Hacer de la necesidad virtud. Su «a priori» punto débil, el ser director de una compañía de danza sin ser bailarín, se ha convertido en su punto fuerte. Marcos Morau llena coliseos allá donde pisa. El próximo, este mismo fin de semana: Madrid, con La Veronal; pero no tardará en viajar a París y Gotemburgo con nuevos proyectos; también a Tokio, donde abordará el harakiri de Yukio Mishima: «una de las citas más especiales de este 2026», suspira este valenciano afincado en Barcelona desde hace 20 años.. A Morau se lo rifan hasta tal punto que su agenda está llena para los próximos «cuatro o cinco años», señala quien no descansa. Siempre está en alerta. Siempre tiene el piloto automático de la creación activado. LA RAZÓN da con él, por teléfono, en un insólito retiro en Tenerife antes de adentrarse en la tormenta creativa que tiene pronosticada para el nuevo año. «Tengo muchísimas cosas y necesito empezar el año ordenando las ideas, mi cabeza. 2025 ha sido muy bonito, con muchos reconocimientos, pero también bastante intenso. Jugar en esta división tiene sus cosas buenas, pero también tiene sus complejidades a la hora de de gestionar emociones y tiempos».. Primera parada: ‘La mort i la primavera’, en Centro Danza Matadero (del 15 al 25 de enero), Madrid. Un espectáculo a partir de la novela homónima de Mercè Rodoreda. El mundo cruel y atemporal de la obra de la autora catalana «es también una alegoría de los males del mundo, de los estragos y fascismos de la modernidad: porque presenta la Historia como el resultado de una horrible sordera ante la música secreta de todo lo vivo; porque exhibe una humanidad opresora y oprimida, siempre abocada a hacer el peor uso posible del potencial de generación, vida, muerte y descomposición que la naturaleza le otorga», presenta.. –¿Libra o descansa a menudo?. –No lo tengo claro porque cada día, de alguna manera, hay algo de ti que no se desvincula de la profesión. Siempre estás con el piloto automático encendido.. –¿Dónde está la belleza?. –Uno nunca sabe dónde va a encontrar a la musa de la inspiración. A veces sucede en un aeropuerto, o en un funeral [así lo hizo en el de su propio padre], o en un paseo nocturno… No sé, nunca sabes realmente qué se activa y por qué. Es un misterio y yo creo que los creadores vivimos siempre en esta tensión entre lo que vemos y lo que imaginamos.. –Modo de vida: estar receptivo.. –Estamos vivos, estamos aquí y ahora en este mundo, en este momento, y somos testigos de lo que pasa y de qué manera canalizamos, a través del arte, lo que nos sucede y lo que nos afecta; porque yo soy persona antes que creador y esa persona sufre, se emociona, se enfada y quiere irradiar, agitar, cuestionar y usar el escenario como un lugar en el que yo lance mis preguntas y pueda construir mis monstruos, mis personajes, mis mundos… siempre en resonancia con el tiempo que vivo. Intento ver qué está sucediendo. Yo cambio y conmigo cambia lo que hago, ¿no? Es una obligación el no cerrar la persiana y estar siempre en alerta.. –¿Con qué sufre? ¿Qué le enfada?. –El mundo actual. Desconectarme del mundo ahora no me es posible. Debemos generar un discurso, un criterio, una voz, un pensamiento propio, porque es fácil dejarte llevar por la tendencia, por lo que se tiene que pensar, por la polarización. Las cosas que suceden no son por arte de magia; las activamos las personas. Parece que todo lo que vemos es parte de un guion que ha escrito algún tipo de dios, pero el dios actual es el ser humano. Y nosotros mismos somos los que estamos empujando el mundo hacia el lugar al que va.. –¿Y hacia dónde vamos? ¿Al abismo, siendo tremendistas, o a una sociedad mejor?. –Se dice que hablar de distopías, de abismos y de caos no es positivo porque hace que la gente se amanse al no tener nada que hacer contra ello. Yo creo que sí podemos reconducir la situación. Siempre pasan cosas. Son ciclos, y este de ahora tenemos que vivirlo, capearlo, enfrentarlo y ver qué nos trae. Pero también es verdad que el mundo actual está en estado de agitación permanente: Gaza, Venezuela, Irán, la Dana… Siempre hay algo que te invita a tomar partido.. –El eterno «momento histórico»…. –Imagino que la gente que sufrió la Guerra Fría o la Segunda Guerra Mundial diría l3o mismo, o quienes sufrieron la caída del Muro o de las Torres Gemelas. Estamos en un inicio del siglo XXI muy convulso ¡y prepárense porque parece que lo mejor está por venir!. –¿Cómo desconecta de su «frenética» agenda internacional?. –No soy capaz. Lo que pasa es que, a medida que voy creciendo y aunque sea joven, empiezo a entender que hay cosas que me son saludables: gimnasio, películas, libros, ponerme frente al mar, ver las plantas… Intento encontrar un orden dentro del desorden, que es una contradicción, pero como tengo la agenda tan planificada para los próximos cuatro o cinco años tengo que encontrar mis huecos en el día a día. Intentas también relativizar un poco. No tomarme todo a pecho. Los premios, el reconocimiento, la exposición, la expectativa… son cosas que están ahí y que, a veces, van en tu contra. Por eso intento volver al niño y alimentarme desde ahí. Y no lo pienso en la agenda. Me he acostumbrado. He tenido esa fortuna y esa desgracia de tener un pie en el futuro. A veces pienso en qué momento voy a tener tiempo para el descanso. He aprendido que tener vacíos no es sinónimo de fracaso, sino que necesito vivir otras cosas, como estar en casa. El mercado cultural siempre quiere lo último y que la gente se recicle; ver cómo los nuevos medios nos atraviesan. Entonces tienes que estar en contacto. Bajarte del tren y luego pretender volver a subirte a esta velocidad igual no es tan fácil. Pero yo también me pregunto hasta cuándo voy a sostener este ritmo, presión, exposición, esta manera de vivir. De momento, lo disfruto pese a que el año pasado tuve una crisis y tuve que parar. Nadie está preparado para que, de repente, tu cabeza, tu cuerpo y tu agenda se desconecten; y te das cuenta de que hay algo más importante que la creación, que es tu propia salud. Cuando esto pasa, paras de golpe y te formateas. Es importante cuidar esta creación que me arrastra y me lleva dentro, pero también yo soy una persona que tengo que saber parar, pensar, descansar… y esto te lo dice el cuerpo.. –¿Y ha bajado el ritmo?. –Mis médicos te dirían que no. He aprendido a vivirlo de manera diferente, a disfrutar, a que lo más importante no es solo lo que veas en el escenario o lo que digan de ti, sino lo que tú sientes y lo que tú eres en cada momento. Cuando dicen que el tiempo lo cura todo, no es porque el tiempo sea una persona que te viene y te cura, sino es porque poco a poco empiezas a establecer hábitos. Relativizas. Hago lo que puedo y como puedo con lo que tengo; y así disfruto viviendo.. –Se denomina «joven», pero ha pasado los 40; ya no es un chaval. ¿Hasta cuándo somos jóvenes?. –Así me siguen llamando [risas]: «L’enfant terrible», como cuando tenía 27 años y era joven de verdad. Cualquier día empezaré a ser un señor. No sé si es por mi manera de ser, o por mi aspecto o por mi manera de relacionarme con lo que hago. Cuando de joven veía a Castellucci con 45 años ya era un señor, una vaca sagrada.. –Llega a Madrid con ‘La muerte y la primavera’. Ya tocó el tema de la muerte en ‘Totentanz’ y sigue con ella. ¿Le obsesiona?. –Los creadores trabajamos por ciclos. Abres un melón y te da para varias piezas, como la etapa azul de Picasso o las pinturas negras de Goya. Es un momento de reflexión que empezó con Gaza, donde sentía que la muerte y la banalidad iban de la mano; era una cosa más que no nos importaba. Aquí tenía la novela de Mercè Rodoreda, que me gustó tanto que la paré porque no era el momento y lo quería ver bien. Pero lo dejé apuntado. Y se lo presenté al Teatro Nacional de Cataluña cuando hablé con ellos de inaugurar la temporada. Si no hay una necesidad, un impulso o algo que te motive, crear no tiene sentido. El día que crea que estoy haciendo una rutina tendré que cambiar de profesión.. –¿Con qué disfruta Marcos Morau?. –Afortunadamente, con muchas cosas: con Goya y Velázquez, y también con Picasso. No tengo problemas.. –Un «disfrutón».. –Sí, pero también un «hater». Cuando creas tienes que tomar decisiones y cuando digo «no» a algo no es porque lo odie, sino porque me repele. Es lo que no quieres ser, lo que no te gusta mirar. Y ahí está el criterio, que puede no ser el mejor, pero es el mío propio.. –¿Y cómo se lleva con los «haters»?. –Me gusta sentir que despiertas cosas, que la gente reaccione.. –En diciembre recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, todo esto viene después de otros tantos premios dentro y fuera de España, pero ¿en qué ha transformado la danza?. –Uffff. No lo sé. Es un océano tan grande que no veo la costa. No sé lo que he hecho. Hago lo que me gusta y, como no me he formado como bailarín, mi acercamiento a la danza viene desde otros lugares. Me siento libre.. –¿Se puede decir que lo que «a priori» debería ser una debilidad, el no ser bailarín y dirigir una compañía de danza, se ha convertido en su punto fuerte?. –Mucha gente lo comenta: al final, es convertir un «handicap» en tu mejor virtud. No me esperaba llegar así de lejos, pero bienvenido sea.. –¿Y qué queda en su arte de aquellos moros y cristianos que veía de pequeño en su casa, en Onteniente?. –No puedo evitar ser valenciano por mucho que lleve 20 años en Barcelona. Tengo esa luz; Cataluña, por su parte, me da otra mirada más seria. Carles Santos, Nacho Duato, Antonio Gades… O yo. Todos nos hemos ido de Valencia, pero también nos la hemos llevado con nosotros. Y eso es bonito. Sé que allí no podría trabajar. Me gusta volver. Me gusta cuando llego a casa y me encanta irme. No porque la odie ni la deteste, sino porque he encontrado mi sitio en otro lugar.
El coreógrafo no para, y aunque ese ritmo le haya costado algún disgusto, ha aprendido a disfrutarlo: «El día que crea que estoy haciendo una rutina tendré que cambiar de profesión». Así afronta un 2026 cargado de trabajo y que inicia en Madrid
Hacer de la necesidad virtud. Su «a priori» punto débil, el ser director de una compañía de danza sin ser bailarín, se ha convertido en su punto fuerte. Marcos Moraullena coliseos allá donde pisa. El próximo, este mismo fin de semana: Madrid, con La Veronal; pero no tardará en viajar a París y Gotemburgo con nuevos proyectos; también a Tokio, donde abordará el harakiri de Yukio Mishima: «una de las citas más especiales de este 2026», suspira este valenciano afincado en Barcelona desde hace 20 años.. A Morau se lo rifan hasta tal punto que su agenda está llena para los próximos «cuatro o cinco años», señala quien no descansa. Siempre está en alerta. Siempre tiene el piloto automático de la creación activado. LA RAZÓN da con él, por teléfono, en un insólito retiro en Tenerife antes de adentrarse en la tormenta creativa que tiene pronosticada para el nuevo año. «Tengo muchísimas cosas y necesito empezar el año ordenando las ideas, mi cabeza. 2025 ha sido muy bonito, con muchos reconocimientos, pero también bastante intenso. Jugar en esta división tiene sus cosas buenas, pero también tiene sus complejidades a la hora de de gestionar emociones y tiempos».. Primera parada: ‘La mort i la primavera’, en Centro Danza Matadero (del 15 al 25 de enero), Madrid. Un espectáculo a partir de la novela homónima de Mercè Rodoreda. El mundo cruel y atemporal de la obra de la autora catalana «es también una alegoría de los males del mundo, de los estragos y fascismos de la modernidad: porque presenta la Historia como el resultado de una horrible sordera ante la música secreta de todo lo vivo; porque exhibe una humanidad opresora y oprimida, siempre abocada a hacer el peor uso posible del potencial de generación, vida, muerte y descomposición que la naturaleza le otorga», presenta.. –¿Libra o descansa a menudo?. –No lo tengo claro porque cada día, de alguna manera, hay algo de ti que no se desvincula de la profesión. Siempre estás con el piloto automático encendido.. –¿Dónde está la belleza?. –Uno nunca sabe dónde va a encontrar a la musa de la inspiración. A veces sucede en un aeropuerto, o en un funeral [así lo hizo en el de su propio padre], o en un paseo nocturno… No sé, nunca sabes realmente qué se activa y por qué. Es un misterio y yo creo que los creadores vivimos siempre en esta tensión entre lo que vemos y lo que imaginamos.. –Modo de vida: estar receptivo.. –Estamos vivos, estamos aquí y ahora en este mundo, en este momento, y somos testigos de lo que pasa y de qué manera canalizamos, a través del arte, lo que nos sucede y lo que nos afecta; porque yo soy persona antes que creador y esa persona sufre, se emociona, se enfada y quiere irradiar, agitar, cuestionar y usar el escenario como un lugar en el que yo lance mis preguntas y pueda construir mis monstruos, mis personajes, mis mundos… siempre en resonancia con el tiempo que vivo. Intento ver qué está sucediendo. Yo cambio y conmigo cambia lo que hago, ¿no? Es una obligación el no cerrar la persiana y estar siempre en alerta.. –¿Con qué sufre? ¿Qué le enfada?. –El mundo actual. Desconectarme del mundo ahora no me es posible. Debemos generar un discurso, un criterio, una voz, un pensamiento propio, porque es fácil dejarte llevar por la tendencia, por lo que se tiene que pensar, por la polarización. Las cosas que suceden no son por arte de magia; las activamos las personas. Parece que todo lo que vemos es parte de un guion que ha escrito algún tipo de dios, pero el dios actual es el ser humano. Y nosotros mismos somos los que estamos empujando el mundo hacia el lugar al que va.. –¿Y hacia dónde vamos? ¿Al abismo, siendo tremendistas, o a una sociedad mejor?. –Se dice que hablar de distopías, de abismos y de caos no es positivo porque hace que la gente se amanse al no tener nada que hacer contra ello. Yo creo que sí podemos reconducir la situación. Siempre pasan cosas. Son ciclos, y este de ahora tenemos que vivirlo, capearlo, enfrentarlo y ver qué nos trae. Pero también es verdad que el mundo actual está en estado de agitación permanente: Gaza, Venezuela, Irán, la Dana… Siempre hay algo que te invita a tomar partido.. –El eterno «momento histórico»…. –Imagino que la gente que sufrió la Guerra Fría o la Segunda Guerra Mundial diría l3o mismo, o quienes sufrieron la caída del Muro o de las Torres Gemelas. Estamos en un inicio del siglo XXI muy convulso ¡y prepárense porque parece que lo mejor está por venir!. –¿Cómo desconecta de su «frenética» agenda internacional?. –No soy capaz. Lo que pasa es que, a medida que voy creciendo y aunque sea joven, empiezo a entender que hay cosas que me son saludables: gimnasio, películas, libros, ponerme frente al mar, ver las plantas… Intento encontrar un orden dentro del desorden, que es una contradicción, pero como tengo la agenda tan planificada para los próximos cuatro o cinco años tengo que encontrar mis huecos en el día a día. Intentas también relativizar un poco. No tomarme todo a pecho. Los premios, el reconocimiento, la exposición, la expectativa… son cosas que están ahí y que, a veces, van en tu contra. Por eso intento volver al niño y alimentarme desde ahí. Y no lo pienso en la agenda. Me he acostumbrado. He tenido esa fortuna y esa desgracia de tener un pie en el futuro. A veces pienso en qué momento voy a tener tiempo para el descanso. He aprendido que tener vacíos no es sinónimo de fracaso, sino que necesito vivir otras cosas, como estar en casa. El mercado cultural siempre quiere lo último y que la gente se recicle; ver cómo los nuevos medios nos atraviesan. Entonces tienes que estar en contacto. Bajarte del tren y luego pretender volver a subirte a esta velocidad igual no es tan fácil. Pero yo también me pregunto hasta cuándo voy a sostener este ritmo, presión, exposición, esta manera de vivir. De momento, lo disfruto pese a que el año pasado tuve una crisis y tuve que parar. Nadie está preparado para que, de repente, tu cabeza, tu cuerpo y tu agenda se desconecten; y te das cuenta de que hay algo más importante que la creación, que es tu propia salud. Cuando esto pasa, paras de golpe y te formateas. Es importante cuidar esta creación que me arrastra y me lleva dentro, pero también yo soy una persona que tengo que saber parar, pensar, descansar… y esto te lo dice el cuerpo.. –¿Y ha bajado el ritmo?. –Mis médicos te dirían que no. He aprendido a vivirlo de manera diferente, a disfrutar, a que lo más importante no es solo lo que veas en el escenario o lo que digan de ti, sino lo que tú sientes y lo que tú eres en cada momento. Cuando dicen que el tiempo lo cura todo, no es porque el tiempo sea una persona que te viene y te cura, sino es porque poco a poco empiezas a establecer hábitos. Relativizas. Hago lo que puedo y como puedo con lo que tengo; y así disfruto viviendo.. –Se denomina «joven», pero ha pasado los 40; ya no es un chaval. ¿Hasta cuándo somos jóvenes?. –Así me siguen llamando [risas]: «L’enfant terrible», como cuando tenía 27 años y era joven de verdad. Cualquier día empezaré a ser un señor. No sé si es por mi manera de ser, o por mi aspecto o por mi manera de relacionarme con lo que hago. Cuando de joven veía a Castellucci con 45 años ya era un señor, una vaca sagrada.. –Llega a Madrid con ‘La muerte y la primavera’. Ya tocó el tema de la muerte en ‘Totentanz’ y sigue con ella. ¿Le obsesiona?. –Los creadores trabajamos por ciclos. Abres un melón y te da para varias piezas, como la etapa azul de Picasso o las pinturas negras de Goya. Es un momento de reflexión que empezó con Gaza, donde sentía que la muerte y la banalidad iban de la mano; era una cosa más que no nos importaba. Aquí tenía la novela de Mercè Rodoreda, que me gustó tanto que la paré porque no era el momento y lo quería ver bien. Pero lo dejé apuntado. Y se lo presenté al Teatro Nacional de Cataluña cuando hablé con ellos de inaugurar la temporada. Si no hay una necesidad, un impulso o algo que te motive, crear no tiene sentido. El día que crea que estoy haciendo una rutina tendré que cambiar de profesión.. –¿Con qué disfruta Marcos Morau?. –Afortunadamente, con muchas cosas: con Goya y Velázquez, y también con Picasso. No tengo problemas.. –Un «disfrutón».. –Sí, pero también un «hater». Cuando creas tienes que tomar decisiones y cuando digo «no» a algo no es porque lo odie, sino porque me repele. Es lo que no quieres ser, lo que no te gusta mirar. Y ahí está el criterio, que puede no ser el mejor, pero es el mío propio.. –¿Y cómo se lleva con los «haters»?. –Me gusta sentir que despiertas cosas, que la gente reaccione.. –En diciembre recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, todo esto viene después de otros tantos premios dentro y fuera de España, pero ¿en qué ha transformado la danza?. –Uffff. No lo sé. Es un océano tan grande que no veo la costa. No sé lo que he hecho. Hago lo que me gusta y, como no me he formado como bailarín, mi acercamiento a la danza viene desde otros lugares. Me siento libre.. –¿Se puede decir que lo que «a priori» debería ser una debilidad, el no ser bailarín y dirigir una compañía de danza, se ha convertido en su punto fuerte?. –Mucha gente lo comenta: al final, es convertir un «handicap» en tu mejor virtud. No me esperaba llegar así de lejos, pero bienvenido sea.. –¿Y qué queda en su arte de aquellos moros y cristianos que veía de pequeño en su casa, en Onteniente?. –No puedo evitar ser valenciano por mucho que lleve 20 años en Barcelona. Tengo esa luz; Cataluña, por su parte, me da otra mirada más seria. Carles Santos, Nacho Duato, Antonio Gades… O yo. Todos nos hemos ido de Valencia, pero también nos la hemos llevado con nosotros. Y eso es bonito. Sé que allí no podría trabajar. Me gusta volver. Me gusta cuando llego a casa y me encanta irme. No porque la odie ni la deteste, sino porque he encontrado mi sitio en otro lugar.
Noticias de cultura en La Razón
