Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del artista más importante, más sensible, crítico, olvidado y decisivo que dio el sur de España en la segunda mitad del siglo XX. El 19 de diciembre del año 2000 «se paró su corazón y el de toda Andalucía»: un aneurisma de aorta se llevó por delante a Carlos Cano, con tan sólo 54 años, quien ya salvó años atrás un «math ball» gracias a las manos del doctor Valentín Fuster, que recompusó su malherido corazón en el hospital Monte Sinaí, sito en Manhattan. De ahí que el artista cantara aquello de «Nací en Nueva York, provincia de Granada». Más que un poeta –que también lo fue–, Carlos era «un periodista con guitarra» (como lo definió creo que fue Juan José Téllez, su biógrafo). Temas como «Las murgas de Emilio el moro», «María la portuguesa», «Canción para Lucrecia» o «Tango de las madres locas», por citar los más sonados, atestigüan que el granaíno ejerció con maestría de cronista social de su época, la de la Transición y años posteriores. De hecho, «Las murgas de Emilio el moro» le costaron el veto a nivel regional y nacional por el Partido Socialista.. «No sé por qué te lamentas en vez de enseñar los dientes. / Ni por qué llamas mi tierra a aquello que no defiendes», le soltaba Cano a «Felipe de la OTAN cataflota verigües», a quien auguraba que «llegará a ser un gran torero / como Velázquez y Gregory Peck». Sí estuvo el del barrio del Realejo más cercano a las posiciones andalucistas, aunque abjuraría también del partido (PA) que, con Rojas Marcos a la cabeza, quiso capitalizar las pulsiones regionalistas. Recogió medio siglo después de su asesinato el testigo de Blas Infante –ondeó la «blanca y verde» que recibió de manos de la hija del propio «padre de la patria andaluza»–, componiendo un himno para su tierra: «De Ronda vengo lo mío buscando: / la flor del pueblo, la flor de mayo, / verde, blanca y verde. / ¡Ay, qué bonica verla en el aire / quitando penas, quitando ‘‘jambre’’!».. Sin duda, los grandes éxitos de Carlos Cano llegarían a mitad de los años 80, con dos canciones que lo llevaron a la primera línea de las escena musical: «Las habaneras de Cádiz» (1984) y «María la portuguesa» (1987). La primera, la compuso al alimón con el periodista Antonio Burgos –fallecido un 20 de diciembre–, con quien compartía el amor por Cádiz: «Nuestra novia se llamaba Cai y como los vientos luchábamos por conquistarla: Carlos era el poniente granaíno y yo, el levante sevillano», dijo Burgos años después de compartir pregón de carnaval. El estribillo de la canción se lo sugirió Lola Flores, quien al volver de La Habana soltó que era «Cádiz pero con más negritos». Entre la copla –género que rescató quitándole la pátina franquista– y el fado está «María la portuguesa», que recoge con maestría y fabulación un trágico suceso ocurrido en aguas del Guadiana. Llegó a grabar el tema con la mismísima Amália Rodrigues.. Como buen «malafollá» le cantó a su tierra. Su poema favorito era «La ciudad», de Kavafis, y su poeta predilecto, Lorca, a quien musicó en «Diván del Tamarit» (1998). «Granada vive en sí misma / tan prisionera / que sólo tiene salida por las estrellas», cantó en «Habanera imposible». Decía de sí mismo que era «un andaluz triste, como Luis Cernuda».
El 19 de diciembre del año 2000 murió el cantautor y poeta granadino a causa de un aneurisma de aorta. Fue un artista fundamental para los andaluces, dotado de una sensibilidad aguda, durante y después de la Transición
Se cumple un cuarto de siglo de la muerte del artista más importante, más sensible, crítico, olvidado y decisivo que dio el sur de España en la segunda mitad del siglo XX. El 19 de diciembre del año 2000«se paró su corazón y el de toda Andalucía»: un aneurisma de aorta se llevó por delante a Carlos Cano, con tan sólo 54 años, quien ya salvó años atrás un «math ball» gracias a las manos del doctor Valentín Fuster, que recompusó su malherido corazón en el hospital Monte Sinaí, sito en Manhattan. De ahí que el artista cantara aquello de «Nací en Nueva York, provincia de Granada». Más que un poeta –que también lo fue–, Carlos era «un periodista con guitarra» (como lo definió creo que fue Juan José Téllez, su biógrafo). Temas como «Las murgas de Emilio el moro», «María la portuguesa», «Canción para Lucrecia» o «Tango de las madres locas», por citar los más sonados, atestigüan que el granaíno ejerció con maestría de cronista social de su época, la de la Transición y años posteriores. De hecho, «Las murgas de Emilio el moro» le costaron el veto a nivel regional y nacional por el Partido Socialista.. «No sé por qué te lamentas en vez de enseñar los dientes. / Ni por qué llamas mi tierra a aquello que no defiendes», le soltaba Cano a «Felipe de la OTAN cataflota verigües», a quien auguraba que «llegará a ser un gran torero / como Velázquez y Gregory Peck». Sí estuvo el del barrio del Realejo más cercano a las posiciones andalucistas, aunque abjuraría también del partido (PA) que, con Rojas Marcos a la cabeza, quiso capitalizar las pulsiones regionalistas. Recogió medio siglo después de su asesinato el testigo de Blas Infante –ondeó la «blanca y verde» que recibió de manos de la hija del propio «padre de la patria andaluza»–, componiendo un himno para su tierra: «De Ronda vengo lo mío buscando: / la flor del pueblo, la flor de mayo, / verde, blanca y verde. / ¡Ay, qué bonica verla en el aire / quitando penas, quitando ‘‘jambre’’!».. Sin duda, los grandes éxitos de Carlos Cano llegarían a mitad de los años 80, con dos canciones que lo llevaron a la primera línea de las escena musical: «Las habaneras de Cádiz» (1984) y «María la portuguesa» (1987). La primera, la compuso al alimón con el periodista Antonio Burgos –fallecido un 20 de diciembre–, con quien compartía el amor por Cádiz: «Nuestra novia se llamaba Cai y como los vientos luchábamos por conquistarla: Carlos era el poniente granaíno y yo, el levante sevillano», dijo Burgos años después de compartir pregón de carnaval. El estribillo de la canción se lo sugirió Lola Flores, quien al volver de La Habana soltó que era «Cádiz pero con más negritos». Entre la copla –género que rescató quitándole la pátina franquista– y el fado está «María la portuguesa», que recoge con maestría y fabulación un trágico suceso ocurrido en aguas del Guadiana. Llegó a grabar el tema con la mismísima Amália Rodrigues.. Como buen «malafollá» le cantó a su tierra. Su poema favorito era «La ciudad», de Kavafis, y su poeta predilecto, Lorca, a quien musicó en «Diván del Tamarit» (1998). «Granada vive en sí misma / tan prisionera / que sólo tiene salida por las estrellas», cantó en «Habanera imposible». Decía de sí mismo que era «un andaluz triste, como Luis Cernuda».
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