que ha sido, continúa, «fundamental para encarnar una poética entre la oración y el sacrilegio, la devoción y la iconoclastia, la revelación mística y la adicción».. Porque «Morphine» es, por encima de todo, una sesión de espiritismo, «una invocación», apunta quien ha sumado a la causa la mesa empleada en su día por su tío-bisabuelo para estos menesteres, en concreto, para comunicarse con su mujer fallecida.. Así, en la obra conviven elementos rituales de Andalucía, como los incensarios de Loja y campanilleros de Archidona, con el flamenco de Lebrija; o referencias de la cultura religiosa popular mediterránea (Santa Águeda) con elementos de la biografía y memoria familiar de la coreógrafa y bailarina (la citada mesa familiar); además de la «necesidad», señala Arcas, «de habitar el espacio-tiempo de una manera más libre, un acto de resistencia a lo que llamamos realidad»: «Llevo años trabajando la idea de un cuerpo jondo; investigo el cuerpo como materia que contiene el gesto, en un ejercicio de exhumación del cuerpo, que necesita un vacío para ser atravesado».. En esa investigación también se ha llegado a los textos de la espiritista Agustina González, inspiradora de Lorca en «La zapatera prodigiosa» y germen de una pieza que ha ocupado a Arcas durante «algo más de dos años». Así ha llegado a un «solísimo de danza, muy solitario», dice, en el que la artista estará acompañada en directo por Xabier Erkizia, el mismo que propuso a la cantaora Inés Bacán poner música y voz por seguirillas al poema «Morphine» de Emmy Hennings.. La intérprete soñó con bailar una danza que le alejase de su cuerpo y en el que se manifiesta cercana al mundo de Hennings, «siempre femenino, doméstico y marginal, ajeno a las religiones oficiales y a la institución, una manera para mi también de cuestionar el concepto de autoría frente a lo que marcan los cánones».
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