La reciente insistencia de Washington en subrayar la “importancia estratégica” de Groenlandia, acompañada incluso de referencias al uso de la fuerza, ha generado una fuerte reacción diplomática en Europa y un rechazo mayoritario entre los propios groenlandeses.. Aunque el marco jurídico internacional actual dista mucho del de otras épocas, la idea de adquirir territorios considerados clave para la seguridad nacional no es nueva en la política exterior estadounidense. De hecho, uno de los ejemplos más claros se remonta al siglo XIX, cuando Estados Unidos compró Alaska al Imperio ruso en una operación que, en su momento, fue tan polémica como incomprendida.. Alaska, un territorio remoto en el siglo XIX. Antes de ser el estado número 49 de Estados Unidos, Alaska perteneció al Imperio ruso durante más de un siglo. La presencia rusa se inició en el siglo XVIII, impulsada por exploradores y comerciantes atraídos por el lucrativo comercio de pieles, especialmente de nutria marina. Con el tiempo, Rusia estableció una administración colonial a través de la Compañía Ruso-Americana, que controlaba la explotación económica y el asentamiento en la región.. Sin embargo, mantener Alaska resultaba cada vez más costoso para San Petersburgo. La lejanía del territorio, la competencia creciente de comerciantes británicos y estadounidenses y el progresivo agotamiento de los recursos peleteros debilitaban su rentabilidad. A ello se sumó el impacto de la Guerra de Crimea (1853-1856), que dejó al Imperio ruso en una posición financiera y estratégica delicada.. En ese escenario, el gobierno del zar Alejandro II comenzó a considerar la venta de Alaska. El temor a perder el territorio sin compensación, especialmente ante una posible expansión británica desde Canadá, aceleró la decisión. Estados Unidos aparecía como un comprador lógico: era una potencia emergente, con intereses en el Pacífico y sin una rivalidad directa con Rusia en la región.. Las negociaciones fueron lideradas por William H. Seward, secretario de Estado estadounidense, quien defendía una política exterior expansiva basada tanto en la diplomacia como en la adquisición de territorios. En 1867, ambos países firmaron un tratado por el que Estados Unidos pagó 7,2 millones de dólares en oro por Alaska, una suma que incluso entonces fue considerada modesta para la magnitud del territorio.. Reacciones y escepticismo inicial. La operación no fue recibida con entusiasmo inmediato. En Estados Unidos, parte de la prensa y de la clase política calificó la compra como una imprudencia, argumentando que se trataba de una región inhóspita, aislada y sin valor económico aparente. La expresión “la locura de Seward” se popularizó para describir lo que muchos veían como un despilfarro.. En Rusia, tampoco faltaron las críticas. Algunos sectores consideraron que la venta suponía una pérdida de prestigio imperial y cuestionaron si el precio reflejaba realmente el valor del territorio. No obstante, desde la perspectiva del gobierno ruso, la operación permitía deshacerse de una colonia difícil de defender y obtener recursos en un momento de debilidad.. Con el paso de las décadas, la percepción de Alaska cambió de forma radical. A finales del siglo XIX, la fiebre del oro atrajo población e inversiones, y a mediados del siglo XX se descubrieron importantes yacimientos de petróleo y gas. Estos recursos transformaron la economía del territorio y reforzaron su importancia dentro de Estados Unidos.. Además, Alaska adquirió un papel clave en términos militares y geopolíticos. Durante la Guerra Fría, su proximidad a la Unión Soviética convirtió al estado en un punto estratégico para la defensa aérea y el despliegue militar estadounidense, una función que sigue siendo relevante en el contexto actual del Ártico.. El caso de Alaska demuestra que Estados Unidos ya recurrió en el pasado a la adquisición de territorios por motivos estratégicos, económicos y de seguridad. Aunque el derecho internacional contemporáneo se basa, teóricamente, en principios como la soberanía y la autodeterminación, este episodio histórico ayuda a explicar por qué propuestas como la de Groenlandia no es la única en la historia del gigante norteamericano.
La reciente insistencia de Washington en subrayar la “importancia estratégica” de Groenlandia, acompañada incluso de referencias al uso de la fuerza, ha generado una fuerte reacción diplomática en Europa y un rechazo mayoritario entre los propios groenlandeses.. Aunque el marco jurídico internacional actual dista mucho del de otras épocas, la idea de adquirir territorios considerados clave para la seguridad nacional no es nueva en la política exterior estadounidense. De hecho, uno de los ejemplos más claros se remonta al siglo XIX, cuando Estados Unidos compró Alaska al Imperio ruso en una operación que, en su momento, fue tan polémica como incomprendida.. Alaska, un territorio remoto en el siglo XIX. Antes de ser el estado número 49 de Estados Unidos, Alaska perteneció al Imperio ruso durante más de un siglo. La presencia rusa se inició en el siglo XVIII, impulsada por exploradores y comerciantes atraídos por el lucrativo comercio de pieles, especialmente de nutria marina. Con el tiempo, Rusia estableció una administración colonial a través de la Compañía Ruso-Americana, que controlaba la explotación económica y el asentamiento en la región.. Sin embargo, mantener Alaska resultaba cada vez más costoso para San Petersburgo. La lejanía del territorio, la competencia creciente de comerciantes británicos y estadounidenses y el progresivo agotamiento de los recursos peleteros debilitaban su rentabilidad. A ello se sumó el impacto de la Guerra de Crimea (1853-1856), que dejó al Imperio ruso en una posición financiera y estratégica delicada.. En ese escenario, el gobierno del zar Alejandro II comenzó a considerar la venta de Alaska. El temor a perder el territorio sin compensación, especialmente ante una posible expansión británica desde Canadá, aceleró la decisión. Estados Unidos aparecía como un comprador lógico: era una potencia emergente, con intereses en el Pacífico y sin una rivalidad directa con Rusia en la región.. Las negociaciones fueron lideradas por William H. Seward, secretario de Estado estadounidense, quien defendía una política exterior expansiva basada tanto en la diplomacia como en la adquisición de territorios. En 1867, ambos países firmaron un tratado por el que Estados Unidos pagó 7,2 millones de dólares en oro por Alaska, una suma que incluso entonces fue considerada modesta para la magnitud del territorio.. Reacciones y escepticismo inicial. La operación no fue recibida con entusiasmo inmediato. En Estados Unidos, parte de la prensa y de la clase política calificó la compra como una imprudencia, argumentando que se trataba de una región inhóspita, aislada y sin valor económico aparente. La expresión “la locura de Seward” se popularizó para describir lo que muchos veían como un despilfarro.. En Rusia, tampoco faltaron las críticas. Algunos sectores consideraron que la venta suponía una pérdida de prestigio imperial y cuestionaron si el precio reflejaba realmente el valor del territorio. No obstante, desde la perspectiva del gobierno ruso, la operación permitía deshacerse de una colonia difícil de defender y obtener recursos en un momento de debilidad.. Con el paso de las décadas, la percepción de Alaska cambió de forma radical. A finales del siglo XIX, la fiebre del oro atrajo población e inversiones, y a mediados del siglo XX se descubrieron importantes yacimientos de petróleo y gas. Estos recursos transformaron la economía del territorio y reforzaron su importancia dentro de Estados Unidos.. Además, Alaska adquirió un papel clave en términos militares y geopolíticos. Durante la Guerra Fría, su proximidad a la Unión Soviética convirtió al estado en un punto estratégico para la defensa aérea y el despliegue militar estadounidense, una función que sigue siendo relevante en el contexto actual del Ártico.. El caso de Alaska demuestra que Estados Unidos ya recurrió en el pasado a la adquisición de territorios por motivos estratégicos, económicos y de seguridad. Aunque el derecho internacional contemporáneo se basa, teóricamente, en principios como la soberanía y la autodeterminación, este episodio histórico ayuda a explicar por qué propuestas como la de Groenlandia no es la única en la historia del gigante norteamericano.
Las reciente declaraciones de la Casa Blanca sobre Groenlandia y sus intenciones sobre el territorio recuerdan que la expansión territorial de Estados Unidos viene acompañada de su propia historia
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