2026 lleva solo 5 días de vida y ya ni siquiera nos acordamos de la Nochevieja. La Navidad no ha acabado y el rugido de los desordenes mundiales no nos ha dado ni una pequeña tregua de sobresaltos.. Pero hoy es día de cabalgata de la ilusión y es un buen ejercicio volver a ver, un año más, la que retransmitió Gloria Fuertes en la TVE de 1984, donde nos recordó lo importante que es cuidar el vocabulario. Porque en las palabras empieza todo. La cordialidad. La ironía. La perspicacia. Incluso la discriminación. Aunque cuarenta largos años después parezca que hemos olvidado la responsabilidad de mimar la belleza del lenguaje. Solo hay que observar las maneras de determinados líderes mundiales. Señores que ejercen los discursos como si estuvieran a las tres de la mañana en una tasca a punto de cerrar.. Gloria Fuertes, en cambio, hasta en el programa infantil más naif nos regalaba palabras bonitas para alimentar nuestro espíritu crítico. Esa mirada despierta que, con las cosas del crecer, nos permite esquivar las balas de la ignorancia que habla antes de pensar. Y empezó la emisión del desfile festivo que traía a Melchor, Gaspar y Baltasar. Y los fuegos de artificio explotaron para dar luz a la cabalgata. Entonces, Gloria no pudo evitar pensar en voz alta: «Menos mal que son cohetes. Porque yo no quiero más disparos que los de los petardos y los del tapón de la botella de champán». A su lado, estaba la entrañable María Luisa Seco. Copresentaba sin ocultar su admiración hacia la pensadora poeta. En eso también eran modernas, mostrar sus afectos las hacían empáticas y no vulnerables.. Durante la emisión, ambas simulaban estar sentadas en las ramas de la copa de un árbol. «Ay, que se mueven». Y los niños se lo creían, claro. Y sus padres, también. Siempre necesitamos imaginar. Mejor si es desde aquella casa en lo alto de un arce que soñábamos cuándo éramos pequeños. Con una puerta tan pequeñita que era inaccesible para los mayores y sus prejuicios.. «Los papás lo están pasando bomba pacifista», describía Gloria al ver cómo madrileños y visitantes recogían los caramelos que arrojaban las carrozas. De nuevo, no faltaba la coletilla, pues nunca podía olvidar la guerra civil que marcó su juventud. Su compromiso con la convivencia estaba en cada matiz que incorporaba a sus comentarios. Aunque aligerando cualquier ápice de intensidad con el humor que amortiga los sobrealtos de la vida. Gloria sabía que la risa es la revolución más democrática. Nos acoge hasta cuando no tenemos demasiado.. Y así practicaba su mordacidad en la retransmisión de la cabalgata que recalcaba que era “para niños, para mayores, para personas mejores”. Siempre rimando. Siempre congregando. Siempre entendiendo, incluso que la mirada infantil es inteligente. Aunque, a veces, la sociedad la trate con condescendencia. Sus poemas, a menudo, también eran reducidos al menosprecio del del «son cosas de niños». Cuando su obra esconde una armoniosa combinación entre el poso que otorga una madurez curtida y la creatividad de no querer perder jamás la ingenua curiosidad de la niñez.. De ahí que cuando aparecieron los animales encerrados entre los barrotes de la carroza del circo de Ángel Cristo su entonación cambió: «Hay que ver, que son de verdad… (silencio al ver a los animales enjaulados y adormecidos…). Bueno, estos solo matan cuando tienen hambre y están ya tan domesticados que ni eso», delataba Gloria con tono de rechazo.. También ironizó al ver que Baltasar era un blanco pintado de negro. “Se le está poniendo cara de occidental, qué barbaridad». De hecho, todavía hoy, en algunos lugares persevera la tradición de disfrazar a un político del mago de oriente más querido por los pequeños. El más diferente. El que el racismo trata como lo exótico del que es gracioso disfrazarse. Pero a Gloria ya le chirriaba el performance, pues poseía una sensibilidad de inclusión, en tantos sentidos.. Así, si contemplamos esta cabalgata en 2026, una emisión tan rudimentaria técnicamente aún contagia la alegría de la modernidad gracias a la riqueza del vocabulario. Hasta en la despedida, cuando Gloria transformaba el protocolario adiós en la esperanza de la lealtad: «¿Oís mi voz?, pues os doy mi corazón dentro de ella».
La mujer que nos enriqueció con la riqueza traviesa de la palabra.
20MINUTOS.ES – Televisión
2026 lleva solo 5 días de vida y ya ni siquiera nos acordamos de la Nochevieja. La Navidad no ha acabado y el rugido de los desordenes mundiales no nos ha dado ni una pequeña tregua de sobresaltos.. Pero hoy es día de cabalgata de la ilusión y es un buen ejercicio volver a ver, un año más, la que retransmitió Gloria Fuertes en la TVE de 1984, donde nos recordó lo importante que es cuidar el vocabulario. Porque en las palabras empieza todo. La cordialidad. La ironía. La perspicacia. Incluso la discriminación. Aunque cuarenta largos años después parezca que hemos olvidado la responsabilidad de mimar la belleza del lenguaje. Solo hay que observar las maneras de determinados líderes mundiales. Señores que ejercen los discursos como si estuvieran a las tres de la mañana en una tasca a punto de cerrar.. Gloria Fuertes, en cambio, hasta en el programa infantil más naif nos regalaba palabras bonitas para alimentar nuestro espíritu crítico. Esa mirada despierta que, con las cosas del crecer, nos permite esquivar las balas de la ignorancia que habla antes de pensar. Y empezó la emisión del desfile festivo que traía a Melchor, Gaspar y Baltasar. Y los fuegos de artificio explotaron para dar luz a la cabalgata. Entonces, Gloria no pudo evitar pensar en voz alta: «Menos mal que son cohetes. Porque yo no quiero más disparos que los de los petardos y los del tapón de la botella de champán». A su lado, estaba la entrañable María Luisa Seco. Copresentaba sin ocultar su admiración hacia la pensadora poeta. En eso también eran modernas, mostrar sus afectos las hacían empáticas y no vulnerables.. Durante la emisión, ambas simulaban estar sentadas en las ramas de la copa de un árbol. «Ay, que se mueven». Y los niños se lo creían, claro. Y sus padres, también. Siempre necesitamos imaginar. Mejor si es desde aquella casa en lo alto de un arce que soñábamos cuándo éramos pequeños. Con una puerta tan pequeñita que era inaccesible para los mayores y sus prejuicios.. «Los papás lo están pasando bomba pacifista», describía Gloria al ver cómo madrileños y visitantes recogían los caramelos que arrojaban las carrozas. De nuevo, no faltaba la coletilla, pues nunca podía olvidar la guerra civil que marcó su juventud. Su compromiso con la convivencia estaba en cada matiz que incorporaba a sus comentarios. Aunque aligerando cualquier ápice de intensidad con el humor que amortiga los sobrealtos de la vida. Gloria sabía que la risa es la revolución más democrática. Nos acoge hasta cuando no tenemos demasiado.. Y así practicaba su mordacidad en la retransmisión de la cabalgata que recalcaba que era “para niños, para mayores, para personas mejores”. Siempre rimando. Siempre congregando. Siempre entendiendo, incluso que la mirada infantil es inteligente. Aunque, a veces, la sociedad la trate con condescendencia. Sus poemas, a menudo, también eran reducidos al menosprecio del del «son cosas de niños». Cuando su obra esconde una armoniosa combinación entre el poso que otorga una madurez curtida y la creatividad de no querer perder jamás la ingenua curiosidad de la niñez.. De ahí que cuando aparecieron los animales encerrados entre los barrotes de la carroza del circo de Ángel Cristo su entonación cambió: «Hay que ver, que son de verdad… (silencio al ver a los animales enjaulados y adormecidos…). Bueno, estos solo matan cuando tienen hambre y están ya tan domesticados que ni eso», delataba Gloria con tono de rechazo.. También ironizó al ver que Baltasar era un blanco pintado de negro. “Se le está poniendo cara de occidental, qué barbaridad». De hecho, todavía hoy, en algunos lugares persevera la tradición de disfrazar a un político del mago de oriente más querido por los pequeños. El más diferente. El que el racismo trata como lo exótico del que es gracioso disfrazarse. Pero a Gloria ya le chirriaba el performance, pues poseía una sensibilidad de inclusión, en tantos sentidos.. Así, si contemplamos esta cabalgata en 2026, una emisión tan rudimentaria técnicamente aún contagia la alegría de la modernidad gracias a la riqueza del vocabulario. Hasta en la despedida, cuando Gloria transformaba el protocolario adiós en la esperanza de la lealtad: «¿Oís mi voz?, pues os doy mi corazón dentro de ella».
